Fragmento:
Dormí poco. Cuando desperté, sentí algo distinto en mi propia respiración, acelerada, como si hubiera corrido por pasillos muy largos y muy antiguos. Bajé y encontré el cuaderno donde lo había dejado. Mis dedos, en contra de mi razón, rozaron su superficie: noté el frío inédito, un pulso tenue, como si aquel objeto viviera. Abrí la primera página: letras apretadas, trazo tembloroso, la letra de mi tía, aunque con algo distinto, una urgencia, un abismo entre los renglones.
Duración: 05:16
Quitaron el atril de la sala después de la muerte de mi tía Vivienne. Fue un gesto pequeño, casi insignificante, pero yo supe de inmediato que tenía un propósito: borrar de la memoria de la casa aquello que inquietaba a los vivos. A veces me pregunto si fue la casa la que la mató, o si se trató de algo más hondo y difícil de narrar: el peso de la soledad, la acumulación invisible de pensamientos no pronunciados, el lento rumor de susurros que sólo los oídos cansados pueden oír.
La tarde en que regresé, el pueblo estaba ahogado en esa niebla viscosa que parece escurrirse entre los huesos, arrastrando consigo antiguas penas. Fue la señora Bellwater, la vecina, quien me entregó el manojo de llaves, con una advertencia sin voz incrustada en la mirada. Nadie quiso entrar allí conmigo; no después de lo que sucedió.
La casa conservaba un orden mortuorio, meticulosamente limpio y silencioso. Pero había algo nuevo: en la entrada, sobre la mesa de madera pulida, yacía un cuaderno encuadernado en terciopelo rojo que yo jamás había visto antes. Ningún miembro de la familia recordaba su existencia, pero allí estaba, mudo testigo, su lomo apenas desgastado por manos ansiosas.
No abrí el cuaderno esa noche. Me senté en el salón, el reloj marcando cada minuto como un golpe fino sobre la porcelana del silencio. Recordaba la voz de mi tía: tan baja, tan persistente. Decía que la casa tenía memoria, que no debía dejarme arrastrar por lo que no se ve. Afuera, la niebla parecía frotar los cristales con dedos húmedos, hambrienta de entrar.
Dormí poco. Cuando desperté, sentí algo distinto en mi propia respiración, acelerada, como si hubiera corrido por pasillos muy largos y muy antiguos. Bajé y encontré el cuaderno donde lo había dejado. Mis dedos, en contra de mi razón, rozaron su superficie: noté el frío inédito, un pulso tenue, como si aquel objeto viviera. Abrí la primera página: letras apretadas, trazo tembloroso, la letra de mi tía, aunque con algo distinto, una urgencia, un abismo entre los renglones.
“No cierres los ojos después de medianoche”, rezaba la primera línea. Y más tarde: “La casa escucha. La casa sueña con nosotros.” Leí, devorando palabras, sorda a la punzada suave que iba creciendo en mi pecho. Las páginas siguientes narraban apariciones, crujidos a la hora más negra, figuras al pie de la cama, señales que sólo se perciben cuando uno está realmente solo.
Mientras avanzaba, sentí la mirada de la casa posarse sobre mí, un sabor metálico atravesando el aire. El viento arrastró por la chimenea un llanto lejano, como una caricia sobre la piel ya demasiado helada. Pasajes enteros describían sensaciones que yo misma comenzaba a experimentar: la certeza de no estar sola, las sombras al acecho en los confines de la visión, susurros en el desván, risas ahogadas en los armarios.
Intenté dejar el cuaderno, abandonar la lectura, pero me atrapaba el temblor de su voz escrita, una promesa de revelación que seducía mi raciocinio. Afuera, el sol nunca terminaba de abrirse paso entre la niebla, y la casa parecía encogerse, los pasillos más angostos, los relojes más viejos. Empezaron las voces al caer la tarde, primeras sílabas apenas perceptibles, repitiendo mi nombre con piedad, con ira, con una ansiedad infantil y cruel.
Esa noche, la segunda desde que llegué, la vi. Una figura al borde de mi cama, su silueta diluida, envuelta en la misma niebla. Sabía lo que tenía que hacer: la voz de mi tía, desde la página, me susurraba que no debía apartar la mirada. La visión murmuró palabras que no entendí, y sentí mi mente resquebrajarse por un momento, como cristal golpeado con suavidad. El miedo era físico, una presión en el pecho, pero también delicioso, porque traía consigo el calor de quien, finalmente, te hace compañía.
Las noches siguientes, la figura volvía. Más cerca, más tangible, con la forma delicada de la pena, con los rasgos de mi tía mezclados con el rostro de un recuerdo olvidado de la infancia. El cuaderno comenzó a cambiar. Cada mañana encontraba anotaciones que juraría no haber leído antes, hojas nuevas, detalles de mis propias pesadillas. Lo cerré con furia pero el eco de sus voces seguía repiqueteando dentro de mi cráneo indefenso.
La señora Bellwater vino a visitarme al tercer día. “¿Has leído el cuaderno, verdad?” preguntó, con los ojos desorbitados por un secreto común de toda la aldea. Quise mentir, pero mis labios solo pudieron pronunciar un “sí” ahogado. “No lo destruyas”, susurró. “Lo necesita. Si lo quemas, la casa querrá escribirte en la piel.”
Hay quien dice que se puede abandonar el miedo cerrando la puerta tras de sí. Yo sé que no es cierto. Me fui antes de acabarlo, dejando el cuaderno sobre la mesa —y al salir bajo la luz quebradiza de la tarde, supe que el cuaderno me seguía mirando desde la ventana, una sola página abierta y en blanco, esperando mi regreso.
Ciertas casas se alimentan de nosotros. Hay palabras que no deben leerse nunca después de medianoche. La soledad no es un vacío; es una voz persistente en la oscuridad, y a veces, basta con escucharla una vez para que te acompañe por el resto de tu vida.
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