Fragmento:
Eran tiempos en los que el invierno se acurrucaba entre las casas de piedra y bajo los techos agujereados por el óxido de la lluvia perpetua. Había un silencio espeso y gris que no permitía diferenciar la aurora del ocaso; los días se fundían entre sí igual que los retratos de antaño, colgados en habitaciones donde nadie dormía desde hacía décadas. Alrededor de la mansión de los Hargrove, los álamos y los sauces erguían sus brazos retorcidos como si intentaran proteger, o quizás asfixiar, el secreto que la casa contenía desde hacía generaciones.
Duración: 04:20
Eran tiempos en los que el invierno se acurrucaba entre las casas de piedra y bajo los techos agujereados por el óxido de la lluvia perpetua. Había un silencio espeso y gris que no permitía diferenciar la aurora del ocaso; los días se fundían entre sí igual que los retratos de antaño, colgados en habitaciones donde nadie dormía desde hacía décadas. Alrededor de la mansión de los Hargrove, los álamos y los sauces erguían sus brazos retorcidos como si intentaran proteger, o quizás asfixiar, el secreto que la casa contenía desde hacía generaciones.
Edith, joven y viuda dos veces antes de la treintena, llegó a Ealdwych en un carruaje congestionado por el barro. Había huido de la capital con un ramalazo de oro ajeno, una reputación deteriorada y un embarazo secreto; ningún refugio parecía tan distante ni tan acogedor como la villa de su tía Irène, pero ni bien pisó las baldosas agrietadas de la entrada, supo que el precio exigido por la sombra sería mucho más alto que el que la civilización podría reclamarle.
Las paredes de la mansión sudaban las noches. Edith, que nunca había creído en historias de viejos ni en demonios de los árboles, empezó a sentir cómo la casa murmuraba con el viento; se arremolinaban palabras entre las telarañas y, si uno no era lo bastante cauto, encontraba su propio nombre enrollado en el eco del vestíbulo. Halló cada dormitorio clausurado, cada espejo cubierto con una tela negra, cada cuadro, sobre todo uno — de una mujer de ojos sin fondo — tallado con inscripciones ilegibles en el reverso. La voz de la tía Irène flotaba siempre por detrás de una puerta. "Nunca subas al desván de noche. Y nunca, nunca, retires la tela del espejo grande." La advertencia se convirtió en un himno sordo, repitiéndose en la mente como el repiqueteo de la lluvia en las chimeneas huecas.
Pasaron las semanas envueltas en un soplo denso de llovizna. Algunas noches, Edith sentía lágrimas recorrer sus mejillas antes de dormirse, aunque nunca supo si eran suyas o de la casa que la acogía. En la medianoche de San Bartolomé, el sueño fue interrumpido por un lamento grave y frío, procedente de la escalera del desván. Se levantó, atraída por la melodía como una polilla hacia la llama. Sosteniendo una vela temblorosa en la mano, ascendió los peldaños cubiertos de polvo; cada uno crujía como si los pisara un espectro invisible tras ella.
El desván era una caja de secretos añejos, baúles y sombreros, sábanas arrugadas y cartas sin destinatario. En la esquina más remota se ocultaba el espejo grande, cubierto por una mortaja de terciopelo negro. Edith extendió la mano; la tela cayó al suelo como la tapa olvidada de un ataúd. La superficie del cristal era tan opaca como la noche, pero en su corazón latía la promesa de una visión no humana. Al principio — sólo por un instante — vislumbró su propio rostro, pero, de inmediato, otro se sobrepuso: la mujer del retrato del pasillo, idéntica pero infinitamente más marchita. Aquellos ojos de abismo la miraron con una mezcla de odio, compasión y hambre.
La mansión entera crujió. El aire se volvió helado, pesado, casi líquido. Edith sintió que la sujetaban dedos invisibles; sus labios, abiertos para gritar, sólo dejaron escapar un susurro. "Devuélvelo", dijo la presencia en el espejo, aunque Edith no supiera qué. Con un esfuerzo desesperado, trató de apartarse, pero la imagen en el cristal cobró vida y atravesó la superficie, transformando la realidad en reflejo y viceversa.
El grito por fin brotó, estremeciendo a las polillas que vivían entre las vigas, ahuyentando a Irène que rezaba a los ángeles en su dormitorio cerrado. Pero nadie subió. Nadie escuchó el crujido de Edith desvaneciéndose en el espejo, dejando en su lugar una sombra, una promesa de carne y hueso donde antes sólo había vidrio y polvo.
Desde entonces, quien entra al desván y levanta la tela no ve su propio reflejo, sino los ojos sin fondo de una mujer que susurra secretos antiguos y ruinas por venir. Cada invierno parece más largo; cada huésped, más desdichado. Porque la casa, igual que la soledad, nunca olvida a quienes consolidan sus pactos en madrugada, ni a las voces, ni a los murmullos que la niebla encierra. Y así, Ealdwych sigue esperando, entre las arrugas de la piedra y la promesa del crepúsculo, el próximo rostro que se atreva a mirar.
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