Fragmento:
La señorita Vera Draycott, huérfana y heredera de una fortuna tan triste como crecida, llegó el primer día de agosto, tras una carta donde el notario la emplazaba a ultimar los detalles de la venta. La casa llevaba quince años vacía, pero aguardando, como una boca cerrada sobre su aliento fétido.
Duración: 04:50
La bruma del verano humedecía el jardín, colándose entre torchas de lavanda decadente y estatuas de mármol sucias, mientras la luna rasgaba pesadamente el manto de nubes. Allí, en el corazón de la campiña inglesa, se erguía, abandonada y aún altiva, la Mansión Goring, de espaldas al mundo, como una bestia dormida que sueña con antiguos horrores.
No se hablaba de la casa en Trenchpool sino en susurros: historias de risas huecas en la noche, de una mujer de blanco que recorría la galería de los cuervos y, sobre todo, de noches exactas en las que la luna, insomne y radiante, desvelaba secretos que debían permanecer ocultos.
La señorita Vera Draycott, huérfana y heredera de una fortuna tan triste como crecida, llegó el primer día de agosto, tras una carta donde el notario la emplazaba a ultimar los detalles de la venta. La casa llevaba quince años vacía, pero aguardando, como una boca cerrada sobre su aliento fétido.
Fue el mayordomo—el último de una estirpe temblorosa—quien la recibió. Observó el brillo en la mirada de Vera, tan diferente de la resignación habitual de los visitantes. "Tendrás el dormitorio oeste, señorita Draycott. Mi familia se ocupará del ala de servicio, si no os importa. Y, por favor, no atraveséis la galería de los cuervos durante la noche lunar", murmuró, bajando la cabeza.
Vera, racional hasta el fatalismo, no respondió, pero la advertencia se coló en el sueño que la sorprendió pronto, la noche tibia punzada de grillos y, de tanto en tanto, el seco batir de alas negrísimas en el techo.
La galería era legendaria: un corredor que bordeaba el segundo piso, cubierto por vitrales que distorsionaban la luz lunar, sembrado de reliquias y enormes cuadros familiares, y, al final, la legendaria puerta azulada, toda festoneada por tallas de alas y cabezas de cuervo. Siempre cerrada. Y la luna, siempre curiosa.
Pasaron dos noches y la luna ascendió, gorda y blanca, envolviendo a la mansión en una luz implacable, prístina como la verdad y cruel como la locura. Vera, derrotada por la sed y el insomnio, salió en bata a explorar. El corredor principal exhalaba el aliento fermentado de tapices y polvo. La galería le esperaba, cerrada solo por un pestillo que cedió tras una caricia.
La luna albergaba secretos en su circunferencia pálida, y la galería los acogía. El mármol negro del suelo proyectaba un reflejo turbio mientras Vera avanzaba, la luz colándose caprichosa por los vitrales. A medida que se acercaba al último cuadro, sentía el aire helarse y el susurro de las alas, primero lejanas, luego inmediatas, envolviendo el pasillo en un crescendo de graznidos.
Allí estaba la figura: una dama de largo vestido antiguo, su piel blanca como la luna, la sombra de sus ojos gemía de soledad y penitencia. El retrato se llamaba "Lady Mirabel", y tras su corazón pintado podía distinguirse la huella difusa de una pluma negra, como si una mano invisible hubiera arrancado parte del lienzo.
La revelación llegó cuando Vera, incapaz de resistir la fascinación, alzó la lámpara de aceite para descubrir una grieta en el suelo bajo el cuadro. El resplandor lunar se volvía azul, fluía como agua en la piedra, y a sus pies se abría una losa girada, que descendía a una cripta olvidada.
En el sótano, la noche era absoluta, salvo por una rendija que vertía la luz lechosa de un orificio en el techo. Al descender, Vera sintió la presencia, tangible, de años extintos, voces encapsuladas en los ladrillos. Allí, alineados, yacían cofres de plata, pieles, espejos tiznados, y—en un chillido sordo de su memoria—un carcaj de flechas con plumas de cuervo, aún frescas.
Se irguió, sintiendo tras ella el gélido roce de unas manos inexistentes. Miró hacia atrás y vio, al amparo de la luna, surgir la auténtica Lady Mirabel, los ojos enormes e imposibles, el cabello flotando, y las alas negras desplegándose, no como ornamento sino como amenaza. "Debías descubrirlo —musitó la aparición—, la luna y la mansión son uno. Quien revela lo oculto, debe ofrendar su propia sombra..."
Intentó huir, pero el suelo se llenó de graznidos, la piedra se estremeció bajo su peso y el resplandor lunar se curvó sobre ella, como una garra fría y siniestra. El último pensamiento de Vera fue que el misterio no siempre nos elige para desvelarlo, sino para encadenarnos a él.
Ascienden los días y las lunas, pero la galería de los cuervos permanece sellada. A veces, incluso los actuales habitantes—pocos y mudos—juran oír, en la noche azul, el batir de alas y el lejano murmullo de una mujer cuyo corazón ya no le pertenece, cautivo para siempre en el resplandor inmortal y helado de la mansión Goring.
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