Fragmento:
Pensó en marcharse, pero el miedo físico se volvió curiosidad, como un hilo invisible que lo ataba y lo arrastraba. El instinto científico era más fuerte que la repugnancia. Abrió el registro de control y buscó entre los datos: ningún cambio de temperatura, oxígeno bajo norma. Cuando volvió la vista a las burbujas, advirtió un detalle monstruoso: dentro de una, bajo la membrana translúcida, apareció lo que parecía un diminuto ojo negro, húmedo, rodeado de filamentos que asomaban como raíces o nervios ópticos enloquecidos. El ojo se movió, lo miro durante una fracción de segundo, y luego rodó en la oscuridad de la burbuja.
Duración: 08:55
Cuando el Dr. Emiliano Rosales abrió la puerta del laboratorio aquella noche, percibió el mismo perfume limpio y artificial de siempre: antiséptico, alcohol, goma quemada, algo lejano a la vida. Sin embargo, también flotaba un matiz ácido, una nota estridente de naranja podrida, que lo hizo dudar un instante en el umbral. No pertenecía a ese escenario de orden y acero, y sin embargo, se impuso con la autoridad de una señal. El corredor estaba solo; apenas el eco de sus pasos por el piso de linóleo.
La investigación de Emiliano pretendía salvar millones de vidas. Así lo repetía su supervisor, el Dr. Viera, mientras pasaban noches como aquella calibrando incubadoras, observando tubos reaccionar bajo luces moradas. El proyecto—con fondos estatales y privados, pero con el sigilo de casi una orden militar—tenía un nombre innombrable y, entre ellos, usaban solo siglas: R.M.M. La naturaleza de las muestras que recibieron esa semana era un punto ciego en la documentación oficial. Pero Emiliano era inteligente, e incluso aunque no lo hubiese intuido, el simple aspecto de los tubos habría bastado: no eran células animales, ni vegetales exactamente. Más bien, una conminación retorcida y arrogante de ambas cosas.
Era la noche previa a la primera prueba “de campo”. El Dr. Viera había insistido en que Emiliano “hiciera lo necesario” para asegurarse de que los especímenes mutados por el suero X-17 siguieran estables; la última vez se filtró una enzima radiactiva. Emiliano lo hacía ya sin pensar, entre bostezo y bostezo, hipnotizado por datos y gráficos, hasta que, ese viernes, el hedor acre de la naranja podrida lo arrancó de la rutina.
—¿Carlos? —llamó, por si el técnico del turno siguiente había llegado antes.
Nada. Dejó su bolso y avanzó hacia la sala de observación altamente restringida. Un zumbido suave modulaba sus nervios, el ultrasonido constante del área de pruebas. En la ventana de seguridad miró la masa blanquecina que flotaba en las cubetas: células madre con genes vegetales implantados, organizándose sobre soportes de metal. La etiqueta que sobresalía, casi a medio caer: “Batch In Vitro 11C”. Llevaban semanas dándoles impulsos eléctricos, grumos de sangre para engordarlas.
Se acercó a la primera cubeta y por primera vez notó que el líquido había cambiado sutilmente de color, un anaranjado turbio apenas visible bajo la luz. Buscó el termómetro; todo normal. Entonces, en una esquina de la caja, vio algo que nunca esperó: un pequeño bulto, como una burbuja, que sobresalía apenas del líquido. Era traslúcido, de un color pálido y anaranjado, como la carne de un cítrico. Encendió la luz perimetral y lo observó. La burbuja pareció temblar.
Algo adentro, una sombra filamentosa, se agitó, se arrastró lentamente. Por reflejo, se alejó, conteniendo el impulso de sacar el móvil para filmar. Pero entonces, en la otra cubeta, algo idéntico emergía, escupiendo microgotas que chisporroteaban en la superficie líquida. Uno, dos, luego siete bultos vibrando al unísono. El olor a naranja podrida creció y se volvió físico, una densidad viscosa que le hacía cosquillas en la nariz y le provocaba un leve ardor en la garganta.
Pensó en marcharse, pero el miedo físico se volvió curiosidad, como un hilo invisible que lo ataba y lo arrastraba. El instinto científico era más fuerte que la repugnancia. Abrió el registro de control y buscó entre los datos: ningún cambio de temperatura, oxígeno bajo norma. Cuando volvió la vista a las burbujas, advirtió un detalle monstruoso: dentro de una, bajo la membrana translúcida, apareció lo que parecía un diminuto ojo negro, húmedo, rodeado de filamentos que asomaban como raíces o nervios ópticos enloquecidos. El ojo se movió, lo miro durante una fracción de segundo, y luego rodó en la oscuridad de la burbuja.
