Tras la puerta
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
La grieta del silencio
Portada del relato Susurros en la antesala
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Fragmento:


Aquella noche, la sensación fue más intensa. Sintió, con la certeza de quien percibe el roce invisible de una pluma sobre la piel, que lo vigilaban. No quiso voltear. Su llave tembló en la cerradura, girando con dificultad. Al otro lado, el departamento lo recibió igual de vacío, igual de indiferente.

Duración: 06:25

Susurros en la antesala
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La noche había caído sobre la ciudad como un líquido denso y pegajoso, cubriéndolo todo con un velo de irrealidad. Erik regresaba a casa por el mismo sendero sombrío que tantas veces había transitado, pero aquella vez había algo diferente; lo sentía en la piel, en el modo en que los sonidos llegaban distorsionados, y en la manera en que las farolas titilaban, proyectando sombras demasiado afiladas para resultar casuales.

El portal de su edificio gimió al abrirse, el eco resonando en el hueco de la escalera, multiplicado hasta volverse un murmullo persistente. Erik revisó su buzón casi por inercia, sus dedos tocando sobres a nombre de personas que no recordaba. Subió los escalones, uno a uno, los ojos fijos en los peldaños por miedo a mirar hacia el rellano del cuarto piso, ese punto ciego donde siempre sentía –solo por un segundo– que alguien lo observaba.

Aquella noche, la sensación fue más intensa. Sintió, con la certeza de quien percibe el roce invisible de una pluma sobre la piel, que lo vigilaban. No quiso voltear. Su llave tembló en la cerradura, girando con dificultad. Al otro lado, el departamento lo recibió igual de vacío, igual de indiferente.

Arrojó su abrigo y encendió las luces del salón, unas bombillas mortecinas que parecían resistirse al mandato, parpadeando antes de estabilizarse. Ruidos en el techo: algo corría, o arrastraba sus uñas sobre la madera vieja. Erik se frotó las sienes; los ruidos eran parte de la rutina, de ese pulso inestable de una vida entregada al tedio y a los recuerdos prolijos de fragmentos que no podía reconstruir del todo.

La televisión le devolvía su reflejo, diluido en la pantalla negra. Sus ojos lo miraban desde una distancia desconocida. Se sirvió un vaso de agua. Entonces sonó el timbre.

Eran las once y cuarenta. Nadie tocaba a esa hora. Se quedó quieto, la respiración contenida, mirando la puerta como si esperara que atravesara una sombra. El timbre sonó de nuevo, más largo, más urgente. Caminó sin hacer ruido, pegado a las paredes, hasta el umbral. Miró por la mirilla; no había nadie. Sin embargo, el timbre volvió a sonar, justo cuando tenía el ojo pegado al cristal, tan cerca que percibió su propio aliento empañando el borde.

Retrocedió, sintiendo una punzada en la base del cráneo. El pasillo al otro lado se retorcía bajo la luz de los neones, una cinta sin fin. El sonido se detuvo. Un escalofrío le recorrió la columna. Tenía que dormir. Apagó la televisión, el zumbido de la electricidad rondando aún en su oído.

Se tendió en la cama, pero fue incapaz de cerrar los ojos. Imágenes fugaces lo asaltaban: el rellano vacío, la mirilla empañada, la sensación ingrávida de estar siendo observado. Al fin, el sueño lo venció, apenas un parpadeo de conciencia. Soñó que flotaba en su propio departamento, viendo su cuerpo dormido. En la puerta, una figura esperaba paciente, su rostro oculto tras una sombra líquida que destilaba una quietud insoportable.

Despertó sobresaltado por un golpecito en la ventana. Era absurdo: su departamento estaba en el séptimo piso y no había balcón. Aun así, el sonido persistía, pausado, como el repiqueteo de unos dedos nudosos. Se levantó, sin atreverse a respirar. Corrió la cortina. Allí no había nada. Solo la negrura opaca del cristal y su reflejo difuso, con los ojos excesivamente abiertos.

Pero al girar sobre sí mismo, la sensación se había intensificado: la convicción, sorda y densa, de que no estaba solo. Caminó despacio por el pasillo, sus pasos amortiguados por la alfombra. Tuvo la certeza de que si intentaba encender la luz, la bombilla estallaría. Siguió a oscuras, guiándose por las manos.

Llegó a la sala. El sofá estaba en su sitio, la penumbra daba forma a los muebles. Pero alguien respiraba en algún punto del cuarto, un aliento lento que parecía expandirse por la habitación cada vez que él intentaba inhalar. Se le erizó el vello de la nuca. Quiso gritar, pero la voz se le atascó en la garganta.

Apretó los puños y, por fin, encendió la lámpara de pie. La luz fue breve, tartamudeó y murió como si no hubiera corriente. Solo quedó el zumbido persistente de la electricidad fallida. Erik se reclinó contra la pared, repasando mentalmente todas las salidas posibles. Sabía que si abría la puerta, algo lo esperaría del otro lado. Y si se asomaba por la ventana, solo su propio miedo lo aguardaba, vuelto materia negra.

El silencio le habló de cosas antiguas, registros lejanos de sus propios recuerdos. Recordó el día en que encontró el espejo roto en su departamento anterior, el frío inexplicable en las noches de primavera, las voces bajísimas que parecían surgir desde las tuberías. Tal vez siempre había estado ahí. Tal vez era la casa, o tal vez él mismo lo había traído consigo, retazos de algo que lo acechaba, dobleces en la realidad causados por grietas demasiado pequeñas para notar durante el día.

De pronto, desde el rincón más oscuro de la sala, una figura surgió, recortada apenas por la luz de la calle. No caminaba: parecía deslizarse, insistente y silenciosa. Carecía de rostro, de detalles, reemplazada por la sensación de ser observado por dentro, como si mil ojos se abrieran en su médula espinal. Erik no pudo moverse. Cerró los ojos y deseó con fuerza que todo fuera un sueño, el eco de alguna pesadilla atrasada.

Pero cuando los abrió, la sombra seguía ahí, encarnando su temor más básico. La voz de aquello era sorda y baja, vibró dentro de su cabeza:

—Siempre he estado aquí.

Y Erik lo supo, con la certeza devastadora de los enterramientos más antiguos: algunas presencias no se manifiestan para asustarnos, sino para revelar algo que nunca debería saberse. Aquella noche, comprendió que los límites entre él y el miedo habían desaparecido. Todo estaba unido por una hilera de susurros, los mismos que seguían repitiendo en la grieta del alféizar, en las tuberías, en el zumbido de las luces, lo que por fin alcanzó a comprender, tarde ya, en la voz de su propia mente:

—No eres tú el que observa. Eres el observado.

La luz nunca volvió del todo a su departamento. Y nadie más volvió a escuchar a Erik. Pero en el rellano del cuarto piso, cada noche, el murmullo y la sombra esperan un descuido, para que alguien, algún día, por error, mire demasiado tiempo por la mirilla.

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La grieta del silencio

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