Fragmento:
Era una melodía fragmentada, hecha de palabras que no lograban formarse, de promesas veladas, de advertencias. Nadie más, por supuesto, podía oírlo; ese tipo de espectros sólo elige a quienes ya cargan una grieta dentro. Julia había dejado atrás la cordura en intervalos; abordaba la rutina cada amanecer con la tersa máscara de la normalidad, pero en las noches la fachada se derretía. Era cuando la sombra comenzaba a caminar en silencio y los espejos temblaban.
Duración: 04:21
Había algo en las paredes que latía débilmente, un rumor apenas perceptible que se deslizaba por las hendiduras de la vieja casa. La lluvia golpeaba con insistencia los cristales, como dedos nerviosos buscando entrar en la soledad de Julia. Sentada frente al ventanal, ella se preguntaba cuánto de aquel sonido era producto de la tormenta y cuánto era el susurro inexorable que se había instalado en sus días desde la madrugada en que comenzó a escucharlo.
Era una melodía fragmentada, hecha de palabras que no lograban formarse, de promesas veladas, de advertencias. Nadie más, por supuesto, podía oírlo; ese tipo de espectros sólo elige a quienes ya cargan una grieta dentro. Julia había dejado atrás la cordura en intervalos; abordaba la rutina cada amanecer con la tersa máscara de la normalidad, pero en las noches la fachada se derretía. Era cuando la sombra comenzaba a caminar en silencio y los espejos temblaban.
Vivía sola, aunque los retratos en las paredes pretendían sugerir otro pasado más cálido. El retrato de su madre, los labios apretados y los ojos demasiado fijos; el de su padre, sostenido por la borrosa presencia de un cigarro. Julia les hablaba a veces, esperando quizá que el murmullo se dignara a responder por medio de sus voces conocidas. Pero los cuadros callaban, tan fieles al olvido como al dolor antiguo que impregnaba la madera de la casa.
Intentó racionalizar el susurro: defectos en la instalación eléctrica, el crujido de la madera húmeda, el viento viajando por rendijas mal selladas. Pero el tono—una vibración apenas más allá del umbral de lo audible—no podía ser explicado. Parecía conocer sus pensamientos, anticipar el instante exacto en que la duda pasaba a convertirse en miedo auténtico. Era entonces cuando el susurro se alzaba, ridiculizando su impotencia, lamiendo sus ansias de paz con dedos invisibles.
La peor parte llegó cuando empezó a reconocer palabras en el murmullo. “Ven”, decían, o “mira”, mientras la casa entera retenía la respiración que precede al pánico. Julia se aferraba al respaldo de su silla, los nudillos blancos, la certeza de que mirar sería el inicio de algo irreparable. Pero los susurros insistían, explorando las rendijas de su voluntad cada noche con mayor desenfado.
Una madrugada, incapaz de resistir, se levantó y avanzó hacia el largo pasillo. La luz de la luna se doblaba en las juntas del suelo pulido, y el aire estaba frío, como el revés de la piel antes de un grito. Las puertas parecían todas iguales, pero sólo una vibraba levemente, como un animal a punto de despertar. Julia colocó la mano sobre el picaporte. Miró atrás y, en la penumbra, creyó ver la silueta de su madre despegándose del cuadro, extendiendo una mano para detenerla. Pero ella había cruzado el umbral del miedo tiempo atrás y su curiosidad era más fuerte que cualquier advertencia.
Al abrir la puerta, la oscuridad era espesa, absoluta, más densa que cualquier ausencia de luz. Dio un paso, y aunque sabía que el suelo seguía allí, le pareció flotar. El murmullo se volvió clamor, una lengua ajena revolviéndose en el aire rancio. Creyó distinguir su propio nombre, pronunciado con el acento de su hermana muerta; y el silbido de su padre, aquel que precedía a los sueños febriles de la infancia. La acumulación de recuerdos y nostalgia, entremezclados con algo monstruosamente ajeno, la asfixió. Julia comprendió, al borde del colapso, que el murmullo la había convocado no para mostrarle nada, sino para recordarle todo lo reprimido, lo barrido bajo la alfombra de los días.
No recuerda haber salido de aquel cuarto, ni cómo amaneció en el suelo frío junto al ventanal. La luz era gris, y por un instante pensó que nada había cambiado. Pero cuando miró su reflejo en el cristal, un segundo rostro —minúsculo pero perfectamente nítido— se asomaba sobre su hombro. Sonreía con los labios de su madre y los ojos que alguna vez fueron suyos, deformados por un terror ancestral. El reflejo comenzó a mover los labios, murmurando aquello que la casa, las sombras, y su mente colapsada ya no podían callar. Julia cerró los ojos, pero la voz seguía allí, susurrando eternamente, en el silencio de su propia mente, en el lugar donde nadie puede alcanzarte y del que nunca, jamás, se despide el miedo.
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