Dire Bound. Alma de lobo
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Portada del relato El susurro de la presencia
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Fragmento:


Manos de niebla se extendían más allá de los acantilados, donde la espuma se transformaba en algo menos, y algo más, que agua y aire. Yo había regresado a Mawnan, el pueblo de mi infancia, para ordenar la casa familiar tras la muerte de mi tía, pero pronto comprendí que la muerte era sólo una de las muchas formas de partir. En la bocana del estuario, la marea anochecía y, al caer el sol, los campos al borde del mar olían a cosas antiguas, humildes, como tierra mojada y piedra. Sin embargo, una fragancia extraña y sutil se mezclaba en el aire, como si alguien hubiese descorchado una botella demasiado vieja y el líquido que brotaba no perteneciera a nuestro mundo.

Duración: 05:59

El susurro de la presencia
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Manos de niebla se extendían más allá de los acantilados, donde la espuma se transformaba en algo menos, y algo más, que agua y aire. Yo había regresado a Mawnan, el pueblo de mi infancia, para ordenar la casa familiar tras la muerte de mi tía, pero pronto comprendí que la muerte era sólo una de las muchas formas de partir. En la bocana del estuario, la marea anochecía y, al caer el sol, los campos al borde del mar olían a cosas antiguas, humildes, como tierra mojada y piedra. Sin embargo, una fragancia extraña y sutil se mezclaba en el aire, como si alguien hubiese descorchado una botella demasiado vieja y el líquido que brotaba no perteneciera a nuestro mundo.

La casa se hallaba en un promontorio azotado por el viento: paredes cubiertas de líquenes, contraventanas que gimoteaban en la noche. El sótano estaba clausurado, dijo la abuela, desde hacía años. Nadie hablaba mucho de eso; las viejas reticencias de Cornualles se percibían incluso en el silencio. Al desempolvar papeles y cajas, hallé un cuaderno, casi ilegible, que pertenecía a uno de mis antecesores. Los nombres eran desconocidos para mí, pero había mapas dibujados a mano y anotaciones a lápiz: "Cuidarse la noche de la niebla", "Los que caminan en la brecha", "Nunca mirar al mar a medianoche".

Las advertencias no produjeron en mí más que un desvío supersticioso, hasta que llegó la noche en que la niebla, densa y tibia, avanzó del mar tierra adentro más allá de toda razón. Me asomé al ventanal, esperando reconocer la línea difusa de la playa, pero vi solo una negrura trémula, como si estuvieran respirando miles de criaturas. Fue entonces cuando oí el primer susurro, un roce leve en el vidrio, la promesa de algo que aguardaba, impaciente.

En el pueblo, la niebla también se arrastraba furtiva; envolvía las casas, ahogando luces, amortiguando voces. Caminé hasta la antigua cantera, convencido de que el aire allí sería menos denso. Pero al llegar, comprobé que la niebla manaba desde la propia tierra, como si el subsuelo la exhalara. Los cormoranes huían de la costa quebrando el aire con alaridos. Y cerca de los eucaliptos caídos, hallé algo aún más inquietante: las huellas de unos pies descalzos, grandes como remos, marcadas en el barro distinto al de esos parajes.

Bajo un cielo estrellado, la negrura del universo pareció replegarse y abrirse, y sentí que mi mente titilaba al borde de un precipicio sin nombre. Era difícil pensar con claridad; las palabras, incluso los recuerdos, se fundían en la niebla y retornaban deformados. Recordé el aviso del cuaderno —no mirar al mar a medianoche— justo cuando miles de ojos verdosos, tan insustanciales como el mismo vaho, titilaron más allá de los riscos. Una melodía, extrañamente armoniosa y cruel, hendió el aire: no podía llamarse música. Era una invitación, y al mismo tiempo una advertencia.

Corrí hacia la casa, notando el peso de la niebla, como si estuviera hecha de filamentos invisibles. Al cruzar la puerta, sentí un cambio: la niebla quedó fuera, pero dentro de mí comenzaba a instalarse otra sustancia, un frío en la mente que no era sino el reflejo del infinito. La noche se prolongó insomne. Cada sombra, cada reflejo en los antiguos espejos de la casa, parecía vibrar con una vida secreta. ¿Cuánto sabían mis antepasados, y cuánto habían visto desde esta misma roca, siglos antes?

Abrí de nuevo el cuaderno, rastreando desesperadamente cualquier fórmula protectora. Encontré solo fragmentos: letanías rotas, nombres que se torcían en la lengua, dibujos de criaturas mitad humanas y mitad otra cosa, como si la piedra hubiera querido recordar pesadillas de cuando era barro. La brecha, comprendí, no era física; era la fisura en la percepción, ese minúsculo guijarro en la maquinaria de la realidad que permitía a algo más antiguo, y mucho más vasto, roer los bordes del mundo.

Durante días, la niebla persistió. Llegaron informes de gentes extraviadas, de barcos que navegaban en círculo por el estuario, de animales ahogados en aguas apenas profundas. El pueblo se reunió una noche en la rectoría, velando bajo la luz incierta de los candiles, rezando oraciones tan viejas que, de pronto, parecieron no pertenecer a ninguna fe legítima. Una anciana rememoró en voz baja la Gran Niebla de 1881 y lo que "caminó junto al arroyo" entonces.

El quicio entre lo razonable y lo imposible se abría cada vez más. Yo soñaba con ciudades sumergidas, con templos olorosos a limo y algas, donde criaturas susurraban cosas indescifrables encadenadas a estrellas moribundas. Soñaba que caminaba bajo la cantera, a través de túneles escurridizos que no deberían estar allí, pero que existían siempre que alguien pensara en ellos. Y al despertar, la realidad parecía aún menos sólida, como si un encaje invisible la sostuviera sólo por costumbre.

Aquella última noche, comprendí que sólo habría un modo de resistir. Volví al ventanal, armado con la determinación de enfrentar la oscuridad. Afuera, la niebla giraba en espirales, y en su vórtice se formaba algo parecido a una forma: altísima, sin principio ni fin, un reflejo de mis propias dudas transmitidas a escala cósmica. Miré al abismo y el abismo devolvió la mirada, no con ojos sino con una conciencia sin nombre, vasta y fría, tan ajena y a la vez tan íntima que comprendí que siempre había habitado en mí.

No recuerdo qué ocurrió después; sólo sé que la luz volvió abruptamente, que la niebla se desvaneció como si jamás hubiera ocurrido. El pueblo prosiguió su vida, y las noches se volvieron otra vez mudas y normales. Pero yo, al dormir, siento aún la brisa tener un eco, la memoria de una melodía lejana, y cada mañana me cuesta un poco más recordar qué es humano y qué era solo niebla, y si al mirarme en los espejos no estoy reprendiendo, en su reflejo profundo, al mismo Ojo que sobre la marea sueña con volver.

Dire Bound. Alma de lobo
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
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Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)

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