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De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Portada del relato El corazón de la tapicería oculta
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Fragmento:


La señora Daulton, última flor de un linaje marchito, regresó una tarde de octubre a sus dominios tras años exiliada en el continente. Aquella mujer esbelta, envuelta en lutos y perfumes rancios, aparentaba no temer ni a la obscenidad del viento ni al eco de los nombres desterrados. Los aldeanos la contemplaron cruzar la verja de hierro, levantando sombreros y susurros, como si esperaran que su sombra fuera una serpiente pálida, o tal vez algo peor.

Duración: 04:29

El corazón de la tapicería oculta
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Déjame llevarte a través de la penumbra y la humedad de la Casa Daulton, cuyas almenas, en otro tiempo, brillaron como una promesa imposible sobre los riscos del Viejo Yarmouth. La niebla perpetua que se encamina desde el mar lamía los cimientos, barnizando de salitre y abandono los muros llenos de líquenes. El tiempo se deslizó cruel por cada pasillo de la Casa, dejando telarañas tan tenaces que los sirvientes decían que los hilos que tejían estaban reforzados por la rabia de antiguos moradores.

La señora Daulton, última flor de un linaje marchito, regresó una tarde de octubre a sus dominios tras años exiliada en el continente. Aquella mujer esbelta, envuelta en lutos y perfumes rancios, aparentaba no temer ni a la obscenidad del viento ni al eco de los nombres desterrados. Los aldeanos la contemplaron cruzar la verja de hierro, levantando sombreros y susurros, como si esperaran que su sombra fuera una serpiente pálida, o tal vez algo peor.

Ya dentro, fue recibida por el mayordomo, el viejo Piers, carente del ojo derecho tras una disputa con un hurón rabioso en los establos. Piers la condujo, sin tocarla, hacia la biblioteca, donde la señora Daulton dejó caer su equipaje antes de recorrer con la mirada los anaqueles. El olor a papel podrido y a cuero, tan familiar, se mezcló con otro perfume, uno nauseabundo: de secretos estancados y humedad recién removida.

La casa la aguardaba. Júzgalo ahora que te cuento, con las luces de tus días triviales: la Casa era más carne que piedra. Los tablones crujían bajo el peso de pasos pequeños y deformes —ruidos aparecían en las cuatro primeras noches, muy lejos de las habitaciones habitadas—. Entre el doble fondo de algunos cuadros, surgía el sonido de algo que respiraba, profundo y flemático, hurgando entre las costillas de la historia.

Cierta medianoche, cuando la tormenta arrojó relámpagos como azotes en la costa, la señora Daulton fue compelida a despertar por un chillido, delicado y suplicante, que danzaba entre los ventanucos. No era de este mundo, o quizás lo era sólo a medias. Salió al pasillo, envuelta en su sudario negro, siguiendo el hilo de un lamento que no parecía venir de la garganta de ningún ser animal conocido.

De los muros goteaba agua y... algo más. Una sustancia negra y viscosa, con la textura de la tinta vieja, se filtraba desde las cornucopias, trazando líneas inciertas en la pared. La señora Daulton tocó una de ellas y sintió frío; como si el mármol le devolviera el recuerdo de una caricia seca y aborrecible. Pero fue la voz de la tapicería la que la hizo estremecer: un susurro apremiante, repetido mil veces con matices distintos, invocándola por el nombre prohibido que sólo su madre y quienes la odiaban usaron en vida.

La noche es un animal que se revuelca sobre sí mismo cada vez que alguien recuerda a los que ya no están. La señora Daulton descendió a las salas prohibidas: un corredor de recovecos, alfombras comidas por la polilla y retratos cuyos ojos la seguían. Allí se desató la verdadera naturaleza de la Casa: la sangre familiar había manchado cada viga, cada tapiz. La historia oculta era de gritos ahogados en los almohadones, de partos enloquecidos, de pactos secos entre dientes podridos.

En la sala de los vitrales rotos, la señora Daulton vislumbró la silueta de su hermana menor, Marguerite, muerta hacía décadas, jugando con el espectro de un caballito de madera. La niña la miró, sonrisa cuarteada, y habló con la voz de la casa: “No olvides nuestra deuda. No la olvides jamás.”

La señora Daulton, presa de ese mandato terrible, se postró en el suelo, mientras las sombras se acercaban, y sintió que la tapicería, vibrante por años de traiciones, intentaba colarse por sus poros. El calor nauseabundo de la vida y la podredumbre se mezclaban ahora en ella. Comprendió, como todos los Daulton antes de ella, que debía devolver a la Casa lo que esta le había cedido tantos años: una ofrenda de carne y secretos, sólo así sería recibida en el vacío del linaje.

Afuera, la tormenta amainó, y la silueta de la señora Daulton quedó apenas perceptible entre las cortinas podridas, mientras la luna, envejecida y voraz, trepaba despacio la escalera de marfil que le ofrecían las almenas antiguas. Porque toda deuda se paga, y la Casa, siempre hambrienta, espera. A cada generación, la muerte vuelve a cortar la misma flor, y el perfume rancio flota un poco más espeso en la bruma del mar.

Tras la puerta
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