Tras la puerta
Novela romántica Antes del amor
La niñera
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
La chica del lago
Portada del relato Los Visores del Más Allá
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Fragmento:


Durante el viaje, el paisaje parecía mutar, volviéndose cada vez más ajeno, como si no perteneciese del todo a nuestro mundo. Los árboles lucían cortezas hendidas de cicatrices, sus ramas torcidas en mudas expresiones de temor antiguo, mientras un silencio opresivo anidaba entre los matorrales. A medida que el carruaje avanzaba, las señales de civilización quedaban atrás. Por fin, el cochero, un hombre de pocas palabras, detuvo el tiro a una distancia ominosamente prudente y me conminó, con voz casi imperceptible, a continuar a pie. Así, cargado con mi equipaje, vi elevarse ante mí la silueta negruzca de la mansión, cada uno de sus ventanales semejando un ojo ciego pero expectante.

Duración: 06:33

Los Visores del Más Allá
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Pocos son los mortales que han puesto pie en la antigua y desvaída mansión de los Urquidia sin sentir, de inmediato, un frío espectral que parecía brotar del mismísimo suelo y cernirse, como el abrazo de un difunto, sobre el corazón. Aun los mismos aldeanos, nacidos y criados bajo la sombra imponente de aquellos muros góticos, evitaban cruzar por el sendero que llevaba a la entrada, extraviándose voluntariamente en un desvío apenas visible, cubierto de líquenes enfermos y hermosas ortigas azules.

Fue en este ambiente de malsana inquietud donde llegué yo, no por osadía ni carencia de buen juicio, sino por la implacable necesidad de cumplir con la última voluntad de un antepasado cuya existencia apenas sospechaba antes de recibir la misiva. Un pergamino amarillento, de bordes carcomidos por el tiempo y la humedad, me fue entregado por las manos temblorosas de un notario, quien rehusó mirarme a los ojos al dar cuenta del legado. En tal documento, redactado con una caligrafía enloquecida por el pánico o la obsesión, se me instaba a ocupar la mansión durante trece noches exactas, bajo pena de perder todo derecho a la herencia. Desatendiendo las supersticiones, y sintiendo la urgencia de escapar de una existencia anodina, me embarqué hacia el sur, al remoto y olvidado paraje donde la casa se erguía en lo alto de una colina batida por las nieblas perpetuas.

Durante el viaje, el paisaje parecía mutar, volviéndose cada vez más ajeno, como si no perteneciese del todo a nuestro mundo. Los árboles lucían cortezas hendidas de cicatrices, sus ramas torcidas en mudas expresiones de temor antiguo, mientras un silencio opresivo anidaba entre los matorrales. A medida que el carruaje avanzaba, las señales de civilización quedaban atrás. Por fin, el cochero, un hombre de pocas palabras, detuvo el tiro a una distancia ominosamente prudente y me conminó, con voz casi imperceptible, a continuar a pie. Así, cargado con mi equipaje, vi elevarse ante mí la silueta negruzca de la mansión, cada uno de sus ventanales semejando un ojo ciego pero expectante.

Al atravesar el umbral, una bocanada de aire glacial me dio la bienvenida. Los retratos del vestíbulo, ennegrecidos por la humedad, parecían observarme con una intensidad salvaje, como si intentasen advertirme en un idioma perdido. La servidumbre, mínima y compuesta por seres de andar furtivo y ademanes reticentes, me acompañó a la sala principal. Allí, bajo la luz mortecina de un candelabro sostenido por garras de algún animal grotesco, aguardaba el manuscrito original del testamento. El mayordomo, un sujeto tan enjuto y pálido que parecía tallado en cera, me indicó el cuarto asignado: el último del ala occidental, donde ninguna visita consentía pasar la noche.

Habituado a los retazos de realidad vapuleada por el sueño, no tardé en percibir que la mansión poseía su propia respiración. El crujir de la madera, el murmullo de corrientes invisibles entre las paredes y la persistente sensación de ser observado, componían una sinfonía de inquietud. Apenas transcurrida la primera noche, mis sueños se vieron hostigados por imágenes desconcertantes: vastos salones sumergidos bajo aguas oscuras, figuras acechantes embutidas en túnicas raídas, y un latido lento, rítmico, como si la casa misma abrigase en su seno algún corazón monstruoso e inmortal.

Las siguientes noches pasaron en una sucesión de sobresaltos y revelaciones. Vagando por los corredores, descubrí una biblioteca escondida tras una puerta oculta; los volúmenes que albergaba no correspondían a ningún idioma conocido, y cuyas páginas, al ser hojeadas, exhalaban perfumes extraños, reminiscencia de exóticas y extintas civilizaciones. Los espejos, ubicados en puntos estratégicos de la mansión, devolvían no solo mi reflejo, sino también, por momentos, la silueta de otros seres que se desvanecían con el parpadeo, dejando tras de sí ecos fugaces de respiraciones ajenas y llantos inconsolables.

Cada amanecer encontraba mi ánimo más decaído, mi juicio empañado por la falta de sueño y la suspicacia creciente ante la servidumbre, cuyas miradas eludían siempre el contacto directo. El día octavo, guiado por susurros cuya procedencia era imposible discernir, descendí una escalera de caracol hasta los cimientos mismos de la mansión. Allí, la atmósfera se tornó densa, saturada de un olor metálico que recordaba remotamente la sangre. En el centro de una cripta profusamente tallada con grabados ciclópeos, yacía un sarcófago de piedra oscura, sellado por cadenas corroídas que, sin embargo, se movían sutilmente como si palpitasen a ritmo con mis propios latidos.

El manuscrito del testamento, siempre presente en mi mesa de noche, sugería en sus frases ambiguas que el verdadero legado de la familia Urquidia no era de moneda ni propiedad, sino el vínculo con una entidad perpetua, apenas recordada en la tradición de ciertos herejes medievales. Un poder ancestral firmaba aquel linaje, transmitiendo a cada nuevo heredero la custodia de lo que reposaba bajo la casa. ¿Era protector, o mero huésped de una frontera que ningún mortal debía cruzar? Incapaz de resistir la atracción mórbida, dispuse levantar el sello en la duodécima noche, convencido de que conocer la raíz de mi estirpe era mi destino irrevocable.

La vigilia previa a aquel acto fue colmada por voces etéreas que ascendían desde los muros, cantando letanías de una lengua casi articulada, sólo sugerida en pesadillas y cuentos de locura. Y cuando mi mano, temblorosa, finalmente desbloqueó las cadenas del sarcófago, el mundo pareció vacilar. Una niebla negra, espesa y viviente, surgió reptando, modelando formas borrosas de apéndices y rostros que chillaban en infinito tormento. Entonces supe, con terror nada racional, que nada de lo acontecido era mero fruto del legado familiar: yo mismo, mi carne y mi memoria, era ya parte inadvertida de aquello. Las noches siguientes –si es que hubo noches tras ese instante final– se disolvieron en un vacío henchido por la presencia de la niebla, que devoró toda luz, toda esperanza, hasta confundirme con su esencia.

Ahora escribo estas líneas, si es cierto que aún poseo manos y mente humanas, para advertir a quien encuentre este testimonio: la casa Urquidia no concede herencia alguna, sino custodios para un mal prohibido. Todo aquel que acepte la invitación, sellará el pacto y perderá, para siempre, la certidumbre de un amanecer familiar. Porque hay dominios donde la sangre llama a la tiniebla y el eco de los antiguos nunca deja de andar, insidioso, entre las grietas de la razón.

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