Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Tras la puerta
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Portada del relato El umbral de las migajas
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Fragmento:


Edgar se habituó pronto al paseo nervioso de las horas junto al amparo ambiguo de la lámpara de cabecera. Eso le permitió advertir pequeños detalles. Cada noche, el murmullo parecía más nítido. Era una letanía sin idioma, emitido en susurros húmedos, una marea subiendo detrás del fragile muro del empapelado floreado. En ocasiones, la pared vibraba. Se levantó en una de esas noches, encendiendo cada lámpara entre el dormitorio y la sala, y apoyó el oído justo donde sentía la presión desde dentro. El eco al otro lado fue un jadeo breve, casi ansioso, como de un animal pequeño.

Duración: 05:42

El umbral de las migajas
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No fue el ruido lo que primero quebró las noches de Edgar Fritch, aunque decía lo contrario, porque era más sencillo deslizar el miedo bajo la alfombra si podía darle una forma, asignarle un volumen, reducirlo a mera travesura de la madera vieja. Pero en la casa de la avenida Summer, la verdad era que el silencio —denso, estancado, más antiguo que sus propias paredes— fue la primera advertencia. Había arrendado el segundo piso con la voluntad cansada de quien huye, listo para aceptar cualquier sombra con tal de dejar atrás otras peores.

A veces, mientras intentaba dormir, se entretenía imaginando cómo llamar a aquella quietud: un vacío con peso, como si la oscuridad colgara del techo y se asentara sobre el edredón. A las dos o tres de la noche, cuando la frecuencia de los temblores en su sueño se intensificaba y la frontera entre el mundo y el otro borroneaba su trazo, los sonidos llegaban, los que sí podía nombrar. Un roce, como de uñas enganchadas en papel pintado. Tan débil al principio que dudó de sí mismo. Después, una semana más adelante, la murmuración le llegó, filtrada a través del tabique que separaba su dormitorio de aquella pequeña sala siempre cerrada, la que la casera, la señora Pell, le había insistido que no usara.

Edgar se habituó pronto al paseo nervioso de las horas junto al amparo ambiguo de la lámpara de cabecera. Eso le permitió advertir pequeños detalles. Cada noche, el murmullo parecía más nítido. Era una letanía sin idioma, emitido en susurros húmedos, una marea subiendo detrás del fragile muro del empapelado floreado. En ocasiones, la pared vibraba. Se levantó en una de esas noches, encendiendo cada lámpara entre el dormitorio y la sala, y apoyó el oído justo donde sentía la presión desde dentro. El eco al otro lado fue un jadeo breve, casi ansioso, como de un animal pequeño.

Ese día preguntó a la señora Pell. Ella lo miró en silencio por un instante; sus párpados temblaban como si contuvieran moscas invisibles. “Las tuberías”, dijo. “Crujen. Y a veces los ratones.” Pero el temblor de su voz desmentía la normalidad del aviso. “¿Seguro que no siente a veces el olor?”, inquirió Edgar, casi aliviado de formularlo, pues era cierto: una nota fría, orgánica, como limo y yeso remojado, flotaba en el aire, reptando desde la rendija bajo la puerta negada de la sala. La señora Pell se sobresaltó. “Mantenga cerrada esa habitación, Fritch”, fue toda su respuesta.

El consejo, por supuesto, obró el efecto contrario. La noche del jueves más crudo de noviembre, Edgar se fue a la cama con una certidumbre dolorosa, como si el aire le atrapara el pecho. Apenas pasada la medianoche, un tañido desigual —el golpeteo de algo sumamente lento— comenzó sobre la tarima despoblada. Duró minutos o una eternidad tan densa que confundió ambos conceptos. Fritch, dominado por una furia súbita, corrió en pijama y abrió la sala prohibida.

La bombilla desnuda colgaba del techo, amarilla y polvorienta. Nada. Pero en la esquina más alejada, junto a la rejilla del radiador antiguo, vio claramente una marca húmeda, un rastro negruzco que no había la noche anterior. Olía a tierra. Al agacharse, sintió el aire desplomarse de golpe; la presencia —sí, una presencia, lobreguez con forma y fuerza— se le sentó entre los omóplatos. Su reflejo en el vidrio perdió nitidez: era una silueta forzada en dos dimensiones, apenas distinguible de la negrura en el cristal.

Desde esa noche, la sala lo eligió como testigo de sus demostraciones. La humedad seguía expandiéndose, y a veces, con los ojos todavía medio cerrados en estados entre el sueño y la vigilia, alcanzaba a ver una mano —parcialmente formada, esquiva— que se deslizaba por el aire viciado del recinto, marcada con manchas de tierra como si hubiera surgido del fondo de un pozo. La presencia arrastraba consigo un viento helado, y un rumor de gritos ahogados, que nunca llegaba a articular palabras.

Edgar no era ajeno a manifestaciones: su infancia había estado marcada por terrores inconfesables y alucinaciones nocturnas. Pero esto, en Summer Avenue, tenía una cualidad desguarnecida, brutal: la certeza de que allí dentro habitaba no un fantasma, sino el residuo mismo de la ruina, algo dejado atrás por la desesperación. Y eso se alimentaba de él. Cada noche, aparecía en sueños junto al lagarto de humedad, y una voz blanda le susurraba desde debajo de las tablas: *deja que subamos…*

La señora Pell se negaba a entrar en la sala, cada vez que él preguntaba por la historia de la habitación, su rostro se endurecía. “Nadie debe abrir lo que otros han dejado bien sellado”, dijo la última vez, cuando Edgar, demacrado, le imploró ayuda.

La penúltima noche, la mano apareció del todo, efímera y filosa, de dedos antinaturales. Edgar, medio rendido por el insomnio, intentó retroceder, pero el suelo parecía adherirse bajo sus pies. Entonces, la mancha de humedad se extendió, invadiendo la tarima, y la silueta brotó de la pared, brumosa, dotada de los rasgos de alguien que había olvidado la propia forma. Intentó gritar, pero no hubo aire en la habitación; sólo la presión de algo que trepaba sobre él, buscando su lugar bajo su piel, el derecho a una habitación entre las paredes.

En la mañana, la señora Pell encontró la sala bañada de frío y silencio renovados. Edgar ya no estaba —y sólo la marca de una mano, profundamente impresa en el yeso, recordaba lo que se había refugiado allí, debajo del mundo, esperando otra noche, otro huésped. Un vacío con peso, más antiguo que las palabras.

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