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Portada del relato El Aliento del Guardián de Ofrendas
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Fragmento:


La noche que llegué, la luna estaba goteando su luz entre las nubes. El viento ululaba en ráfagas informes, cada una portando lo que parecía un susurro enterrado. Las ruinas eran poco más que cimientos y una puerta abierta al vacío, medio colgada de una pared que no conectaba con nada. Entré sin saber que ya había sido elegido al cruzar cierto umbral invisible; dentro, el aire olía a huesos, a pétalos podridos y a tiempo rezumando por grietas que nunca cesan de abrirse.

Duración: 04:42

El Aliento del Guardián de Ofrendas
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En las afueras de Pickeringh West, más allá del último campo plagado de fósiles y ortigas, el abismo de las ruinas se abría como un ojo ciego al universo. Nadie recordaba su nombre. Según los niños viciados por las historias viejas, las piedras pertenecían a una iglesia tan antigua como la tierra misma, cuyo propósito había sido tragado por la maleza y la grava. Yo fui allí para escribir sobre historia, pero aprendí rápido que todo lo verdaderamente antiguo contiene algo que la historia rehúsa contar.

La noche que llegué, la luna estaba goteando su luz entre las nubes. El viento ululaba en ráfagas informes, cada una portando lo que parecía un susurro enterrado. Las ruinas eran poco más que cimientos y una puerta abierta al vacío, medio colgada de una pared que no conectaba con nada. Entré sin saber que ya había sido elegido al cruzar cierto umbral invisible; dentro, el aire olía a huesos, a pétalos podridos y a tiempo rezumando por grietas que nunca cesan de abrirse.

Comencé mi exploración a medianoche, mi linterna danzando sobre jeroglíficos tallados y recompuestos por la intemperie. Un anillo de piedras marcaba, como un reloj astillado, el paso de siglos. Me arrodillé para estudiar una losa rota cubierta de símbolos que semejaban ojos. Los toqué, y un frío subió por mi brazo: no de la piedra, sino del tiempo mismo, como si los siglos se deslizaran dentro de mí.

Fue entonces cuando lo vi. Entre el temblor de mi luz, emergió de la esquina indescifrable de las ruinas, envuelto en pliegues de ropa indistinguible del polvo y la oscuridad. El Vigilante de Sueños. Su rostro carecía de detalles, pero sentí, con una certeza imborrable, que me contemplaba. Él huele tu tiempo, resonó en mis pensamientos, y supe que la voz era real y venía sin sonido. Él toma lo gastado. Custodia lo perdido.

“¿Qué custodia aquí?” pregunté al aire, sintiendo mi boca aterida.

Ruinas. Y sueños. Los de los que olvidan, los de los que recuerdan demasiado. El Vigilante se inclinó, o tal vez fue el universo alrededor quien lo hizo, doblándose hacia mí. En su presencia, el tiempo oscilaba. Recordé escenas que nunca viví: caminatas sobre piedra resbaladiza en una ciudad que se ahogaba, gritos ahogados tras tapices raídos, la sensación de caer sin final, siempre devolviéndome a esas ruinas. Comprendí que, cada noche, alguien llegaba hasta aquí, y cada uno dejaba una parte de su vida, de sus sueños.

“¿Qué buscas?” pregunté, palabras que no reconocí como mías.

Busco aquel que sueña con el pasado, porque el pasado aún duerme en las piedras. Su silueta oscilaba, devorando destellos de mi linterna, y entonces noté que el círculo de piedras no era solo un vestigio arquitectónico, sino una cerradura, y el Vigilante—la llave y el carcelero.

El Vigilante se deslizó en torno mío. Sus brazos abrieron las ruinas en una perspectiva imposible; a través de sus pliegues vi formas titilantes: hombres y mujeres marchitos, niños desvanecidos, soñando viejas efímeras bajo la tutela de la entidad. Vi cómo, noche tras noche, el vigilante sorbía fragmentos de sus sueños, haciéndose fuerte con todo lo que los visitantes deseaban eternizar.

Me di cuenta tarde de que yo también era un ofrendante—aunque no tenía presente conscientemente el motivo de mis sueños. Las historias que no supe escribir, los recuerdos que me asaltaban en la cama, las voces sin dueño que cada madrugada murmuraban nombres olvidados. El Vigilante los lamía, paladeaba cada ápice de mi temor, y en cada inhalación sentí la falta de algo: de tiempo, de vida, de destino.

Quise huir, pero el tiempo, allí, era otra cosa. Caminé hacia la salida, sólo para descubrir que avancé hacia atrás, no hacia adelante. El círculo de piedras giraba con cada uno de mis pasos, un carrusel de eras perdidas, de sueños estancados. En rededor estallaban flashes de siglos comprimidos: batallas, plagas, gritos y risas, y en medio de todo el Vigilante, engulléndolo todo, pero hambriento aún. Sabía entonces que sólo quedaba un modo de avanzar: dejarle una ofrenda.

Saqué mi cuaderno. Anoté un solo recuerdo verdadero, uno que nunca había confesado: el de mi madre dándome un colgante de plata, cuando cumplí nueve años, prometiéndome que mientras lo llevara, los sueños buenos serían más largos que los malos. Mientras lo escribía, sentí cómo el frío del Vigilante embotaba mi pulso. Él dobló mi memoria, bebió de ella. El colgante ya no significaba nada. Pero al ofrecerle eso, ya no fui prisionero. Crucé el umbral y me encontré fuera de las ruinas—más viejo de lo que entré, incapaz de soñar igual.

Miro atrás por la ventana de mi estudio. Sé que seguiré escribiendo, arañando en las sombras lo que el Vigilante de sueños mantiene enterrado en las ruinas del tiempo. Y cada vez que cierro los ojos, veo esa puerta abierta. Siento la mirada ciega esperando junto a las piedras. Porque todos tenemos que pagar peaje en las ruinas del tiempo, y el Vigilante nunca se sacia de sueños ajenos—solo de los que no sabemos que hemos perdido.

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