Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
MEMENTO MORI: Las Tumbas
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Powerless (edición especial limitada)
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Portada del relato La Cámara del Penumbrae
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Fragmento:


En la primera sala hacia el ala oeste, Lord Valquemare aguardaba, alto y consumido, hundido en la butaca como si el tapizado carmesí luchara vanamente por devolverle la vida. Su voz, delicada como la polilla en los aleros, le informó que la familia sufría un mal antiguo, del cual sólo la presencia de un descendiente aún no marcado podía brindar cierto respiro en la noche de La Vigilia. Las palabras le helaron más que el viento del exterior, pero la entrega de Elmira era inquebrantable: en todo su linaje ninguna mujer había huido de las noches que traían consigo la Extrañeza.

Duración: 05:25

La Cámara del Penumbrae
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El carruaje avanzaba lentamente entre las brumas que ascendían del tapiz de follaje húmedo, bajo la tutela de un cielo inmisericorde dominado por el vigía lunar. Elmira, recogida en los pliegues del chal negro que le prestara su tía, miraba la mansión que emergía frente a ellos, tan inmensa como callada, rodeada de tantos sauces inclinados que los primeros huéspedes juraban sentir su roce en las mejillas al pasar por la verja. Lord Valquemare, su tío, le había escrito pocas palabras para urgir su visita: “Vente, querida, la familia necesita tu presencia antes de la Errancia. No tardes. Nadie más puede entrar ahora.”

El cochero detuvo la calesa sin levantar la mirada. Elmira descendió sola, calzando los pies sobre la grava helada, y siguió el haz de una lámpara mortecina que oscilaba desde la terraza. Las columnas estaban cubiertas de líquenes, los peldaños, de un musgo pardo, y el portón, apenas entreabierto, exhalaba un vaho frío y antiguo que, por un momento, le hizo retroceder la memoria al invierno de su infancia.

Al franquear el umbral, la envolvió el murmullo de mil voces murientes; el aire de la casa vibraba como si acabara de apagarse una multitud invisible. La señora Haustings, ama de llaves desde hacía cerca de medio siglo, la recibió con una reverencia breve, sin una sonrisa, y la condujo sin palabras por corredores en penumbra, alfombrados hasta tapar el crujir de sus pasos y colmados de retratos cuyos rostros parecían girarse en su encuadre para no mirar. La noche, ahí dentro, se espesaba en cada giro del pasillo, y Elmira sintió que el tiempo mismo menguaba, que algo acechaba agazapado en una esquina de ese laberinto.

En la primera sala hacia el ala oeste, Lord Valquemare aguardaba, alto y consumido, hundido en la butaca como si el tapizado carmesí luchara vanamente por devolverle la vida. Su voz, delicada como la polilla en los aleros, le informó que la familia sufría un mal antiguo, del cual sólo la presencia de un descendiente aún no marcado podía brindar cierto respiro en la noche de La Vigilia. Las palabras le helaron más que el viento del exterior, pero la entrega de Elmira era inquebrantable: en todo su linaje ninguna mujer había huido de las noches que traían consigo la Extrañeza.

La ceremonia de La Vigilia tenía lugar en la cámara del Penumbrae, la sala más interior y menos recordada de la casa. Mientras la luna alcanzaba su cenit, Elmira era guiada por la señora Haustings a través de una escalera en espiral, más fría a cada vuelta, las paredes cubiertas de tapices cuyas formas parecían deformarse bajo la luz de la linterna. Allí, esperando el final ardiente de una vela cuya cera goteaba en lentas lágrimas negras, Elmira contempló el objeto ceremonial: un espejo sin dorados ni moldura, de superficie opaca, empotrado en la pared como una herida sumida.

Uno a uno, los miembros de la familia entraron en procesión, y Elmira observó que sus rostros estaban pálidos, los ojos cubiertos por cintas de terciopelo gris. A medida que la luz titilante se reflejaba débilmente en el vidrio, una voz débil surgió detrás de la pared: era un canto, largo y en una lengua ancestral cuyos ecos parecían brotar de las propias piedras. El vaho se condensó sobre la frente de Elmira. El aire, antes denso, ahora vibraba con la electricidad de la expectación. En ese preciso instante, comprendió la terrible verdad: el espejo no era sino una puerta, una abertura por donde, cada Vigilia, uno de los dueños de la sangre pasaba, al otro lado, asegurando así que lo que ahí dormía nunca lograra cruzar.

La señora Haustings se tornó hacia Elmira y retiró la tela oscura que cubría el espejo. En la superficie translúcida, la joven vio miles de ojos abriéndose a la vez, ojos semejantes a los suyos, aunque ajenos, sumidos en un fulgor inquietante que recordaba a la piedad. Uno de esos ojos, profundo y abisal, la reconoció. Un susurro en la sala: “El alma más nueva...” Y Elmira, sin comprender del todo, sintió el tirón helado; la otra Elmira, aquella que aguardaba del otro lado, la miraba y sonreía dulcemente. “Toca el umbral”, dictó la voz antigua de la piedra, y la joven, como hipnotizada, extendió su mano.

En contacto con el vidrio, una oleada de angustia y éxtasis la invadió. Los rostros tras ella, a oscuras, parecieron desvanecerse, y los tapices cobraron vida: de sus brocados emergían figuras perdidas, personajes atrapados en la memoria de la mansión, girando y reptando en silencio, y la imagen reflejada de Elmira—frágil, extendida—se fundió en la penumbra de la otra Elmira, que cruzó a este lado, dejando a la joven en la oscuridad de aquellos espejos antiguos.

Cuando la ceremonia terminó, los ojos familiares volvieron a descubrir la luz, sin advertir la leve diferencia en la postura, en el tono, en la mirada de la que ahora se hacía llamar Elmira. La casa, satisfecha por un año más, se adormeció en sus cimientos, mientras en la cámara del Penumbrae, un leve temblor atravesó las piedras. Y en el fondo del vidrio oscurecido, una sombra permanecía de pie, mirando a través de los siglos, rogando por una Vigilia que no llegaría a saciar jamás.

Los sauces de la entrada se agitaron al alba, como si saludaran al huésped que, por fin, había encontrado su lugar en la galería de ecos y vidas no vividas, donde los espejos son puertas y los vivos, a veces, el reflejo de lo que una casa ansía alimentar.

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