Fragmento:
Cada día, Gabriela despertaba más cansada. Sus sueños eran pesados y oscuros. Destacaban un zumbido insistente, una vibración casi musical que se le incrustaba bajo la piel. Su reflejo en el espejo titilaba, como si estuviera hecho de agua, y, por un instante apenas, notaba en su pupila el movimiento de una figura detrás, que desaparecía en el parpadeo. Habló con su mejor amiga Carmen, riendo nerviosa, intentando contagiarse de la incredulidad ajena.
Duración: 04:54
Cada noche, al apagar la lámpara, Gabriela sentía esa presión acechante en el aire. Su apartamento, lleno de libros y recuerdos, se volvía poco a poco un escenario retorcido: las sombras trepaban por las paredes con una osadía felina, y el silencio parecía respirar, eternamente contenido. No sabía por qué, pero últimamente todo palpitaba con una vida ajena a la suya; desde el tic-tac del reloj en la cocina hasta el crujido apenas perceptible de la madera bajo sus pasos. No era nueva en la ciudad, ni en la vida en solitario, pero sí en esa sensación pegajosa de ser observada desde algún extremo imposible de su espacio privado.
La ansiedad empezó como un juego de imaginaciones vespertinas. Una risa corta que no era suya resonando en el pasillo. Un olor a jazmín en el baño, pese a que nunca había comprado flores. Decía que era su imaginación, pero pronto no pudo ignorar que la temperatura en su dormitorio caía sin explicación, aunque el verano palpitaba detrás de las persianas.
Cada día, Gabriela despertaba más cansada. Sus sueños eran pesados y oscuros. Destacaban un zumbido insistente, una vibración casi musical que se le incrustaba bajo la piel. Su reflejo en el espejo titilaba, como si estuviera hecho de agua, y, por un instante apenas, notaba en su pupila el movimiento de una figura detrás, que desaparecía en el parpadeo. Habló con su mejor amiga Carmen, riendo nerviosa, intentando contagiarse de la incredulidad ajena.
—Debes dormir mejor, Gaby —dijo Carmen—, leer menos cosas raras antes de acostarte.
Pero en la tercera noche, después de esa llamada, Gabriela soñó con una mujer que la tocaba desde el espacio entre el colchón y la pared. Sentía dedos suaves pero fríos buscándole la nuca, llamándola por su nombre: “Aquí, aquí, aquí…” Despertó sin aire, la sábana enrollada alrededor de sus tobillos, como atándola a la cama.
A la mañana siguiente, algo se desplazó en su memoria. No recordaba haber dejado la ventana abierta, ni haber colocado la foto que encontró sobre la mesita de noche. Era una instantánea en sepia de una mujer desconocida, con el cabello oscuro y lacio, los ojos tan claros que parecían translúcidos. Detrás de la fotografía, escrito en lápiz, un nombre: Valeria. No conocía a ninguna Valeria. Su piel comenzó a formarse de escalofríos involuntarios.
Los síntomas se multiplicaron. Al regresar del trabajo, encontraba la tetera con agua hirviendo sobre la hornilla, o la radio encendida con interferencias que sonaban a voces distorsionadas. Revisaba obsesivamente la cerradura. ¿Era posible volverse loca con tal sutileza, con tal precisión? Empezó a ver cosas en los reflejos: una sombra inquieta, el giro ingrato de una figura asomada apenas en el cristal de la ducha.
Buscó ayuda. Un psicólogo, dos cafés, muchas lágrimas. Le hablaron de stress, de traumas no resueltos y la necesidad de reconectar con la realidad. Pero la realidad era ese eco frío, esa sensación de que cada rincón del apartamento ocultaba una boca hambrienta. Una noche se atrevió a buscar, linterna en mano, buscando cables sueltos, fugas de corriente, cualquier resquicio de lógica. Pero al llegar al armario del pasillo, un frío terrible la hizo retroceder. Desde dentro, el murmullo: “Siempre estuviste aquí…”
No pudo abrir el armario en tres días. Soñó con la foto de Valeria ampliándose hasta convertirse en un rostro supurante que fluía en sus paredes. El apartamento olía a flores marchitas, su sombra se proyectaba en ángulos insólitos. Descubrió marcas en la alfombra, como pequeñas uñas arañando; pelusas atascadas en las esquinas que no recordaba haber visto.
Gabriela intentó irse. Apenas tocó la puerta, una fuerza invisible la obligó a mirar hacia el pasillo: allí estaba ella, la mujer de la fotografía, envuelta en ese vestido antiguo, los pies descalzos, la boca entreabierta en una mueca de súplica. El deseo de huir fue anulado por algo más poderoso: la certeza de que nunca estuvo sola, de que cada noche Valeria había susurrado en la penumbra, tejía despacio una prisión hecha de culpa y de miedo.
La última noche, el tránsito fue total. Gabriela se vio a sí misma dormida desde el techo, como si estuviera atrapada detrás de sus propios ojos. La sombra de Valeria se inclinó hacia ella y le depositó un beso trémulo en la frente, un frío penetrante que selló su destino. Al abrir los ojos, nada era igual: el apartamento reía sin cesar, la radio escupía su nombre modulando el tono de la voz de Valeria.
Nadie la vio salir más. Cuando Carmen acudió, los espejos estaban tapados y la casa exhalaba un aire ajeno, reseco. En la mesita, sobre la fotografía, sólo quedó una huella de dedos húmedos y la marca imborrable de una vida absorbida por la presencia que, desde siempre, había habitado donde duerme la sombra.
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