Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Powerless (edición especial limitada)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
La niñera
Edición limitada de la novela Anatema.
Portada del relato Huéspedes en la bruma
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Fragmento:


La señora Wythe llegó a la casa de su difunto esposo en un día de gris sutileza. El automóvil, rojo apagado bajo la llovizna apacible, era el último vestigio de un mundo predecible. El bosque apretaba como una mano alrededor de la casa y de ella misma, un susurro lúbrico que reptaba entre las vigas viejas y las ventanas gargadas de lluvia. La llave encajó a la primera. Dentro el aire olía a madera, minerales y algo más: un vaho que sugería raíces olvidadas o tierra removida antes de tiempo.

Duración: 04:45

Huéspedes en la bruma
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La señora Wythe llegó a la casa de su difunto esposo en un día de gris sutileza. El automóvil, rojo apagado bajo la llovizna apacible, era el último vestigio de un mundo predecible. El bosque apretaba como una mano alrededor de la casa y de ella misma, un susurro lúbrico que reptaba entre las vigas viejas y las ventanas gargadas de lluvia. La llave encajó a la primera. Dentro el aire olía a madera, minerales y algo más: un vaho que sugería raíces olvidadas o tierra removida antes de tiempo.

Esa noche la señora Wythe desempaquetó su equipaje al ritmo de los quejidos de la estructura, la casa entera insinuando no querer hospedarla. Se sentó a la mesa, a cenar pan y manzanas con mantequilla, y fue entonces cuando lo escuchó por primera vez: un zumbido tenue, apenas perceptible, que parecía brotar del suelo. Se juró que era una cañería vieja. Intentó convencerse hasta quedarse dormida, pero el sueño fue un escozor reptante, siempre a punto de devorarla, nunca del todo amable.

A la madrugada la despertaron pasos, o algo así. No en la casa, no; sonaban lejos, retumbando bajo ella, quizá en algún túnel prehistórico, o más profundo, más allá de lo que una pala o un sueño pueden escarbar. Se levantó, fue hasta la ventana. Solo lluvia y oscuridad. Sin embargo, la bruma en la que se movía la casa parecía pulsar, respiraba. No. Palpitaba.

El zumbido se hizo vociferante el tercero de los días, y ella, desencajada y famélica, buscó la fuente. El sótano, claro. Allí bajó, arrastrando una lámpara de aceite, como si el siglo pasado recién hubiera exhalado su último aliento. Bajó, y las paredes eran húmedas y parecían latir. En el rincón donde la humedad era más densa, estaba la trampilla. Era vieja, sus bisagras cubiertas por una costra negruzca. No estaba en los planos de la casa, de eso estaba segura.

El zumbido allí era un lenguaje: algo golpeando y susurrando al unísono frases sin lengua. Levantó la trampilla, y el olor la golpeó, un vaho agrio y mineral. Vio la escalera de piedra perderse en la negrura, y supo, sin saber cómo, que alguien —o algo— la esperaba abajo.

No fue curiosidad; fue un sedante, un canto inverso. Bajó, riéndose al recordar que ni siquiera conocía el nombre del color que la esperaba más allá de la oscuridad. Bajó porque el zumbido se lo ordenaba en una lengua que sólo los locos o los recién llegados pueden entender. Un escalón, dos, cinco; la lámpara apenas arañaba el abismo. La piedra, fría y cubierta de una pátina viscosa, parecía absorber su calor, sus recuerdos.

Al fondo de la escalera, descubrió un corredor tapizado de símbolos, líneas y formas que se rebelaban contra toda semántica humana. Mientras caminaba, las paredes pulsaban, y el aire era cada vez más espeso. Notó figuras moviéndose en los márgenes, como insectos extraviados tras la retina. Había un eco de cánticos, voces que ni se escuchaban ni se callaban, sino que vibraban con cada célula de su carne.

Y allí, en el final del pasadizo, la señora Wythe se topó con el Umbral. Un arco grotesco, hecho de una materia borrosa, de origen imposible. Más allá del Umbral, un espacio sin geometría ni tiempo ni luz ni sombra; un océano de formas gestantes, de esferas que se devoraban y se parían mutuamente, entes que acusaban su presencia y que, de alguna manera, la reconocían. El zumbido se convirtió en melodía, luego en mandato. Vio cosas que el mundo no prevé: ciudades imposibles desplegándose como origamis invertidos, miradas de hambre flotando, estrellas costrosas que parían sus propias pesadillas.

El horror de la señora Wythe fue darse cuenta de que la habían estado esperando, o quizá recordando. Sentir cómo las ideas de dentro —de ella o del abismo— se empezaban a mezclar, cómo sus pensamientos eran corrompidos, devueltos con una textura monstruosa, apenas reconocibles como humanos.

Estuvo allí dos años, quizá menos, aunque el reloj del recibidor siguió marcando el tiempo todas las noches, en la casa arriba. Nadie vino a buscarla, pero la madera supuró, y la hiedra destruyó los muros. A veces, al amanecer, un zumbido subía por el aire y en el pueblo viejo decían que era el viento entre las grietas. Pero algunos dormían con las luces encendidas, por si acaso, y la bruma nunca volvió a ser tan delgada entre los árboles.

Así siguieron las cosas bajo la casa —y encima de ella— mientras la señora Wythe, ahora más pensamiento que carne, aprendía la dulce y terrible música de la madera que late, los pasillos que tiemblan, y el zumbido que, en el mundo de los que duermen, nunca termina.

Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
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Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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