Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Hay algo malo en casa
Edición limitada de la novela Anatema.
Portada del relato La Noche en la Sima de Aztlán
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Fragmento:


El cielo, cubierto siempre de un velo ocre, presagiaba inquietudes desconocidas incluso por los obsesos de la noche. Su coche, insignificante, se detuvo ante una verja de hierro oxidado, tan antigua que el aire a su alrededor olía a olvido y polvo lunar. Un camino de grava llevaba al sanatorio cerrado de Aztlán, clausurado por razones que los vivos prefieren no discutir, perdido en los márgenes de la cordura, donde las sombras ondulan con autonomía extraña.

Duración: 04:45

La Noche en la Sima de Aztlán
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No existe palabra humana capaz de describir el color fugaz de aquel invierno cuando Miriam, sumida en el insomnio de quienes han visto demasiado, decidió internarse en las afueras del viejo país, allí donde la Tierra parece murmurada desde antaño y los árboles retuercen sus raíces como ocultando algo imposible.

El cielo, cubierto siempre de un velo ocre, presagiaba inquietudes desconocidas incluso por los obsesos de la noche. Su coche, insignificante, se detuvo ante una verja de hierro oxidado, tan antigua que el aire a su alrededor olía a olvido y polvo lunar. Un camino de grava llevaba al sanatorio cerrado de Aztlán, clausurado por razones que los vivos prefieren no discutir, perdido en los márgenes de la cordura, donde las sombras ondulan con autonomía extraña.

La invitación la atraía y repelía por igual. Una carta llegada en sobre sin remitente, escrita en una mano casi caligráfica: “Has visto más que la mayoría. Pero aún no has soñado lo suficiente. Ven.” La firmaba "El Vigilante del Umbral". Decidida a acechar sus propios miedos, Miriam cruzó la verja y se hundió en un silencio que latía dentro de sus huesos.

No ignoraba los rumores acerca de aquel lugar: voces que arrastran, ritos olvidados, los huérfanos de un tiempo anterior a las palabras. Las paredes que parecían susurrar incluso bajo la luz del día, las lunas nuevas en que algo reptaba desde el subsuelo y el aire cambiaba a letal, a antiguo. Pero la necesidad de respuestas, o quizás el ansia de poseer un terror distinto —más puro—, era irresistible.

Al franquear la puerta del sanatorio, el aire era espeso, tibio, y olía a papiro húmedo y humedad petrificada. Los vestíbulos se prolongaban en penumbra, donde el sonido parecía multiplicarse y retroceder al mismo tiempo. Subió, guiada por una fuerza que no era suya, hasta el ala limpia de polvo, como si en ese corredor el tiempo se hubiese replegado sobre sí mismo formando un pliegue frágil.

Fue ahí donde vio la primera marca. Un entramado de círculos y líneas punteadas, grabado en la pared con lo que parecía ser un polvo reactivo, brillando tenuemente en la oscuridad. Tocarlo fue como sumergirse en la boca de un pozo carente de fondo: todo su cuerpo vibró, el aire entonó un eco mental y una voz surgió, familiar y monstruosa, como si la pronunciara su madre desde detrás de una máscara imposible: "Observa más allá de la carne".

Caminó, temblorosa, por los pasillos tapizados de antiguas cortinas, las ventanas ocultas bajo cortinajes que, aunque cerrados, dejaban pasar una luz abyecta. En el antiguo quirófano central descubrió un círculo grabado en el suelo, plateado y notablemente frío. A su alrededor, máscaras de cirujanos con mandíbulas alargadas —trofeos de otra especie, quizás— y jarras llenas de una niebla iridiscente. Una figura, casi translúcida, se levantó del centro del círculo. No tenía rostro; sólo una vorágine de formas líquidas que parpadeaban y mutaban, repitiendo a coro: “El portal aguarda”.

El suelo vibró, y Miriam sintió los ecos de un pulso ancestral latiendo justo debajo. Imágenes se agolparon ante sus ojos no como recuerdos, sino como profecías: la humanidad no era el comienzo sino el residuo, y allí, bajo la tierra, se agitaban dioses cuyos ojos veían a través de todos los siglos, cuyas bocas tejían los nombres de los vivos con hilos de pesadilla.

La presencia frente a ella le tendió una de sus manos vaporosas, y Miriam, temblando, la tocó. A través de su contacto vio la Sima: no un pozo, sino un agujero abismal atestado de presencias informes, presencias que miraban a la superficie como condenadas al hambre de existir. Aquí y allá flotaban retazos de rostros conocidos, absorbidos por la negrura del origen. El sanatorio no era sino una venda insuficiente, un sello fracturado, sobre una grieta primordial que latía sedienta bajo el tejido del mundo.

Ella intentó gritar pero no pudo, porque dentro de sí resonó una voz acumulada de todas aquellas que habían caído antes: “No temas la aniquilación. Teme ser mirado de vuelta.” La figura la arrastró hacia el círculo, amalgamando su sombra con la de Miriam, y supo, con certeza absoluta e irreversible, que jamás volvería a pisar la luz vulgar del sol. No como antes.

Al amanecer, la verja de Aztlán seguía cerrada por fuera, imposible de franquear desde dentro, y nadie volvió a oír de Miriam. Sólo, de vez en cuando, cuando el polvo reverbera con una luz ajena, quienes pasan por las inmediaciones aseguran escuchar susurros imposibles, tan viejos como los primeros ecos del universo. Susurros que prometen: “El portal aguarda bajo el polvo silente, paciente como la noche original”.

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