Fragmento:
Una tarde, el viento le llevó sonidos extraños, como susurros en una lengua que no pudo reconocer; quizá el ulular de las aves nocturnas o el murmullo de corrientes invisibles en los matorrales. Pero algo persistía en su mente: al regresar, encontró en la entrada principal del caserón una huella diminuta en el barro, un óvalo vagamente humanoide, acompañado de una línea de lodo que parecía haber sido arrastrada hasta la profunda raíz de un olmo cercano. Nadie a la vista; ni animales, ni habitantes del bosque visibles durante el trayecto. Aquella noche, consideró la posibilidad de ladrones o bromistas —pero, ¿por qué esa forma extraña en la huella?
Duración: 05:30
Hacía apenas unas semanas que Lionel Ashcroft había llegado a Crannen Fell, una región del país cubierta de suaves colinas y espesos bosques, donde la vegetación parecía engullirlo todo en un abrazo perpetuo de hojas y sombra. Había alquilado la vieja mansión de los Darnley, un caserón apartado construido en lo alto de una lomada arenosa desde la que podía verse la niebla mecerse en el valle como una criatura viva al caer la tarde. Buscaba quietud para sus estudios sobre lenguas premedievales, y los forasteros resultaban tan raros allí que los aldeanos le concedían las cortesías distantes y lacónicas reservadas a los que saben —o intuyen— que el desconocido permanecerá apenas el tiempo justo.
Al principio creyó que la casa, con sus vigas antiguas y crujidos secretamente sincronizados, era simplemente eso: muy antigua. Pero fue a la segunda semana cuando comenzaron las noches llenas de una inquietud inexplicable, una zozobra que se filtraba como un aroma viejo a humedad en la almohada. Ashcroft frecuentaba largas caminatas vespertinas por el bosque contiguo —un mosaico de hayas, fresnos, robles, y helechos descomunales— y allí, bajo la luz vacilante de un sol que no terminaba de decidirse entre quedarse o sumirse, se preguntó muchas veces por el origen de esa inquietud, pues sólo en casa sentía aquella pesadez en el aire.
Una tarde, el viento le llevó sonidos extraños, como susurros en una lengua que no pudo reconocer; quizá el ulular de las aves nocturnas o el murmullo de corrientes invisibles en los matorrales. Pero algo persistía en su mente: al regresar, encontró en la entrada principal del caserón una huella diminuta en el barro, un óvalo vagamente humanoide, acompañado de una línea de lodo que parecía haber sido arrastrada hasta la profunda raíz de un olmo cercano. Nadie a la vista; ni animales, ni habitantes del bosque visibles durante el trayecto. Aquella noche, consideró la posibilidad de ladrones o bromistas —pero, ¿por qué esa forma extraña en la huella?
Pronto, la niebla empezó a subir con una determinación peculiar, colándose temprano entre los árboles y asaltando las ventanas mucho antes de que cayera la noche. Lionel, de temperamento racional y estudioso, se sentía absurdamente apremiado a prohibirse pensar en supersticiones, pero poco a poco se dio cuenta de que la casa misma parecía respirar de otra manera. Los cuadros cambiaban sutilmente de lugar, como si una fuerza invisible los empujara apenas un centímetro cada día; la madera noche tras noche exhalaba un lamento grave, antiguo, casi humano.
Se esforzó en leer hasta altas horas, aferrándose a los sonidos conocidos —el crepitar del fuego, el repiqueteo de la lluvia en los postigos—, pero cada vez le asaltaba la impresión de que alguien o algo estaba al pie de la escalera. La penumbra, al abrigo de la lámpara, parecía replegarse sobre sí misma, gestando en sus pliegues figuras indecisas.
Una noche, el sueño lo llevó hasta la frontera de la vigilia y ahí, entre los brazos del insomnio y el cansancio, oyó un susurro en la lengua desconocida, justo junto a su cama, casi rozando su oído. Despertó con el corazón en la garganta, las sábanas frías y arremolinadas, y el vago olor a tierra mojada. Recogió una lámpara, bajó en un acto de voluntad terca las escaleras en busca de una explicación, y al llegar al salón encontró la puerta trasera abierta. Afuera, la niebla era total; apenas distinguió la vaga figura de un sauce en lo hondo del jardín, y, a su lado, algo más: una sombra agazapada.
Días después, comprobando el cuarto de servicio, encontró una trampilla soterrada cubierta por una alfombra enmohecida. La abrió y halló un estrecho pasaje de piedra, tan viejo como la casa misma. Cedió a la malsana curiosidad y descendió. El aire hedía a musgo y tiempo. Al poco, tropezó con inscripciones en la pared, una escritura que sólo vagamente reconoció de sus estudios —algo anterior incluso a las leyendas artúricas, más cerca de los susurros de un tiempo impenetrable que de la palabra escrita.
Todo su ser se rebelaba, pero fue entonces cuando comprendió la naturaleza de lo que le acechaba: la casa, y tal vez todo el valle, eran la piel de un ente dormido, uno cuyo sueño se alimentaba de las escasas presencias humanas que se atrevían a perturbar el oleaje perenne de la niebla. Lionel, temblando, retrocedió —pero en la penumbra tras de sí sintió que se deslizaba un roce, una lengua de sombra pegajosa buscándolo. Salió a la carrera, tropezando, y al cerrar la trampilla casi oyó, más allá de lo razonable, un suspiro de aceptación resignada. A partir de ese día, su salud languideció. Veía la niebla colarse hasta su lecho y por las noches, la voz extraña volvía, ahora ya comprendida en parte: reclamaba su nombre en un cántico de bienvenida sumiso, paciente, inevitable. Supo entonces que su llegada no había sido casual; las palabras antiguas en la piedra lo habían profetizado.
Al final, cuando la nieve cubrió el valle y las cartas enviadas a su editor cesaron, los aldeanos supieron que el forastero, como los anteriores, se había fundido con la casa y el bosque. En las noches de niebla, aún hoy, los viajeros que se atreven a cruzar Crannen Fell pueden oír en el aliento del viento aquellos susurros sin lengua, y algunos aseguran que una figura deambulante, cubierta de hojas muertas y niebla, medita entre las raíces del olmo contiguo al caserón solitario, aguardando a quien desee descifrar otra vez los nombres escritos en la piedra y desaparecer.
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