Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
La niñera
La grieta del silencio
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
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Portada del relato El susurro de las paredes
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Fragmento:


La noche había caído con esa espesura particular del invierno tardío, cuando cada sombra parece cargar un peso y hasta el aire, denso y frío, pareciera arañar la piel. Evelyn avanzó por el sendero comido de raíces y hojas húmedas, guiada sólo por el farolillo que sostenía, cuya luz apenas lograba perforar el velo de la niebla. El viento era una caricia constante, pero una caricia doliente, que silbaba entre los muros de piedra de la casa al final del bosque. Aquella mansión, olvidada por todos salvo por los que, igual que ella, buscaban respuestas que jamás debían ser pronunciadas en voz alta, se erguía entre árboles centenarios como la última pieza podrida de otro tiempo. Allí, decían los ancianos del pueblo, los muertos no dormían.

Duración: 04:28

El susurro de las paredes
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La noche había caído con esa espesura particular del invierno tardío, cuando cada sombra parece cargar un peso y hasta el aire, denso y frío, pareciera arañar la piel. Evelyn avanzó por el sendero comido de raíces y hojas húmedas, guiada sólo por el farolillo que sostenía, cuya luz apenas lograba perforar el velo de la niebla. El viento era una caricia constante, pero una caricia doliente, que silbaba entre los muros de piedra de la casa al final del bosque. Aquella mansión, olvidada por todos salvo por los que, igual que ella, buscaban respuestas que jamás debían ser pronunciadas en voz alta, se erguía entre árboles centenarios como la última pieza podrida de otro tiempo. Allí, decían los ancianos del pueblo, los muertos no dormían.

Había algo en la puerta de hierro que parecía retorcerse bajo los dedos de Evelyn. Una runa imposible fue tallada allí hacía siglos; el hierro, ennegrecido por el tiempo y las lluvias ácidas, ardía como si guardara aún la memoria de una herida. El silencio se rompió al cerrarse la puerta a su espalda. Evelyn encendió una segunda vela —el farolillo era una ofensa en aquellas entrañas hostiles— y avanzó dejando que sólo el débil resplandor guiara los pasos. Cada rincón parecía respirar, cada escalón crujía no sólo bajo su peso sino como si un eco de pies antiguos la siguiera, reticente a quedarse atrás.

Se había prometido a sí misma que no apartaría la vista de las paredes. No era por miedo a los cuadros, siempre deformados en la penumbra, ni a los espejos, siempre más profundos que anchos, sino porque sabía que —cuando las campanas del pueblo sonaran a la medianoche— lo que moraba en las paredes tendría hambre. Había encontrado, en un viejo diario, escrito por una bisabuela que había enloquecido en esa misma mansión, advertencias que no lograban ocultar la verdad: allí, en la madera carcomida, no vivía únicamente el moho. Algo mucho más antiguo, con dientes de aire y ojos de polvo, habitaba las grietas.

El reloj de la entrada marcó las doce. Su carrillón estaba roto, pero el aire del vestíbulo pareció romperse, como si una cuchilla pasara de repente por el pecho del tiempo. Evelyn, cuya valentía era más terquedad que coraje, se obligó a descender al sótano. Cada peldaño era un descenso en la memoria de sus antepasados: voces susurradas, risas infantiles que se tornaban gritos, y siempre aquel rumor de respiración entrecortada saliendo de los muros. Sólo sus antepasados sabían el precio de la casa, pero sólo ella parecía dispuesta a pagarlo.

El sótano, húmedo y helado, olía a tierra abierta y vino añejo, pero también a otro aroma menos reconocible: un olor espeso, dulce y nauseabundo, que mareaba. Había, en el centro, una mesa redonda y baja, donde los antiguos residentes tallaron símbolos ininteligibles. Evelyn pasó los dedos sobre ellos. La madera palpitó bajo su mano. A la luz de la vela, las sombras bailaban de forma imposible, ajustando la silueta de Evelyn como un guante a un cuerpo invisible.

—¿Quién me llama? —preguntó una voz, pero no era una voz de las cosas vivas—. ¿Qué quiere el hambre de la sangre joven? Era la pared la que hablaba, o tal vez la mesa, o los cimientos enteros de la mansión. Evelyn reconoció el antiguo dialecto en que se quebraban aquellas palabras. Cerró los ojos, invocó a los nombres que su madre le enseñó a temer y arrojó al suelo las tres flores secas que guardaba desde niña.

La respiración en la oscuridad se volvió ansiosa, una presencia volvió tangible. Evelyn supo que si miraba esta vez, no sobreviviría. No obstante, el miedo la mantuvo quieta. Oyó cómo los ladrillos se desplazaban, dejando asomar dedos delgados hechos de polvo. Una de las sombras la abrazó, fría y húmeda, y al hacerlo sintió todos los recuerdos de la casa: muertes frenéticas, pactos incumplidos, niños devorados en las noches de luna roja. Aquello no guardaba rencor, sino hambre, y veía a Evelyn sólo como a la siguiente gota en su sed centenaria.

—Quiero memoria —musitó Evelyn, temblando—. Quiero saber qué me ata a este lugar.

Una risa suave le respondió, voz de abuela y verdugo. La sombra recorrió su espalda, helando cada vértebra, y le susurró al oído nombres olvidados, crímenes escondidos y el pacto que, sin saberlo, había heredado al nacer. Si Evelyn sobrevivía a la noche, sería diferente: la última de su estirpe o el primer huésped de lo que en las paredes dormía.

El alba se asoma, dice la voz, y con ella llega el olvido o la locura. Evelyn, con la vela ya apagada y la piel envuelta en nuevas cicatrices, no busca la puerta al amanecer. Ha sido elegida, o devorada, o tal vez aceptada como parte de aquello en lo que nunca debieron habitar los vivos. Tras sus ojos, otra presencia vigila. La casa, satisfecha de momento, la acuna. Afuera, nadie se atreverá ya a nombrarla.

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