Edición limitada de la novela Anatema.
Novela El calendario del amor
La niñera
La chica del lago
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Portada del relato La ceniza de las voces olvidadas
Sin valoraciones

Duración: 04:32

La ceniza de las voces olvidadas
-a / +A

Zakary Hume descubrió la grieta en el muro de su apartamento tras escuchar, durante horas, el arrullo persistente de un agua negra que no podía ver. Era una seña discreta, apenas un temblor en la pálida mampostería, pero a medida que avanzó la noche el susurro de la humedad se transformó en un murmullo insidioso que penetró su sueño y le obligó a despertar envuelto en sudor frío.

El apartamento era una celda más que un refugio, un refugio para aquellos obligados por falta de medios, como él, a aceptar lo que queda al borde de la ruina. Y sin embargo, esa noche, por algún motivo, la familiar miseria despertó una especie de ansiedad primigenia en Zakary, un desconcierto atávico que parecía venir de otra dirección que no era la suya.

La grieta era apenas visible. Pero cuando la exploró con la yema de los dedos, supo de inmediato que no era sólo una rotura. La superficie estaba tibia, húmeda, como si algo respirase tras el muro. Al presionar, las uñas se hundieron un poco en la fisura; allí, una gota de líquido oscuro y espeso emergió y rodó lentamente por la pared hasta perderse en la alfombra mugrienta.

Hay sonidos que no pertenecen a ninguna categoría reconocible, frecuencias que embisten el oído y lo fuerzan a procesar lo inexplicable. Lo que Zakary oyó entonces fue eso, la distorsión de un idioma desconocido, un balbuceo inhumano que parecía surgir del otro lado.

Debió haberse marchado. Debió haber bajado y dormido en algún parque, entre las ratas y los fantasmas urbanos. Pero la fascinación era más fuerte. Quizá porque había crecido en un hogar donde cada noche era una vigilia de violencia y confusión; quizá porque conocía demasiado bien el rostro de sus propios demonios, y aquel susurro evocaba algo familiar en lo ignoto.

A falta de mejor juicio, dedicó días a vigilar la grieta. El muro albergaba rítmicas pulsaciones, una respiración viscosa e irregular. A veces, en la penumbra, creía vislumbrar sombras arremolinándose bajo la pintura descascarada, como cuerpos flotando en un naciente abismo.

Cuando finalmente, una madrugada, la grieta se abrió con silencio quirúrgico —estrechándose y alargándose desde el suelo hasta el techo—, Zakary no sintió miedo. Solo una aceptación embotada, un presentimiento casi jubiloso de que algo lo había estado esperando desde mucho antes de su nacimiento.

De la fisura, exhaló un olor rancio, añejo, a pesar y salitre, pero también un latido tangible que hizo temblar las paredes hasta que cuadros y estantes cayeron. Y de ese umbral borroso, recubierto de lo que sólo podía ser llamado membrana, emergió una región de oscuridad en la que el apartamento dejó de existir.

No fue abducción sino invitación: un dedo invisible levantó la comisura de su boca hasta convertir su miedo en sonrisa, y entonces Zakary cruzó el umbral, siguiendo la música entrópica de las voces.

Allí, donde no existe el tiempo, ni el dolor es territorio personal, innumerables criaturas membranosas flotaban en la úlcera sin fondo de un mundo más allá del desamparo. Zakary reconoció, en sus formas retorcidas, la heráldica de la desesperación humana: ojos que no veían, bocas que sólo rezaban lamentos, manos que ansiaban tocar pero se disolvían en el aire mismo, en esa atmósfera tibia de pus y deseo frustrado.

La entidad principal emergió a través de un doblez en el espacio, un titán reptante de ojos ausentes y tentáculos húmedos, y habló en un idioma imposible. Zakary supo, sin palabras, que esa cosa era la ley original, la arquitectura de todo error, la memoria del universo antes que cualquier dios o bestia.

Él no era el primer visitante. Las criaturas intentaron advertirle en susurros aullantes, en gestos de dolor. “No mires al centro, no mires al centro”, pero lo hizo, y contempló la estructura misma de ese lugar: un reloj de vísceras, arrojando hebras de posibilidades no vividas, eternas repeticiones de sufrimiento y anhelo.

La entidad lo acogió como a un hermano perdido. Le mostró el paraíso de la podredumbre, el verdadero desfile de los condenados, y Zakary sintió que cada instante de dolor en su vida había sido solo un avance, un ensayo, para el goce imposible de pertenecer a este lado.

Algunos dicen que, desde entonces, el apartamento permanece vacío. Hay noches en que, si te acercas al muro donde la grieta alguna vez estuvo, puedes oír el repiqueteo rítmico de algo húmedo y vivo. Tal vez Zakary aún conversa con la carne, tal vez se ha convertido en uno de los ciegos que intentan advertir a los nuevos visitantes.

Pero nadie permanece por mucho tiempo en ese edificio. El reloj sigue latiendo, marcando el desmoronamiento de los muros entre los mundos, evocando a quienes fueron heridos hasta amar la oscuridad. El tiempo allí no concluye, solo se repliega, y cada pliegue es una bienvenida, una llamada a la devoración total. Y quienes han oído los susurros no olvidan nunca el eco de su nombre retorciéndose, regenerándose, en el vientre insaciable de la grieta.

Edición limitada de la novela Anatema.
Novela El calendario del amor
La niñera
La chica del lago
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.