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Portada del relato El hambre invisible
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Fragmento:


El reloj siempre marca las tres y veinte. Iris no sabe cuándo comenzó a notarlo. Tal vez fue tras la muerte de su padre, evocando la costumbre que él tenía de ajustar dos veces al día cada reloj del caserón para que siempre estuviera en la hora exacta. Tal vez fue cuando la soledad de la casa, encaramada entre abetos deformes y suelo blando de musgo, empezó a pesarle en los huesos. Pero desde hace meses, las manecillas culminan su camino en ese instante frío y siniestro: tres y veinte. Tan exacta era la repetición, tan insistente, que Iris dejó de dormir al notar cómo en ese minuto mortal los chillidos en las paredes —ruidos apenas audibles— cogían un ritmo propio, diferente al resto del día.

Duración: 04:41

El hambre invisible
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El reloj siempre marca las tres y veinte. Iris no sabe cuándo comenzó a notarlo. Tal vez fue tras la muerte de su padre, evocando la costumbre que él tenía de ajustar dos veces al día cada reloj del caserón para que siempre estuviera en la hora exacta. Tal vez fue cuando la soledad de la casa, encaramada entre abetos deformes y suelo blando de musgo, empezó a pesarle en los huesos. Pero desde hace meses, las manecillas culminan su camino en ese instante frío y siniestro: tres y veinte. Tan exacta era la repetición, tan insistente, que Iris dejó de dormir al notar cómo en ese minuto mortal los chillidos en las paredes —ruidos apenas audibles— cogían un ritmo propio, diferente al resto del día.

El caserón olía siempre a ceniza y a manzanas podridas. Dormía envuelta en los perfumes rancios de una época ya extinguida, respirando dificultad, como si la propia atmósfera advirtiera: aquí no eres bienvenida. Iris, sin embargo, era incapaz de irse. Cada noche jugaba una partida con su propio raciocinio: recorría los corredores mirando los cuadros familiares, la sonrisa de su abuela plasmada en óleo y mugre, la mano de su tía apoyada en la cabeza de un lebrel petrificada en porcelana. Todos vigilando. Todos, como el reloj, detenidos en su condena.

La noche de aquel martes, la que recordarás, comenzó con el rasguño apenas audible en el marco de la puerta de la cocina. Iris apartó la cortina y miró fuera, hacia el bosque negro donde las ramas luchaban entre sí por rasgar la luna. No había nada. Pero la sensación… La sensación era como la presión de dedos en su nuca, tenues pero imposibles de ignorar. Entró en la despensa buscando consuelo en la luz eléctrica, que chisporroteó y murió. El silencio se extendió, pastoso. Solo su respiración, y ese zumbido bajo, lejano, casi como alguien murmurando muy cerca de su oído. Apenas aguantó unos segundos allí. Cuando salió, el reloj volvió a atraparla: tres y veinte, aunque calculaba que no podía ser más de la una y media.

Entonces lo comprendió: el tiempo ya no era suyo. El reloj, el caserón, los olores, las miradas desde los retratos; todos participaban de un juego cruel en el que su angustia era alimento. La realidad parecía dicesionada en planos inconexos: a veces, la cocina se le aparecía al final de un pasillo imposiblemente largo, otras, abría la puerta del sótano y se hallaba en el despacho de su padre, oliendo a tabaco seco y a vergüenza no dicha. Se convenció de que aquellas distorsiones eran sueños, o trucos de una mente exhausta. Pero a medida que pasaban los días —o los minutos; ¿qué era el tiempo allí?—, escuchaba otros ruidos: la pisada arrastrada detrás de las paredes, las palabras salmodiadas en un idioma que comprendía pero del que nunca había oído antes, el chillido breve y animal junto a su oreja cuando apoyaba la cabeza en la almohada.

A veces se encontraba frente al espejo y su reflejo no correspondía con su movimiento: cuando levantaba una ceja, la suya tardaba unas fracciones demasiado largas; cuando lloraba —porque comenzó a llorar sin saber por qué, como si sus lágrimas le perteneciesen a alguien más— la imagen parecía sonreírle con sorna. Pero no podía dejar de mirarse, noche tras noche. En el reflejo comenzó a descubrir, tras su hombro, la silueta de su padre. No era posible, pero era indiscutible: la figura quieta, el bigote recortado, las manos metidas en los bolsillos de la bata de franela. Y él tampoco la miraba a ella: sus ojos clavados en la nada, como si observase algo terrible que aguardaba más allá del vidrio.

La absoluta familiaridad de ese horror, su costumbre, fue lo que enfermó a Iris. Como si, poco a poco, lo monstruoso ya no fuera el espectro, sino la rutina; dejar entrar cada noche el miedo por una rendija, sabiendo que respiraría junto a ella toda la madrugada. El reloj, un día, simplemente dejó de funcionar. Aun así, Iris seguía escuchando su tictac, acompañándola, marcando su corazón. Pasó un siglo, o tal vez apenas una hora, antes de comprender que ya no distinguía su voz interior del susurro en las paredes.

Al final, no fue una aparición ni un sobresalto. Fue el silencio, el absoluto, quien le heló la sangre cuando al fin quiso gritar y solo escuchó, en la tiniebla, el eco idéntico y exacto de su propio terror. No el suyo, sino el de la casa. Porque en el fondo, ella ya no era Iris: era parte del caserón, de los relojes detenidos, de las miradas atrapadas en los retratos, una sombra perpetua que susurraba a los vivos que algún día, inevitablemente, escucharían el hambre invisible del otro lado de los muros.

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