Black Bird Academy: Amor a la muerte
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
La niñera
La chica del lago
Portada del relato La boca de las luciérnagas
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Fragmento:


La casa era antigua. Viejo encino norteamericano, bisagras oxidadas, ese peculiar aroma a humedad sellada durante años. No había vuelto desde la muerte de su hermana. Pero algo en la carta manuscrita –la caligrafía de Molly, irregular e imperiosa, fechada siete días después del entierro– la había arrastrado de regreso. Te necesito aquí. Solo por una noche más.

Duración: 04:46

La boca de las luciérnagas
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Cuando Cynthia llegó a la casa, el motor del taxi aún parpadeaba su luz tras el parabrisas y, por un segundo, el reflejo le devolvió una imagen de sí misma tan pálida que apenas reconoció su propio rostro. El bosque que rodeaba la propiedad crecía tan apretado en la penumbra, tan lleno de ramas resecas, que parecía que la misma noche se estrujara contra las ventanas.

La casa era antigua. Viejo encino norteamericano, bisagras oxidadas, ese peculiar aroma a humedad sellada durante años. No había vuelto desde la muerte de su hermana. Pero algo en la carta manuscrita –la caligrafía de Molly, irregular e imperiosa, fechada siete días después del entierro– la había arrastrado de regreso. Te necesito aquí. Solo por una noche más.

Abrió la puerta. El rechinar sonó como el grito ahogado de alguien bajo el agua. El silencio pesaba en las habitaciones, pero había más: sutil, persistente, el eco de una palabra murmurada desde el otro lado de la vida, apenas audible si uno se detenía y respiraba hondo. Cynthia no se detuvo. Nadie debería demorarse en ese umbral.

La sala estaba cubierta de polvo, pero el mantel sobre la mesa era nuevo, y había flores frescas –jazmines blancos con la misma fragancia que Molly usaba en el cuello para dormir mejor–. Reconoció entre los girasoles marchitos el portarretratos astillado de ambas niñas, vestidas igual y felices: una falsedad cuidadosamente preservada.

Fue entonces cuando escuchó el zumbido. Primero, pensó que era el traqueteo de una tubería o el vuelo rezagado de una abeja enloquecida por el encierro. Cruzó la sala y, al posar los dedos sobre el radiador, el zumbido se transformó en una vibración helada, que le subió por el brazo y le hizo tambalearse de náusea.

“Estoy abajo,” leyó en la segunda parte de la carta, apoyada sobre la mesilla. “Donde ellas bailan.” El sótano.

La puerta que llevaba a las escaleras del sótano siempre había estado cerrada con llave. Cynthia tanteó en el bolsillo; la llave era fría, dentada, pesada. La cerradura cedió con un suspiro largo y húmedo.

Las escaleras crujieron bajo su peso. Apenas descendió un par de peldaños, la oscuridad la devoró, absoluta. Buscó el interruptor, pero lo único que encendió fue el sonido repentino: cientos de alas efervescentes, castañeteando como uñas diminutas empecinadas en rascar la tela negra del mundo.

Al llegar al final de la escalera, el sótano no era como ella lo recordaba. Las paredes estaban cubiertas de espejos, y los espejos centelleaban con luces titilantes, pálidas, fulgor de luciérnagas. Pero en el centro, un círculo de niñas de trenzas largas tomaba de la mano a su hermana, todas ellas con bocas abiertas en un grito silencioso.

Cynthia avanzó titubeando hasta el círculo. Ninguna la miró; sus ojos estaban clavados en la nada. Molly, en cambio, sí la miró, y cuando Cynthia intentó alcanzarla, notó de pronto que no era la Molly de los últimos días, pálida, gastada por la enfermedad, sino la Molly de niña; la que compartía secretos bajo las sábanas y juraba que nada malo podía pasarles mientras se tomaran de la mano.

Las luciérnagas danzaban en enjambres cada vez más densos. Cynthia sintió cómo una se posaba en su mejilla y, con un destello, se le metía por la oreja: caliente, zumbante, rebuscando en su cabeza. Una, dos, una docena de luciérnagas metiéndosele por la nariz, por la boca, por la carne entre los dedos de los pies. Su respiración se volvió densa, pastosa. Veía borroso, veía a Molly caminando hacia ella, extendiendo la mano, las niñas alrededor cantando una canción sin sonido.

“Mírame,” dijo Molly, y la voz la atravesó como el bisturí de un forense. “Mírame, Cinthy. ¿Me ayudas?” Las luciérnagas formaban una corona sobre la cabeza de su hermana, un fulgor morado en la penumbra, y de la boca abierta no salían palabras, sino más insectos, que reptaban en enjambres por la lengua.

Sabía, en algún rincón de la mente, que ninguna de las niñas de la ronda era verdadera. Eran sus recuerdos, corroídos y voraces. Sabía, también, que el dolor en el pecho y el calor bajo la piel no era otra cosa sino miedo. Pero cuando Molly la abrazó, el frío la abandonó al fin. Lo sustituyó una sensación horrible, como si la piel se estirara hasta romperse, y de su garganta brotara un grito.

Volvió a ver la luz del sótano fugazmente, a través del espejo. No era su reflejo. Era un enjambre de luciérnagas agolpándose tras un rostro olvidado, forzando la piel desde dentro, escapando de las cuencas de los ojos, saliendo a borbotones a través de la boca.

Entendió con el último brillo de consciencia: la carta no la había escrito Molly. Ni nadie humano.

———

Al amanecer, la casa parecía más pequeña, encogida por una niebla que laminaba todo de luz gris. Los agentes que acudieron tras la denuncia del taxista encontraron la puerta del sótano abierta y el rumor de cientos, miles de alas, erizando el aire como agujas. Entre las sombras, una niña nueva extendía la mano en la danza, los ojos vacíos, las mejillas desbordadas de luciérnagas que zumbaban una canción antigua y famélica entre los dientes.

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