Fragmento:
Al principio, lo atribuyó al mecanismo. La casa era vieja, tan vieja como lo permitía el musgo que devoraba la tapia y el olor a humedad dulce que perfumaba las cortinas. Pero Philip no era supersticioso. Sonrió ante sus propios pensamientos la segunda o tercera noche, cuando se sorprendió con un sobresalto ilógico tras la serie de campanas. No obstante, a la cuarta noche, notó algo nuevo. La campanada cesaba, y en el breve eco que parecía quedar suspendido en la estancia, un suave golpeteo —como si alguien rascara la madera con uñas demasiado suaves— se escuchaba desde el pasillo.
Duración: 04:51
El anciano reloj de la casa siempre marcó una hora extraña, que nadie más parecía notar. Sonaba a las tres y veintitrés de la madrugada, ni un minuto antes, ni uno después, y con cada campanada el aire se volvía más denso; la sombra de los cuadros se alargaba por debajo de las puertas, como si la noche intentara entrar en las habitaciones cerradas. Philip, recién llegado a la herencia de sus tíos, se acostumbró primero al crujido de los escalones, luego al silbido que pasaba por la rendija de la ventana, y sólo mucho después a esa singularidad: el desafiante doble tañido cuando la casa parecía más sumida en el silencio.
Al principio, lo atribuyó al mecanismo. La casa era vieja, tan vieja como lo permitía el musgo que devoraba la tapia y el olor a humedad dulce que perfumaba las cortinas. Pero Philip no era supersticioso. Sonrió ante sus propios pensamientos la segunda o tercera noche, cuando se sorprendió con un sobresalto ilógico tras la serie de campanas. No obstante, a la cuarta noche, notó algo nuevo. La campanada cesaba, y en el breve eco que parecía quedar suspendido en la estancia, un suave golpeteo —como si alguien rascara la madera con uñas demasiado suaves— se escuchaba desde el pasillo.
Se levantó, armado sólo con su cansancio y la familiaridad recién aceptada de los corredores. Cruzó el vestíbulo, avanzado entre los muebles cubiertos de sábanas viejas, hasta la puerta al fondo, la del salón donde el retrato de su tía miraba el vacío. Al pasar junto al reloj, el péndulo comenzó a oscilar con más rapidez, imperceptible primero, innegable después. Philip se detuvo. Durante varios largos segundos, escuchó con atención, sentado en la penumbra, acompañado sólo por el sonido de su propio corazón. Decidió regresar a la cama, aunque el sueño le rehuía como una bestia encadenada.
A la siguiente noche, antes de que el reloj comenzara ese ritual funesto, se sentó en la alfombra del pasillo, apuntando la linterna bien cargada hacia la puerta. A las tres y veintitrés en punto, el sonido surgió de nuevo, ya no rascando, sino arrastrándose, más pesado, como si algo se arrimase contra la madera en busca de espacio. Philip se estremeció. Habló en voz alta, sólo para romper el ciclo del miedo: “¿Quién anda ahí?” El silencio fue la única respuesta, seguido nuevamente por el pulso del reloj.
Empezó a notar intrusiones apenas perceptibles en la vida diurna: el olor a cera quemada, cuando no había encendido velas; la leve sensación de que los retratos colgados le devolvían una mirada distinta cada día. Una tarde, se atrevió a inspeccionar los cuartos del piso superior —no por inquietud, sino por rutina. La habitación más alejada tenía la ventana obturada por una gruesa cortina; las paredes estaban cubiertas de garabatos hechos a mano, salpicados por palabras que el tiempo había desdibujado.
No quiso leerlas. El frío en la nuca le disuadió de seguir mirando demasiado. Volvió sobre sus pasos. Pero la noche, esa noche, fue distinta. La campanada llegó, y esta vez no hubo sonido posterior. Philip, desesperado e irritado, bajó corriendo las escaleras para enfrentarse a lo desconocido. El reloj seguía marcando la hora incorrecta, y en su vidrio empañado por la edad, se reflejaba otra figura, alta, delgada como una sombra, de pie justo detrás de él.
Giró de golpe. Nadie. Sudoroso, se acercó al espejo del vestíbulo, y se observó durante largos minutos, presa de una sospecha creciente: la casa, con todos sus muros inviolables y sus puertas gastadas, parecía estar grabando sus movimientos, ajustando lentamente la manera en que reflejaba la luz, el modo en que el aire golpeaba los ventanales.
Pensó en marcharse, pero era tarde. Y al volver a la cocina, donde dejó la lámpara antes de su exploración, encontró un papel cuidadosamente doblado sobre la mesa. La hoja estaba pálida, quebrada por la edad, y en una caligrafía—demasiado similar a la suya—leía: “Cierra la puerta; no dejes que salga.”
No recordaba haberlo escrito. Sin embargo, no pudo evitar sentir que la advertencia era absolutamente personal. La siguiente semana, la campanada llegó de pronto a las dos y cincuenta, una hora que no existía para ese antiguo reloj. Philip sintió que la presión invisible de la casa lo observaba. Que la memoria del lugar, o de algo atrapado ahí desde hace décadas, al fin lo reconocía como inquilino. Sigilosamente, algo se desplazaba por dentro de los pasillos, lento, ausente de forma pero no de propósito.
El sonido del roce en la madera volvió, fuerte y cercano. Se quedó tieso, notando que, en el reflejo del vidrio, la sombra detrás de él abría una boca que no era visible en la realidad. Gritó, deseando una respuesta, pero sólo su propia voz y la risa apagada del reloj llenaron el eco de la casa.
A las tres y veintitrés, comprendió que nunca estuvo solo, que vivir en aquella casa era formar parte de un relato sin dueño, en el que la identidad podía perderse en cada cajón, en cada sombra nocturna, quedando atrapado entre los susurros del mecanismo y el peso interminable de los ojos que, aunque nunca se ven, duermen bajo la madera antigua, esperando.
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