Fragmento:
La tarde en que viajé hasta Dunwich fue asfixiante, y una bruma lechosa colgaba sobre los campos yermos, blanqueando incluso los pálidos olmos. La aldea era, tal y como recordaba de mi niñez, una ruina petrificada; sus casas torcidas, sus habitantes huidizos que apenas alzaban la vista. La mansión Whateley dominaba el cerro, como si en su soledad declarara una malicia a los vivos y los muertos por igual.
Duración: 05:33
Durante muchos años, mi espíritu racionalista me había preservado de esas supersticiones que tan firmemente atenazan a las mentes más impresionables de Arkham. Siempre me consideré hombre de ciencia y razón, ajeno a los fantasmas de la ignorancia; sin embargo, al rememorar los acontecimientos de aquel noviembre fatídico, sólo puedo balbucear en la penumbra que hay cosas en este mundo —y acaso en otros— para las que no existen palabras ni salvaguardas humanas.
Todo comenzó con una carta lacrada, aparecida entre mi correspondencia habitual, cuyo sello pertenecía a la olvidada familia Whateley, de Dunwich. Aquella caligrafía hierática, ligeramente temblorosa, me invitaba a ser testigo del inventario testamentario de una propiedad clausurada durante décadas: la casona de Isopor, cuyos muros devorados por la hiedra yacían al final de un sendero apenas invadido por la luz de la luna. Hombre curioso, no dudé en aceptar —una decisión que lamento hasta el último respiro—.
La tarde en que viajé hasta Dunwich fue asfixiante, y una bruma lechosa colgaba sobre los campos yermos, blanqueando incluso los pálidos olmos. La aldea era, tal y como recordaba de mi niñez, una ruina petrificada; sus casas torcidas, sus habitantes huidizos que apenas alzaban la vista. La mansión Whateley dominaba el cerro, como si en su soledad declarara una malicia a los vivos y los muertos por igual.
Me recibió un tal Josiah, sobrino bastardo del último Whateley, de dedos nudosos y rostro eternamente ensombrecido bajo un sombrero demasiado grande. Su voz era grave y susurrante, deslizándose como aceite por los corredores helados. “El inventario es formalidad, señor Blake", murmuró. "Pero hay una habitación, aquella cerrada desde el Incidente. Las autoridades nunca quisieron mirar dentro.”
El corazón me latía con un compás doloroso mientras ascendíamos por la escalera central, iluminados apenas por el tiznado fulgor de un farol. Los retratos me miraban desde sus marcos perdidos, con ojos tan vívidos, tan condenatoriamente conscientes. El silencio era tal que mis pisadas parecían blasfemias.
Llegamos ante una puerta de madera negra, tallada con signos arcaicos y símbolos cuya crueldad era palpable. Josiah, temblando, me tendió una llave pesada. “Usted es hombre de estudios, doctor. Dicen que enfrentarse a esto requiere algo de escepticismo.”
Al girar la llave, sentí un escalofrío imposible, como si el aire mismo retrocediera. La habitación estaba sumida en una penumbra viscosa. No era mera oscuridad: era el limo primigenio de la desesperación. Los muebles, cubiertos por sábanas, perfilaban formas monstruosas y contorsionadas. Sin embargo, lo peor aguardaba en el extremo opuesto.
Un espejo, de marco grotescamente ornamentado, reflejaba la estancia, pero no sólo eso. Noté, de inmediato, que el reflejo iba un segundo adelantado a mis movimientos, y que, tras mi figura, flotaba una sombra informe, de contornos reptantes y antinaturales, imposible de describir sin renunciar a la cordura.
Creí que la vista me traicionaba, pero pronto, una vibración sorda —un zumbido que era también un lenguaje— se materializó desde los rincones de la casa. El tiempo en la estancia se curvó sobre sí mismo; los relojes del corredor desaparecieron dejando tras de sí la sensación de yacer enterrado bajo siglos. Era como si el aire, el suelo, la propia estructura de la mansión fuesen membranas translúcidas protegidas sólo por la fina capa de una racionalidad ilusoria.
La sombra en el espejo se extendió, y mi reflejo sonrió con unos labios que no eran los míos. Supe con terror visceral que estaba siendo examinado, pesado, medido de una forma imposible por esa inteligencia sin nombre que acechaba tras la superficie pulida. Quise huir, pero una fuerza inmensa afrontaba mis miembros a la tierra; era como si toneladas de silencio y vacío me atravesaran.
En ese momento, Josiah gritó, y me di cuenta de que la sombra había salido del espejo. No caminaba: oscilaba, estirando apéndices alargados hacia nosotros. Sentí el frío de la tumba y el hedor de la tierra removida. “No mire a los ojos —me suplicó Josiah—. ¡No escuche lo que promete!” Pero mi voluntad estaba atenazada.
La figura susurró un idioma que era eco de todas las pesadillas, promesas de conocimiento y de visión. Una revelación abyecta me asaltó: la mansión era un simple nido, una garra, un punto de acceso. Lo que atrapaba a los Whateley no era una maldición antigua sino un pacto indecible.
Josiah se derrumbó, la sombra se posó sobre su rostro y lo absorbió, vaciándolo de su ser. Yo, presa de un impulso de pura autoconservación, cerré los párpados, forzando a mi mente a negar la existencia de ese horror. Grité frases en latín, recordando supersticiones infantiles, hasta que, de repente, la presión cesó.
A oscuras, huí por los corredores, sintiendo las paredes respirar, escuchando pasos sobre mi hombro que no cesarían jamás. Alcancé el exterior entre jadeos, sintiéndome infinitamente ennegrecido, infectado de un saber corrosivo.
Ahora, años después, la sombra sigue ahí, acechando en los reflejos, en los sueños. Sé que aún quiere dialogar, persuadir. Sus palabras resuenan al borde del entendimiento, y cada vez que la noche sitia mi mente, temo encontrarme a mí mismo en el espejo, sonriendo con una boca prestada y ojos que no son, ni han sido, completamente míos.
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