Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Edición limitada de la novela Anatema.
Tras la puerta
Portada del relato El refugio bajo la lluvia
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


En la cocina, aún estaba la tetera de hierro, posada como un viejo animal dormido junto al fregadero. Sintió un impulso inexplicable de hablar en voz alta, para escuchar el eco de sí mismo, para llenar ese silencio ganado con gotas de lluvia apuñalando la claraboya. Pero no pronunció palabra. Caminó hasta la sala de estar, cada tabla bajo sus pies protestando, y el olor familiar, agrio y ancestral, emergió como un suspiro de tumba abierta.

Duración: 06:20

El refugio bajo la lluvia
-a / +A

Había estado lloviendo durante tres días sin pausa, y la casa al final de la antigua Calle Gore era una isla mugrienta en mitad de un océano de fango y ramas arrastradas. Michael se arriesgó, bajo el amparo de una linterna de mano, a atravesar el pequeño jardín—ahora convertido en pantano—con el agua rozándole los tobillos y el vaho de su propio aliento cubriendo su cara. El portón negro cayó hacia atrás con un lamento gutural cuando empujó, como si protestara por permitirle el paso. Fue la casa heredada de un tío lejano, un hombre del que su familia no quería hablar, sobre la que existían historias apenas susurradas cada vez que caía la noche o las persianas crujían con el viento.

La llave crujió en la cerradura. La madera negra de la puerta principal se abrió con resignación, revelando el vestíbulo antiguo, cubierto de polvo y telarañas, un vestigio de esos lugares donde el tiempo se arremolina y envejece todo menos el propio aire. Michael limpió el teléfono móvil en la pernera de sus vaqueros y comprobó que no tenía cobertura. Una sombra reptó por la escalera, diminuta y fugaz: apenas un parpadeo en el rabillo del ojo.

En la cocina, aún estaba la tetera de hierro, posada como un viejo animal dormido junto al fregadero. Sintió un impulso inexplicable de hablar en voz alta, para escuchar el eco de sí mismo, para llenar ese silencio ganado con gotas de lluvia apuñalando la claraboya. Pero no pronunció palabra. Caminó hasta la sala de estar, cada tabla bajo sus pies protestando, y el olor familiar, agrio y ancestral, emergió como un suspiro de tumba abierta.

Los retratos polvorientos le devolvían la mirada, ojos oscuros bajo capas barnizadas, cada uno un miembro muerto de la familia: su madre de niña, su abuela con un vestido victoriano raído, incluso su tío muerto hacía veinte años, con esa expresión de alerta, como si hubiera visto algo venir desde el otro lado del plano.

Michael dejó su mochila sobre la mesa y sintió un escalofrío, primero en la nuca, luego descendiendo por la espina dorsal como un insecto. Notó la presión de la mirada de los cuadros, y el aire en la sala pareció empaparse de electricidad. Quitó el polvo a un sillón y se sentó con los ojos perdidos en la ventana mientras el trueno sacudía los cimientos de la casa.

El reloj de péndulo, inerte desde hacía décadas, de pronto dio la una. Su sonido era profundo, un tañido que no podía provenir de una maquinaria sin cuerda. Dejó que el temblor creciera en su pecho, retumbando a la par que el viento, y tras el tercer tañido, el silencio volvió a adueñarse del lugar, pero con otro peso, otra densidad, como el aire ladenamente derramándose en un sótano húmedo.

El primer sonido fuera de su propia respiración fue un roce, casi un arrullo, procedente del piso de arriba. Michael se quedó inmóvil. De pequeños siempre les advertían que nadie debía subir allí. Papá decía que era porque el suelo era débil. Mamá silbaba y cambiaba de tema.

Abrió la puerta de la escalera y una ráfaga de aire glacial le quemó los párpados. Subir implicaba aceptar preguntas, aceptar las historias, permitir que la casa, con todo lo que recordaba, resucitara. Pero algo le tiraba de los pies: una gravedad emocional, el impulso ancestral de conocer, aunque doliera. Los primeros peldaños crujieron y luego algo le hizo detenerse: pasos — no suyos, pasos inconfundibles — sobre el entarimado arriba.

Ya arriba, una puerta entreabierta dejó escapar, en un resplandor amarillento, un rayo de luz y polvo. La voz de su madre resonó en su memoria, llamándolo por su nombre infantil. Michael, no entres ahí. Pero la habitación le jalaba, con el látigo misericordioso de la nostalgia.

Entró. Solo había una lámpara encendida sobre una mesa repleta de cartas amarillentas. El olor era más intenso: cuero viejo, parafina, un leve perfume que no pudo identificar, pero que le golpeó con un puñado de memorias infantiles. El único mueble que faltaba en la habitación era la cuna de su hermano.

Y entonces, la voz rompió el aire: baja, quebrada, pero indiscutiblemente la de su tío lejano. Le recitó el nombre completo de Michael, nombre que nadie usaba desde la infancia, pronunciando cada sílaba con una dulzura extraña, como quien sella un conjuro. Michael sintió un hormigueo en los dedos. La sombra sobre la pared creció y se deformó, invadiendo, extendiéndose, una figura salida de la periferia del recuerdo.

Sintió cómo algo invisible le tocaba el hombro, un peso que no era físico y, sin embargo, le impedía moverse. Dejó de tener frío: lo que sintió fue una quemazón interna—memorias resucitadas pero deformes, imágenes de risas congelándose en gritos, de noches compartidas con la promesa de monstruos en los armarios. Las cartas amarillas en la mesa parecían moverse, sus líneas bailando ante sus ojos: pedazos de historias, advertencias selladas por generaciones pasadas.

La sombra habló con otras voces, superpuestas, como si todos los retratos del piso de abajo se hubieran congregado para juzgarlo. Michael comprendió que aquel lugar era un archivo de todos los recuerdos y horrores que su familia había intentado olvidar, y que regresar no hab ía sido una simple cuestión de nostalgia, sino una cita ineludible con las ruinas de una herencia indecible.

Quiso huir, pero la casa parecía expandirse, los pasillos alargarse, las puertas desaparecer justo cuando pensaba alcanzarlas. Pisó algo blando—miró hacia abajo y vio, no una madera, sino la superficie de un trozo de infancia malograda, recuerdos que le miraban con ojos de otro color. El viento afuera rugía aún más fuerte. Escuchó, en el último giro del reloj, el murmullo de todos sus mayores, y entre la multitud de ecos reconoció la súplica: Michael, quédate. La oscuridad del cuarto se agolpó en sus ojos.

En la mañana, cuando algún vecino pasó frente a la casa al final de la antigua Calle Gore, vio, como siempre, los cortinajes quietos y el jardín cubierto de musgo y huellas anegadas. Pero el retrato de Michael, de niño, había cambiado; la pintura mostraba a un hombre adulto, sentado y mirando hacia la escalera, con la sombra de una sonrisa congelada y los ojos perdidos, justo en el momento exacto en que la casa decide que nunca deja marchar a quienes la recuerdan.

Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Edición limitada de la novela Anatema.
Tras la puerta

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.