Novela El calendario del amor
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
La chica del lago
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Portada del relato La casa de la colina sin nombre
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Fragmento:


Subió la escalera. Cada peldaño protestó de un modo distinto: algunos con un gemido, otros con un susurro, otros con la muerte súbita de una telaraña debajo de la suela. Arriba, la alfombra era más fangosa, como si la lluvia hubiera caminado también por aquellos pasillos. Enfiló hacia la primera habitación, una sala muy pequeña con una única lámpara encendida a pesar de que no había luz eléctrica en ninguna de las casas colindantes desde hacía años. La lámpara era blanca, el haz níveo e inexplicablemente vibrante.

Duración: 05:34

La casa de la colina sin nombre
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El olor a serrín y a humedad era casi insoportable incluso antes de empujar el portón de hierro. Ese portón enorme, brotado en una era donde lo macizo era sinónimo de protección, chirrió bajo la mano de Marian. La luna apenas se filtraba entre las ramas, y el viento nocturno no era viento, era respiración. Marian no estaba sola, pero tampoco estaba acompañada: el pueblo solo ofrecía la vaga sensación de que alguien la observaba desde alguna ventana, ayudado por la casualidad de un espejo alineado, como si sus propios movimientos fuesen reflejo de otro peor.

La casa no parecía abandonada, ni tampoco habitada del todo. Se conservaban detalles —el tiesto con tierra negra fresca, la aldaba pulida, las cortinas que apenas mostraban manchas— pero cada metro cuadrado manifestaba que dentro sólo debía haber el eco de una costumbre marchita. Marian consideró no entrar; lo hizo. Atravesó el umbral con la torpeza minuciosa del que presiente que los pasos son escuchados por algo más que las tablas.

En la entrada, el reloj colgante marcaba las dos y trece. Un frío imposible reptaba desde debajo de la alfombra. No fue hasta que se encontró en la penumbra del vestíbulo que comprendió que la casa no era una ruina, sino una trampa. Los cuadros en las paredes mostraban personas sólo ligeramente deformadas, como si hubieran sido vistas una vez más allá de lo que la memoria permite. Alguien la miraba desde la tela, un niño con la cabeza vuelta como si apenas le interesara ver el rostro de Marian.

Subió la escalera. Cada peldaño protestó de un modo distinto: algunos con un gemido, otros con un susurro, otros con la muerte súbita de una telaraña debajo de la suela. Arriba, la alfombra era más fangosa, como si la lluvia hubiera caminado también por aquellos pasillos. Enfiló hacia la primera habitación, una sala muy pequeña con una única lámpara encendida a pesar de que no había luz eléctrica en ninguna de las casas colindantes desde hacía años. La lámpara era blanca, el haz níveo e inexplicablemente vibrante.

Sobre la mesa, una copa llena de un líquido rojo pero opaco y una carta. Marian leyó la carta. Decía: “No vuelvas la cabeza cuando sientas la mano. No respondas a la voz que lleva tu nombre. No escribas respuestas.”

Sintió la mano, primero en su espalda, caliente y puntiaguda, entonces Marian hizo la primera cosa incorrecta: giró la cabeza bruscamente. Solo entonces vio que la habitación no estaba vacía, sólo lo parecía. Un hombrecito, con la cara arrugada y los ojos sin párpados, estaba pegado al marco de la puerta. Emitió un ruido como si rascara una mandolina; Marian no pudo estar completamente segura de si realmente había escuchado algo.

“Marian”, dijo la voz, pero no era la voz del hombrecito, ni la de un humano. Era la voz del lugar, baja y rota, temblando sobre sílabas que caían como clavos. Marian, sin aire, intentó responder; la carta, aún temblando en su mano, cayó sobre la mesa. La copa se volcó y el líquido rojo serpenteó hasta tocar la esquina de la carta.

Sentía las lágrimas recorrerle el rostro antes de saber que lloraba. La lámpara parpadeó y el hombrecito se fue pegando cada centímetro más cerca, sin levantar los pies, como un insecto azotado por la voluntad infantil. “No respondas”, pensó Marian—pero a cada paso achicaba el espacio con torpeza, la respuesta vibrando por dentro. Cuando la mano la alcanzó de nuevo, un frío árido entró a Marian por las uñas. El hombrecito no la tocó. Sólo esperó a que algo invisible hiciera lo propio.

El olor a serrín ahora la anestesiaba; era también el olor de un funeral, pero no uno reciente. A través de la puerta, por el rabillo del ojo, Marian vio a la mujer del cuadro asomada al pasillo, sólo que ahora estaba fuera del cuadro, con la cara hundida, el cabello cubriéndole casi toda la mandíbula. “No escribas respuestas”, insistió la voz, y Marian sintió cómo le movían los dedos, primero en el aire, luego en la superficie de la carta caída. Los dedos se mancharon de rojo; Marian recordó a su madre cortando remolachas en la vieja cocina. La madre muerta hace dos años.

Los cuadros temblaban en sus ganchos. Alguien recorría el piso de abajo, subía la escalera forzando los peldaños a crujir cada vez peor, como si la casa tragara oxígeno cada vez que una sombra la recorría. Marian pensó en huir, pero la puerta ya no existía. El portón, el umbral, sus zapatos—todo había sido traducido a una sustancia que la ataba a ese segundo, al borde del grito y la memoria.

La mujer de cabello largo se puso de pie entre Marian y la lámpara. “Tengo frío”, dijo, pero su aliento sólo arrastraba hollín. Las paredes ahora llegaban más cerca, los objetos del cuarto se retorcían al unísono, la carta y la copa fundiéndose en una sola cosa húmeda y palpitante. El hombrecito extendió la mano, primero para tocar la carta, después para taparle los labios a Marian con un dedo. El silencio fue tan rotundo que Marian olvidó su propio nombre durante ese instante. En la ventana se reflejó otra figura, no la suya sino una silueta imposible, la de una mujer recién llegada a una casa donde nadie espera huéspedes, donde nadie responde a la voz, donde nadie escribe respuestas y donde el eco de su propia respiración es lo último —absolutamente lo último— que Marian puede reclamar como propio.

La lámpara se apagó. El aroma de la medianoche tomó la casa. Y solo entonces Marian comprendió la advertencia: en ciertos lugares, la respuesta nunca vuelve a salir. Y la noche aguardó, intacta.

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