Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
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Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Portada del relato La última luz del corredor
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Fragmento:


Al pasar junto al gran ventanal, un reflejo se formó en el cristal. Heidy retrocedió. No era su cara lo que vio. Era una versión de sí misma, pero con una boca que era demasiado ancha y los ojos hundidos hasta casi desaparecer: la sonrisa tensaba el cristal, y el doble levantó la mano derecha con lentitud, como saludando o advirtiendo.

Duración: 05:07

La última luz del corredor
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Heidy se detuvo frente a la vieja puerta. La lluvia caía interminable, copando el aire de un aliento frío y pegajoso que no parecía natural, algo propio del lugar más que del clima. La casa la observaba, sentía Heidy, como si jamás hubiera sido de madera y ladrillo, sino un cuerpo tejido de sospecha y soledad, con una piel áspera y ojos ciegos detrás de cada cortina empolvada.

Faltaban aún cuarenta minutos para la medianoche. Heidy repasó el correo húmedo entre sus manos. Nadie debía estar esperándola, nadie vivo al menos, aunque una carta la había traído hasta aquí, una hoja rota y garabateada con apenas dos palabras: “Ven, por favor.” Ella nunca respondía a estas cosas, nunca se permitía el lujo de la superstición. Sin embargo, la caligrafía era la de su hermana, muerta hacía ya dieciséis meses y cinco días.

Al cruzar el umbral, la casa pareció contener el aliento. Un chasquido lejano —podría haber sido una viga o una voz— flotó por encima de la hilera de escaleras. Dejó atrás el vestíbulo; la puerta frontal no hizo ningún sonido al cerrarse, ni siquiera después de que Heidy la empujara para comprobar si seguía abriéndose. No volvía a ceder, como si hubiera sido tragada por la madera.

Olía a polvo y a ese hedor profundo que solo habitan las casas donde los recuerdos perduran demasiado. El reloj en la sala era invisible en la oscuridad, pero el tictac viajaba por la casa, retumbando como si midiera la distancia entre el pasado y el presente. Heidy encendió su linterna; la haz brilló sobre el tapiz descolorido, sobre las huellas enmohecidas que recorrían la alfombra. Había algo escrito, en letras casi borradas, en la pared junto a la escalera; no sería capaz de leerlo hasta que se acercara demasiado.

Heidy no quería recordar cómo era la voz de su hermana, ni el modo en que la penumbra se congregaba cuando ambas jugaban al escondite en ese mismo corredor, muchos años atrás. Se preguntó si la carta sería una broma pesada de alguien que la conocía demasiado, un retorcido distractor de la memoria. Itzel siempre había temido volver tarde, incluso antes de enfermar, por la noción —absurda pero inquebrantable— de que la oscuridad podía usar su nombre como llave.

Al pasar junto al gran ventanal, un reflejo se formó en el cristal. Heidy retrocedió. No era su cara lo que vio. Era una versión de sí misma, pero con una boca que era demasiado ancha y los ojos hundidos hasta casi desaparecer: la sonrisa tensaba el cristal, y el doble levantó la mano derecha con lentitud, como saludando o advirtiendo.

Heidy cerró los ojos y los abrió de nuevo. Nada. Apenas su eco entre la cortina y el marco polvoriento. Siguió avanzando, trémula y decidida. Al instante, las paredes comenzaron a gemir, primero con un sonido bajo, luego en un crescendo que la hizo tambalearse. El reloj perdió su ritmo; el tictac se volvió un jadeo.

—¿Itzel? —susurró—. ¿Estas aquí?

Por toda respuesta, la puerta al fondo del pasillo se abrió con un crujido infinitamente lento. Heidy entró. La estancia era un racimo de sombras apretadas. El olor a carne antigua la golpeó. En la esquina, la silueta de una mujer sentada con el cabello sobre el rostro.

—Lo sabías —murmuró la silueta—. Sabías que vendrías.

—¿Quién eres?

—Siempre lo he sido —dijo la voz, la boca oculta pero la voz clara, como si hablara a través de un hueco en el tiempo—. Cuando mirabas bajo la cama. Cuando cerrabas los ojos. Cuando dejaste a tu hermana en ese hospital, sola.

La linterna de Heidy titiló y se apagó. El único destello provenía de la ventana, donde la lluvia caía ahora del revés, ascendiendo en hilos oscuros. Heidy no se atrevió a moverse. La otra mujer levantó la cabeza. Los ojos de Itzel —o lo que fueran ahora— reflejaron el último suspiro de luz.

—Dijiste que volverías.

Un grito hendió el aire y la casa lo absorbió con placer. El tapiz bajo los pies de Heidy comenzó a enroscarse sobre sí mismo como un animal dormido que despierta. El reflejo del ventanal regresó, y ahora ambas —Heidy y la que se ocultaba bajo la piel de Itzel— se alzaban de la silla, se acercaban a ella, eran ya demasiado grandes para el cuarto.

Cuando intentó correr hacia la escalera, la casa vibró. Las voces salían de las paredes ahora: voces infantiles, carcajadas, el eco del “no tengas miedo, sólo es un juego”. La puerta tras ella no se movía. El reloj comenzó a andar hacia atrás; los ladrillos escindieron la luz, y algo desconocido en la madera se arremolinó bajo el suelo.

Heidy gritó el nombre de su hermana, no por esperanza, sino por terror a quedarse sin palabras en esa casa que, de pronto, ya no recordaba haber habitado. Supo, en ese instante, que las casas no guardan recuerdos: los devoran, los sueñan, los rumian, y los devuelven transformados en escenas para asustar a los vivos.

La última imagen fue su rostro, presionado contra el cristal, con la boca demasiado ancha para el grito, mientras la lluvia ascendía y las luces se apagaban para siempre, selladas tras un umbral que nunca debió cruzar.

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