Había una quietud impía en la mansión Brackenridge, hecha de rugidos apagados y pasos amortiguados por alfombras suntuosas que nadie podía ya identificar como reales o simulados. La residencia, erguida desde hacía siglos sobre una colina de piedra volcánica, se despojaba por completo del sol al caer el crepúsculo, como si el último rayo se negara a tocar sus gárgolas deformadas. Los familiares más cercanos de la señora Rowena Brackenridge hablan en sus cartas con júbilo disimulado del estado intransigente del invierno en esas tierras, pero rara vez mencionan los inviernos perpetuos del corazón de la casa.
La llegada de Samuel Harker, escribano frustrado y sobrino tercero de la dueña, trajo consigo un manto de curiosidad teñida de respeto. Harker tenía una reputación prestada, la de quien sobrevive a la ruina de su apellido por la gracia caprichosa del azar o del linaje. Rowena lo recibió entre sombras, sentada en un sillón almibarado de polvo, una araña vuelta reina sobre una débil tela de reglas familiares.
—Tendrás la habitación de las cariátides —dijo, sin levantar la voz—. Respeta la hora del cierre y nunca abras la ventana después del tañido de la medianoche.
Samuel se inclinó, desconcertado; ni las palabras ni el tono parecían prestarse a debate. El mayordomo, una figura tan insólita y flaca como las leyendas de los pueblos en torno a la colina, lo condujo por corredores en los que antiguos retratos parecían acompañar con los ojos cada paso. El aire denso despedía un aroma dulzón, reminiscencia de flores podridas y madera humedecida en lágrimas invisibles.
El aposento era presidido por dos enormes cariátides de ónix, cuyas facciones radiaban sufrimiento. Al posarse Samuel sobre la cama, creyó sentir una vibración en el suelo, una respiración lejana, casi animal, justo bajo su espalda. Pensó en la soledad de su existencia y cómo ese nevado silencio se colaba ahora entre los pliegues del tapiz y la tela de sus sábanas.
A la hora acordada, Samuel paseó antes de la cena por un salón adornado con objetos olvidados por el tiempo. Grandes espejos biselados, cubiertos en su mayoría por sábanas mohosas, reflejaban fragmentos del mobiliario: un reloj de péndulo estático, un piano sin teclas blancas, estatuillas alineadas como asistentes a una misa clandestina. Cuando creyó detectar un movimiento en la superficie del espejo más grande —la vaga impresión de un rostro desconocido, tras el suyo—, atribuía la visión al cansancio.
Durante la cena, Rowena calló y se limitó a señalar con su barbilla la comida servida. Solo el tintineo de la cubertería osaba romper el conjuro que los envolvía. Al terminar, Samuel se despidió en un murmullo y regresó a su prisión decorada con cariátides. Un viento antinatural empezó a silbar procedente de la ventana y, de pronto, un golpe seco, en la madera bajo la alfombra, le heló los pensamientos.
Horas pasaron, y aunque el sueño lo rondaba, Samuel sentía cómo se erizaban los minúsculos pelos de su nuca, presintiendo algo ajeno y antediluviano. Despertó por el tañido de un reloj invisible y, como imbécil ante la fatalidad, su mano se inclinó hacia la aldaba de la ventana. Al abrirla, la niebla entró como una bestia sin amo, saturando el aposento.
En la bruma densa apareció una silueta; ni hombre ni mujer, los rasgos preñados de angustia, la boca coloreada por la ausencia de sonido. Samuel retrocedió, tropezando con la cama, y la figura habló, con un timbre que parecía atravesar siglos:
—Devuélveme mi nombre —susurró, y la habitación pareció comprimirse hasta estallar en un solo grito sordo.
Las cariátides giraron sus rostros en dirección al visitante, y una llamarada de conciencia ancestral brotó de sus ojos de ónix. Samuel comprendió —por fin, demasiado tarde— que las estatuas vigilaban y penaban en silencio, guardianas del límite entre el afuera y la podredumbre interna. Su nombre empezó a borrarse, desdibujado en los pasillos, filtrándose hacia los retratos, las alfombras, la madera consumida, convirtiendo su carne en eco para esas paredes que nunca aprendieron a dejar ir.
Cuando Rowena pasó frente a la puerta cerrada, sonrió con la satisfacción de quien ya no necesita recordar qué se ha perdido, ni quién ha llegado. El silencio original, sangrante y espeso, se posó nuevamente sobre todo, colmando las grietas de la mansión con la única certeza que, en Brackenridge, las almas nunca encuentran salida.
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