Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
La niñera
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Portada del relato El susurro del tapiz desgastado
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Fragmento:


Aquella noche, el sueño se le escapó, y en las primeras horas escuchó pasos —demasiado pesados para ser de la tía Leticia— que ascendían y descendían el corredor con un ritmo paciente. Cada crujido se le enredaba en la piel. Recordó las palabras de su tía y luchó para no mirar a la cerradura. Fracasó: al mirar, creyó que algo, no un ojo, sino una oscuridad más negra que la noche, lo observaba del otro lado.

Duración: 06:49

El susurro del tapiz desgastado
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La niebla se arrastraba por el sendero de gravilla como un animal herido, y las briosas ramas de los árboles antiguos tiritaban de miedo, como si supieran que esa noche contenía algo más que frío. Alexander Merrow descendió del carruaje con una fatiga que no era sólo física; algo en el aire, húmedo y expectante, parecía pegarse a su piel y diluir su voluntad. Frente a él se alzaba el caserón de su tía, una silueta filigranada por ventanas góticas y desbordada de hiedra. El portón de hierro oxidado se abrió ante su toque, quejándose con un gemido tan prolongado que uno podría pensar que las bisagras sufrían por lo que permitían entrar.

El interior olía a leña apagada y rencor antiguo. Alexander apenas reconoció su reflejo en el espejo ennegrecido por el tiempo, y al cruzar el vestíbulo sintió el peso de los retratos cuyos ojos posaban sobre él. La tía Leticia lo esperaba en el salón, encorvada en una silla apartada del calor del hogar. La habitación estaba llena de alfombras raídas y tapices que representaban escenas que sólo aludían a cosas terribles y olvidadas. Cuando Alexander la saludó, la anciana se limitó a señalar la escalera. “Sube. Tu cámara te espera. No tardarás en oírlo.”

Mitad intrigado, mitad inquieto, Alexander obedeció. Ascendió por la escalera, que parecía crecer y serpentear bajo sus pies. Al llegar a la galería de las habitaciones, la llama de la bujía tembló y proyectó sombras largas como dedos en las paredes empapeladas con diseños de hiedra y mariposas muertas. Oyó entonces el primer susurro, apenas una vibración entre los tablones bajo sus pies, como si la casa respirara de manera distinta después de medianoche.

Su habitación estaba pulcra pero severa, separada por un biombo que ocultaba el lecho con dosel. Mientras deshacía su maleta, Alexander percibió una corriente de aire helado, inexplicable en una estancia cerrada. Miró alrededor, y por un instante pensó ver una sombra moverse por debajo de la puerta. Cerrando los ojos, se reprendió por su imaginación, pero al abrirlos, notó en la pared contraria un tapiz singular: una escena de una reunión nocturna, figuras de rostros desvanecidos en un bosque de troncos retorcidos. Sus dedos sintieron una punzada al rozarlo, como si ardiera débilmente bajo la superficie.

Aquella noche, el sueño se le escapó, y en las primeras horas escuchó pasos —demasiado pesados para ser de la tía Leticia— que ascendían y descendían el corredor con un ritmo paciente. Cada crujido se le enredaba en la piel. Recordó las palabras de su tía y luchó para no mirar a la cerradura. Fracasó: al mirar, creyó que algo, no un ojo, sino una oscuridad más negra que la noche, lo observaba del otro lado.

Al día siguiente la tía Leticia habló muy poco. “La casa está hambrienta, Alexander”, susurró mientras removía el té, “pero aún no te ha probado del todo”. Alexander trató de reírse, pero su garganta no produjo sonido. Le propuso salir, visitar el jardín que en su infancia le pareció infinito, pero su tía detuvo el pie con un gesto imperativo. “No salgas después del anochecer. Y jamás toques el tapiz.”

La advertencia tropezó en su mente todo el día. Caminó por los pasillos saturados de penumbra, escuchando los resuellos de la casa —o de lo que la habitaba—, y observando los tapices, cuyas escenas parecían cambiar sutilmente. Imágenes que la noche anterior mostraban figuras lejanas ahora sugerían un encuentro más cercano, y entre los árboles brotaban siluetas que antes no estaban. Cuando consultó los viejos relojes por toda la casa, comprendió que todos marcaban la misma hora: las tres y cuarenta y tres.

Despertó esa noche, sin saber si había dormido o si simplemente se había deslizado a una conciencia más turbia. Los pasos se oían con mayor frecuencia, y esta vez, el susurro era inconfundible: su nombre, pronunciado en una cadencia errática, como si los labios que lo dijeran jamás hubieran sido humanos. “Alexander… Alexander…” Su cuarto se inundó de un aroma acre, mezcla de tierra enfangada y tela podrida. El tapiz de la reunión nocturna asumía colores más vivos, casi pulsaba suavemente bajo la luz mortecina de la luna.

Se levantó, sintiéndose dominado por una fuerza fuera de sí mismo. Caminó hasta el tapiz y, desoyendo toda advertencia y sentido común, levantó una esquina. Detrás, lo que esperaba encontrar, un simple muro, no existía. Una abertura circular, apenas más grande que su cuerpo, parecía respirar; de ella exhalaba el frío de las criptas y el silencio de las tumbas. El susurro aumentó, mil voces que se confundían con el eco de sus peores recuerdos.

Una mano, huesuda y entintada de sombras, emergió y lo rozó. Alexander sintió su corazón latir con violencia, contagiado de una certeza atroz: esa cosa necesitaba, más que alimento, memoria. Quiso gritar, pero los labios de la casa —porque comprendió que la casa tenía boca, ojos, y deseo— absorbieron su grito. Empujado o invitado, no supo, entró a la cavidad oculta.

La oscuridad era total. Alexander avanzaba por un corredor imposible, donde el suelo crujía bajo sus pasos como si estuviese hecho de costillas de pájaros. Las voces se hacían más claras: “Ayúdanos, Alexander. Recuerda por nosotros”. Rozó las paredes, sintiendo bajo sus dedos pasajes de momentos de su infancia, escenas que no recordaba, rostros de servidores muertos hace lustros. Eran las memorias de la casa, depositadas ahí como tributos, y la casa las poseía celosamente.

De improviso, llegó a una cámara circular donde el tapiz original, de tamaño gigantesco, cubría el suelo. Allí yacían las formas de todos los Merrow, fundidos en el tejido del tapiz, sus rostros agonizantes girados hacia arriba. Uno de ellos —su tía Leticia, más joven, con los ojos muy abiertos— abrió la boca y susurró, “Ahora eres parte del tapiz.”

Alexander sintió su cuerpo volverse liviano, sus recuerdos disolverse hilo a hilo, mientras la textura de la tela invadía su carne y sus pensamientos. Con la última chispa de conciencia, comprendió que quien observa demasiado atentamente la memoria de una casa termina siendo engullido por ella. Que, llegado cierto punto de la medianoche, las casas antiguas no sólo almacenan secretos: los devoran, y bordan en su pellejo nuevas historias, nuevas almas.

El nuevo día amaneció húmedo y pesado. La tía Leticia, o algo que usaba su forma, aguardó en el vestíbulo por el siguiente visitante, sus dedos nerviosos acariciando el tapiz del corredor, donde ahora un nuevo rostro miraba hacia afuera, los labios fijos en un grito perpetuo y mudo, esperando, quizás, que alguien más, al tocar el tapiz, recordara por él.

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