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Portada del relato La Cámara de los Velos
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Fragmento:


Debí recordar las advertencias de los lugareños, susurradas a media voz en los comercios junto al río Miskatonic: “No camine usted solo por la biblioteca tras la medianoche”. Pero la lógica, hija de la civilización y el escepticismo, me impulsó a continuar, aunque la sombra proyectada por mis propios pasos se multiplicaba en grotescos dobleces por las paredes cubiertas de líquenes.

Duración: 05:49

La Cámara de los Velos
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Era una noche en que la bruma reptaba densa por las calles desiertas de Arkham, aferrándose a los faroles y difuminando la realidad en una maraña de formas indeterminadas. El reloj de la biblioteca universitaria acababa de marcar las tres cuando sentí la apremiante necesidad de abandonar mi despacho. Mi trabajo de catalogación de antiguos volúmenes me había sumido en un torpor sepulcral. La lectura prolongada del De vermis mysteriis, traído de Europa tras la muerte de mi predecesor, me había invadido el ánimo con oscuros presagios. Las palabras, a medio descifrar, reverberaban en mi mente como el arrullo hipnótico de voces sumergidas en aguas profundas.

Descendí los peldaños de piedra del ala oeste y mi linterna proyectó su pálido cono sobre las losas antediluvianas del vestíbulo. Un espeso silencio ocupaba el edificio, perturbado solo por el eco de mis pisadas. A mitad de pasillo, una ráfaga de aire frío hizo vacilar la llama y, por un instante, sentí —con esa certeza atávica que precede a todo encuentro aterrador— que no estaba solo.

Debí recordar las advertencias de los lugareños, susurradas a media voz en los comercios junto al río Miskatonic: “No camine usted solo por la biblioteca tras la medianoche”. Pero la lógica, hija de la civilización y el escepticismo, me impulsó a continuar, aunque la sombra proyectada por mis propios pasos se multiplicaba en grotescos dobleces por las paredes cubiertas de líquenes.

Doblé una esquina menos transitada, donde un largo corredor llevaba hacia la sala de manuscritos restrictos. Allí se alzaba la puerta que nunca había cruzado: una vieja hoja de madera cubierta de símbolos arcaicos, su madera hendida como la corteza de un árbol milenario. En la penumbra, los glifos parecieron brillar con un fulgor débil, un fenómeno seguramente atribuible al cansancio visual, pero que mi espíritu atribuyó de inmediato a una energía ajena a las leyes ordinarias.

Me detuve, el corazón tamborileando pesadamente, sintiendo cómo la realidad parecía contraerse en torno a ese umbral. El pomo, frío como hielo extraído de la tumba, cedió bajo mi temblorosa presión, y atravesé el dintel.

La sala era de dimensiones imposibles: lo supe enseguida por la forma en que la linterna, dirigida hacia el supuesto fondo, solo revelaba una neblina grisácea que parecía extenderse más allá de las leyes conocidas de la arquitectura. A cada lado, enormes cortinas de terciopelo negro colgaban desde un cielo invisible, colmadas de polvo enterrado en el tiempo. Un asfixiante olor a humedad y a papiros podridos impregnaba el ambiente.

Sobre mesas carcomidas por los años se hallaban apilados libros de encuadernaciones inverosímiles, cubiertos de caracteres que el ojo humano no estaba destinado a descifrar. Y en lo alto, una galería apenas insinuada por la débil luz de mi lámpara dejó entrever formas inmóviles, como de estatuas o figuras expectantes.

Intenté ignorar la sensación de ser observado; me dediqué, con un impulso casi febril, a examinar uno de los tomos. Lo abrí en una página al azar y el hedor acre se intensificó, como si exhalara una advertencia ancestral. Las líneas de texto, al principio ilegibles, comenzaron a recomponerse ante mis ojos en palabras que ninguna lengua actual acoge, y sin embargo mi mente entendió —o creyó entender— el sentido tácito de los nombres, invocaciones y descripciones.

Y entonces comenzó el murmullo. Un susurro, al principio, semejante al aleteo de alas de ratón, pero que pronto adquirió tono y forma. Reconocí mi nombre repetido una y otra vez, pronunciado con acentos disonantes, mezclados en una polifonía de voces perpetuamente inhumanas.

Me volví, y la galería superior ya no estaba vacía. Formas colosales, de contornos fluctuantes, bajaban con torpe elegancia, deslizándose más que caminando, portando en sus rostros lisos la indiferencia del abismo. No tenían ojos, pero yo sentí su escrutinio —un proceso de desmenuzamiento del ser, no con vistas a la comprensión, sino al juicio inexorable de aquellas entidades cuyo tiempo precede y sucederá al nuestro.

Las veladuras de terciopelo empezaron a agitarse, aunque no soplaba viento, y la habitación toda pareció latir, retrayendo sus límites hasta fundirse con una oscuridad vasta y carente de fondo. Me vi arrastrado a un centro de gravedad imposible, el corazón mismo de la sala, donde el suelo se tornaba líquido y las paredes susurraban oraciones blafas a dioses olvidados bajo mares ya evaporados.

Mis recuerdos se fragmentan aquí, en saltos de lucidez y delirio. Recuerdo haber caído sin caer, deambulado por corredores que no existen y enfrentado imágenes impías, heredadas de una cosmogonía que rechaza todo consuelo humano. Caras murmurantes flotando entre columnas ciclópeas; me vi retratado en frescos de épocas que aún no han comenzado; sentí el frío de la eternidad en los nudillos azulados de manos que nunca supe si eran mías.

Y entonces, la voz: una voz más allá de la memoria y el alma, que rezumaba piedad y condena en cada sílaba. "Todo lo que fue, todo lo que será… viene a morar en ti”. Un dolor inenarrable me laceró y en mi mente, como un relámpago negro, vi revelados secretos que harían palidecer a los profetas y volver locos a los sabios.

Desperté en la calle, cubierto de escarcha, con la linterna rota a mi lado y el libro, o lo que quedaba de él, reducido a polvo. Soy observado, lo sé al caminar por Arkham: los reflejos en los escaparates me traicionan. Las sombras guardan mi forma por segundos de más, y cuando duermo, sueño con la sala, las figuras y la puerta siempre abierta.

Porque lo imposible ha dejado de ser ajeno; y en mi pecho, en cada respiración, late la certeza de que —mucho después de que mi conciencia se haya apagado— algo mirará a través de mis ojos, esperando su noche de regreso.

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