Fragmento:
La vigilia era una pared delgada; la realidad venía tras ella una y otra vez, golpeando con la tenacidad del agua que busca grietas. Adela vivía sola desde hacía seis meses. Había trabajos de los que no podía hablar, aún a sabiendas de que, en su mundo, los secretos apestaban tan fuerte como los cuerpos bajo los puentes. La rutina era su único amuleto: encender la lámpara barata, preparar té demasiado amargo, revisar el correo (la mayoría cartas de amenaza o facturas), y sentarse en su escritorio, a inventariar los horrores ajenos desde su empleo administrativo en el hospital psiquiátrico La Esperanza Final.
Duración: 05:52
En el corazón de una ciudad donde la lluvia nunca deja de caer y los rostros parecen esculpidos en escarcha rota, Adela despertó a medianoche, temblando, empapada por un sudor frío que no era suyo. Era la tercera noche que soñaba con la misma casa. No era la suya, ni la de nadie que conociera, pero la recorría como si cada cortina rasgada y cada gotera sobre los azulejos perteneciera a su infancia. Seguía los pasos de alguien descalzo, o quizás era ella misma, sintiendo el pulso del musgo entre los dedos de los pies.
La vigilia era una pared delgada; la realidad venía tras ella una y otra vez, golpeando con la tenacidad del agua que busca grietas. Adela vivía sola desde hacía seis meses. Había trabajos de los que no podía hablar, aún a sabiendas de que, en su mundo, los secretos apestaban tan fuerte como los cuerpos bajo los puentes. La rutina era su único amuleto: encender la lámpara barata, preparar té demasiado amargo, revisar el correo (la mayoría cartas de amenaza o facturas), y sentarse en su escritorio, a inventariar los horrores ajenos desde su empleo administrativo en el hospital psiquiátrico La Esperanza Final.
Esa noche, el sueño la dejó más exhausta de lo habitual. Caminó, arrastrando los pies, hasta el baño, y al encender la luz, algo la miró desde el espejo. Su propio reflejo, pero no enmarcado como siempre por su cabellera revuelta, sino con una herida abierta en la frente. No sangraba, pero estaba roja, carnosa y palpitante. Parpadeó. La herida desapareció, pero Adela retrocedió, tropezando con el borde de la bañera, ya convencida de que el sueño no había terminado.
El primer paciente a quien visitó esa mañana en la sala 26B era Elías, un anciano de espaldas arqueadas, uñas negras y ojos color de bilis. Balbuceaba cosas a la pared: Nombres, palabras inventadas, a veces un murmullo como de plegarias en una lengua que a Adela le hacía sangrar la cabeza solo de escucharla. Esa vez, Elías se detuvo de golpe y la miró:
—¿Ya oíste lo que late? —preguntó, con una lucidez filosa—. Late bajo el piso. Ya despierta.
Adela salió antes de tiempo, el pulso tamborileando contra su propio cráneo. Sentía el eco de Elías, y retumbaba el zumbido de la herida del espejo, caliente, casi viva. Caminó por el pasillo de paredes descamadas, el olor a lejía y sudor flotando como una nube venenosa entre las llagas del linóleo. A lo lejos, el timbre agudo de la sala de electroshock reclamaba su rutina. Y, con él, los otros ruidos: pasos donde no debía haber nadie, ventanas que vibraban sin viento, susurros desde los respiraderos.
Esa tarde, encontró una carta en su casillero. No llevaba remitente. El papel era áspero y viejo; el trazo, incómodamente familiar: su propia letra, aunque no recordaba haberla escrito. Decía: “Cuando lo sueñes tres veces, la puerta va a abrirse. Prepárate para no cerrar los ojos jamás.”
El hospital se vació más rápido de lo normal cuando cayó la noche. El último celador, un joven adicto a los ansiolíticos, recogió sus cosas sin mirarla a los ojos. Adela permaneció en la oscuridad creciente, anclada a la mesa de operaciones, observando sus manos, preguntándose cuándo se habían vuelto tan frías.
Un trueno tronó y la luz parpadeó. Y entonces, por primera vez, escuchó el latido bajo el suelo. No era posible, se dijo, pero era inmenso, sordo al principio, después inconfundible: la resonancia de un corazón gigante, enterrado bajo toneladas de cemento, impulsando sangre vieja por arterias ocultas. Miró a su alrededor, buscando alucinaciones, pero lo único que vio fue la sombra de su herida reapareciendo en la ventana, como si la piel misma del mundo comenzara a abrirse.
“La tercera noche”, pensó.
Decidió que debía comprobar el sótano, aunque nunca permitían su entrada al personal administrativo. Descendió por una escalera de ladrillos húmedos pastando con verdín. El aire allí era tan espeso que podía masticarse. Bajó, pasos medidos, hasta una puerta de hierro herrumbroso, tan pesada que parecía contener el peso del propio hospital. Escuchó el latido crecer, profundo, su sonido cosquilleando en sus dientes, y sintió que esa herida en la frente palpitaba al mismo ritmo.
Empujó la puerta, y no esperó encontrarla abierta. Lo estaba. Dentro, un pasillo estrecho serpenteaba en la penumbra, con decenas de puertas cerradas. En cada una, nombres crípticos grabados en oro opaco: “Sofía P.” “Dr. Mendía” “Elías R.” y, al final, uno que la hizo detenerse en seco: “Adela M.”
Sabía que tenía que abrirla. Sus dedos, rígidos, temblorosos, giraron la manija. La habitación estaba a oscuras, pero no vacía. Una mesa de operaciones aguardaba, rodeada de cirios y jeringas oxidadas. En el centro, desnuda y aún viva, una mujer que era idéntica a Adela, pero con la herida ahora abierta de extremo a extremo, el cráneo expuesto, el corazón aún latiendo fuera de la caja torácica, conectado a tubos negros que serpenteaban bajo el suelo, alimentando el latido colosal de todo el hospital.
La figura alzó la cabeza y, sin boca, habló desde el hueco de la frente. “Cada sombra tiene su cuerpo. Cada cuerpo, su corazón. Tú has traído agua nueva para la carne. Ven. Siéntelo.”
Entonces, las luces fallaron. La puerta se cerró de golpe tras ella. Y Adela sintió, por primera vez, el hambre inhumano y dulce de lo que latía bajo el suelo, su hambre, su sed, reclamándola, absorbiendo todo el calor de lo que una vez llamó su vida. Cuando la primera aguja se hundió en su piel, supo que jamás saldría de allí; la puerta nunca volvió a abrirse, y la casa de sus sueños fue, finalmente, el único hogar que le quedó en la vigilia.
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