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Fragmento:


Entró sin llamar. El mayordomo era ya polvo, y la casa, en su esplendor podrido, olía a rendición y jazmines ahogados. Las cortinas, cenagosas de telarañas, temblaban como pájaros torturados. El largo corredor la recibió con ecos arrastrados de pies que no eran suyos.

Duración: 04:30

Nacido de la Medianoche
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Por encima de los portones de hierro forjado, las gárgolas alzaban rostros que no eludían la carne, sino que la convocaban. Talladas con tal repulsiva meticulosidad que sus ojos parecían girar para mirarte. Un aire mortecino anegaba los campos olvidados que rodeaban el Asilo Sumerlyn, y pocos recordaban que allí adentro alguna vez se había reído como se ríe en la vida; el júbilo expulsado hacía ya un siglo. Sus muros, alzándose en bloques de piedra negra, sitiaban la mansión con torres puntiagudas y lucernarios ciegos. Era fácil, bajo el bronceado perpetuo de las ventanas, pensar que sólo la locura cruzaba sus umbrales.

En la noche en que la luna fue malherida y la bruma borró los bonetes de los sepultureros del campo santo, Helena Vyse regresó. Educada entre salmodias del catecismo y la perfidia de las institutrices, había escapado veinte años atrás, jurando que jamás volvería. Pero la muerte de Lady Maudlin, su madre, la arrastró de regreso con la convulsión de un fantasma lamiendo las paredes de la consciencia.

Entró sin llamar. El mayordomo era ya polvo, y la casa, en su esplendor podrido, olía a rendición y jazmines ahogados. Las cortinas, cenagosas de telarañas, temblaban como pájaros torturados. El largo corredor la recibió con ecos arrastrados de pies que no eran suyos.

La presencia del asilo era la de una bestia dormida. Helena avanzó, las uñas crispadas en la funda del paraguas, porque sólo un necio recorrería aquellos pasillos sin armas, aunque sólo fueran de madera. No había entrado nadie en veinte años, decían —pero las huellas, apenas visibles en la grama del jardín nocturno, no parecían pertenecer a zuecos ni a animal alguno. Ni tampoco al hombre.

La sala central, con techo abovedado y tapices desgarrados, contenía el féretro. Con su madre dentro yaciendo, insepulta, para que la heredera cumpliera su último capricho: contemplarla una última vez. Extraño mandato, pero Lady Maudlin amaba el espectáculo de su propio dolor; por ello habían revestido la sala de espejos.

El reflejo devolvía sus pasos, y los de los demás, aunque estaba sola. Una mujer alta y macilenta miraba al borde de uno de los espejos, dándole la espalda, con el cabello negro caído hasta la cintura. Helena supo que algo se fragmentaba en su memoria, un jarrón hecho añicos en algún rincón donde nadie barre el polvo del alma.

Contempló el féretro. Maudlin estaba adornada con un vestido de encaje, hediondo y descolorido. Los labios cosidos, como una herejía contra el último suspiro. Pero lo que a Helena la estremeció no fue el cadáver, sino cómo el reflejo, en cada uno de los espejos, era diferente. En uno, la madre abría la boca aunque sus labios estaban cosidos. En otro, un par de manos, sin dueño, acariciaban la tapa barnizada. En el último, la figura que debía ser de Helena misma —pero mutilada, con los ojos envueltos en gasas ensangrentadas.

Trató de retroceder, mas el suelo estaba viscoso —un sudor espectral— y los ecos detrás de ella no eran eco alguno, sino pasos burlones. Al volverse, descubrió que la sala era vacía, pero de las paredes colgaban cientos de máscaras veladas de negro. Recordó que su madre guardaba el olor de la carne ajena como quien guarda el secreto de una lágrima: para torturarla por las noches.

Una voz, hilada como el viento a través de la vidriera: “¿Ves, hija mía, cómo no he muerto?” La voz era la de Maudlin, pero nacía del espejo, desde esa otra sala —un retrato espejo de la real— donde la madre permanecía sentada, viva y descarnada de voluntad, riendo con los puntos aún tensados sobre su boca.

A partir de aquel instante, los relojes dejaron de funcionar en la mansión, y los pasos en las maderas del piso empezaron a resonar cuando Helena se detenía. Todo cuanto miró a través de un espejo la devolvía sangrada, fragmentada, entregada a los gusanos y al delirio.

No supo cuánto tiempo permaneció de pie en aquella cámara de espejos y lamentos, pero la media noche cambió de nombre varias veces antes de que su cuerpo se rindiera. Encontraron el féretro abierto, dos figuras juntas adentro: madre e hija, enroscadas como viudas negras, compartiendo la muerte con la pasión de los condenados.

Dicen que aún hoy, si caminas frente al Asilo Sumerlyn, verás tu propio reflejo en las ventanas oscuras. Pero sólo si de veras perteneces al linaje del miedo. Los demás sólo notarán una casa vieja y cerrada, donde ninguna risa ha sobrevivido jamás.

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