Emiliano retrocedió. Sentía el sudor helado entre los omóplatos. Tragó saliva, tanteando a ciegas la puerta. Primero pensó en reportar; luego, en destruir las cubetas antes de que ocurriera algo peor. Pero la parálisis lo arrinconó y se sentó en la única silla, temblando. Cerró los ojos y recordó un olor similar de la infancia: naranjas olvidadas en una cocina, reventadas y convertidas en una pulpa fibrosa, llena de moscas y moho verde. Siempre le había causado náuseas. Siempre le recordaba un desamparo esencial.
El zumbido ultrasonico subió de frecuencia. La vista se le nubló, y por un instante le pareció que el sedimento tras los ojos, esa sombra, seguía allí: eso lo miraba desde adentro. Volvió a mirar: ahora la burbuja se había abierto, sutilmente, derramando un hilo viscoso sobre el borde de la cubeta. Algo reptaba afuera, primero una ramita verde, después el filamento con el ojo, luego una pseudopata que parecía una raíz. Todo era minúsculo, pero sentía su peso contra el aire. El hedor era insoportable.
“Están evolucionando”, pensó. La frase no tenía tono de maravilla científica, sino la fatalidad resuelta de un dictado de muerte. La inteligencia—ese ojo, esa coordinación—no era un accidente. Era la culminación de su trabajo y el de Viera. Convirtió moléculas vegetales en circuitos excitables; había conectado la voluntad a cosas con savia.
Bum, bum. Un estallido sordo detrás suyo, junto a la puerta. Se giró de golpe: una sombra al otro lado del cristal. El Dr. Viera. Al verlo, los ojos del hombre estaban inyectados en sangre, la piel sudorosa. Viera hizo un gesto brusco, luego apoyó la frente contra el vidrio.
—Vete —gruñó apenas audible—. No están bajo control. Cerré la salida... Aísla todo, Emiliano, ¡ahora!
La conmoción lo sacudió: no era solo el asco, no era la simple repulsión, sino la llegada abrupta de lo desconocido a todo. “Están afuera”, pensó, aunque no sabía si se refería a los seres minúsculos arrastrándose desde las cubetas—ahora una docena, dos docenas saliendo—o si era otra cosa, una infección de su cabeza.
Emiliano retrocedió hasta la consola principal, manos temblorosas. Pulsó los comandos de contención, pero un error rojo parpadeó en la pantalla: “Malfuncionamiento en sello hermético”. Una, dos... todas las cámaras reportaban escape de líquido. Algo, entre el miedo y la cordura, susurró: “No pueden crecer aquí, son muy frágiles. Necesitan humedad, necesitan...”.
Entonces sintió frío en el tobillo. Miró hacia abajo: un hilo anaranjado, finísimo, se enroscaba con movimientos suaves sobre su pantalón, avanzando hacia la carne. Lo intentó arrancar con un temblor asqueado, pero la fibra se adhirió, insertando una raíz microscópica en su piel. Gritó, sintiendo las fibras bifurcarse por debajo de la dermis, una cosquilla caliente y, después, un súbito vacío. El olor a naranja podrida se filtraba dentro de él.
La visión se distorsionó; la luz vibraba en líneas verdes y anaranjadas. Intentó incorporarse, pero sentía los músculos remotos, distantes, como si otra voluntad los manipulara. Oyó el grito de Viera—un rugido desgarrado, luego un jadeo amortiguado—y en una esquina de su visión vio la figura caer, a lo lejos, como filmada detrás de agua turbia.
Dentro de sí, surgió un recuerdo: la infancia otra vez, la naranja podrida en la cocina, su madre diciendo “no la toques, no es para nosotros”; pero en este nuevo recuerdo, un ojo diminuto aparecía en el centro de la fruta, mirándolo con hambre, invitándolo.
Se desplomó junto a la consola, sintiendo cómo las raíces trepaban por su pierna. No era dolor exactamente; era una conciencia extraña, una sensación de ser expandido, colonizado. Sentía el latido de los minúsculos seres explorando sus venas, saliendo despacio por debajo de su pantalón, subiendo ya bajo su camisa, bajo sus párpados.
Afuera, una alarma comenzaba a sonar, pero él la oía como un lamento casi musical, mientras cientos de pequeños ojos se abrían, dentro y fuera de su cuerpo. El laboratorio dejó de ser un recinto aséptico; era ahora un invernadero caliente, húmedo, colmado de olores amargos, donde una conciencia verde y delicada empezaba a florecer.
En los instantes finales antes de que la voz humana fuera suplantada por el zumbido nervioso de raíces y savias, Emiliano supo que no era solo cuestión de escape físico. Era la mutación de la mente, la integración de toda voluntad con lo impredecible. No moriría allí del todo. Más bien, existiría en una suerte de vigilia vegetal, en la frontera entre el recuerdo y el instinto, donde solo le restaría el dulzor amargo, persistente e infinito, del olor de la naranja.
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