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Portada del relato Bajo la Llama de Uriel
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Fragmento:


El verano continuó, y pareció plegarse sobre sí mismo. Halvorsen, un hombre fornido de hábitos metódicos, empezó a sufrir insomnio. Cada noche, tumbado sobre las sábanas empapadas de sudor, sentía que de la niebla surgía un murmullo. No era un animal ni un voz humana, sino algo infinitamente antiguo, tan antiguo que la mente solo lo reconocía al despertar, en un segundo fugaz de pánico puro, pura geometría de horror.

Duración: 04:35

Bajo la Llama de Uriel
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El doctor John Halvorsen recordaría aquel verano como un telón que nunca lograba cerrarse del todo, aunque ha pasado más de una década desde su fin. Durante semanas, la lluviosa Península de Turingham estuvo envuelta en una niebla aceitosa que acababa, por igual, atascando los pensamientos y cubriendo el musgo y el polvo en el campus. El decano Mathers murió una noche en su estudio, la ventana abierta de par en par, hojas de periódicos viejos agitándose al ritmo de un viento ajeno a la estación. Era la clase de noticia que atraía titulares sensacionalistas pero, por alguna razón, todo fue acallado antes siquiera de salir de los pasillos de la universidad. Yo mismo llegué al despacho de Mathers mientras las luces parpadeaban, una hilera funeraria de insectos muertos en el alféizar, y algo en el aire me empapó la piel de un miedo inexplicable.

El verano continuó, y pareció plegarse sobre sí mismo. Halvorsen, un hombre fornido de hábitos metódicos, empezó a sufrir insomnio. Cada noche, tumbado sobre las sábanas empapadas de sudor, sentía que de la niebla surgía un murmullo. No era un animal ni un voz humana, sino algo infinitamente antiguo, tan antiguo que la mente solo lo reconocía al despertar, en un segundo fugaz de pánico puro, pura geometría de horror.

No estaba solo en su inquietud. Los estudiantes dejaron de hablar de sus trabajos y, en los pasillos, se movían con la irrealidad del sonambulismo. Libros empezaron a desaparecer de la sección de antropología. A veces, Halvorsen creía ver figuras junto al lago, más pálidas que la luna, agrupadas como en una vigilia silenciosa. Una noche —la niebla ahora tostada de rojo por la lejana luz de la cantera— oyó un golpe hueco en el sótano del edificio Huxley. La lógica le urgía a mantenerse alejado, pero una mano cruel, nacida de la misma lógica, lo empujó hacia la puerta.

En el sótano encontró a la joven Ruth Durand, empapada hasta los huesos, con los ojos fijos en la pared, susurrando aquel murmullo que lo había privado del sueño. En la pared, dibujado con carbones y charcos de hollín, se extendía el contorno de algo abstracto, pero con intenciones monstruosamente claras: un ojo preparado para abrirse, una boca desmesurada a punto de desplegarse en sollozo o risa. Ruth hablaba en un idioma que Halvorsen conocía sin comprensión, como si algo en el ADN humano resonara con aquellas sílabas imposibles.

Consiguió alejar a Ruth del sótano, llevándola de vuelta a la superficie, pero lo que vio allí lo acompañaría para siempre. Entre la bruma, justo en el centro del césped común, un grupo de figuras encapuchadas habían construido una especie de obelisco con libros y ramas. Rodeándolo, se balanceaban al ritmo de un himno sin música, y cada uno tenía el rostro cubierto por una máscara torpemente tallada en madera. Nadie volvió a hablar de esa noche, aunque pasaron los rumores, que se deslizan entre muros viejos como un eco de canciones prohibidas.

Los acontecimientos se intensificaron. Se reportaron desapariciones de animales, y los cielos nocturnos comenzaron a mostrar patrones de estrellas que ninguno de los astrónomos del campus supo explicar. El aire olía a óxido y otras cosas más antiguas y ácidas. Por las noches, el canto —ya no murmullo, sino un clamor sordo y líquido— se hacía oír incluso entre los que residían lejos, en el pueblo anexo, y quienes aun dormían soñaban con ciudades sumergidas en antiparras de lodo y luz negra.

Una noche sin luna, Halvorsen entendió que la realidad se estaba estirando. Caminó hasta el obelisco, ahora más alto y cubierto de jeroglíficos arcaicos, y lo esperaban allí, todos los que alguna vez vieron la figura en la pared. Ruth Durand estaba con ellos, las manos unidas en súplica o amenaza. Hablaron al unísono sin que sus bocas se movieran, entonando la promesa final a “lo que ahora despierta”. Entonces, Halvorsen supo—en un terror más frío que la muerte—que algo había respondido desde el fondo del lago, algo que se movía como fiebre bajo la piel de la noche.

Fue entonces cuando la niebla se quebró, y de su interior surgieron extremidades que no pertenecían a ningún animal conocido. Solo hubo tiempo de ver, con un fulgor de locura, la extensión de la otra realidad, esa donde los miedos de la raza humana eran traídos a la vida como fetos prematuros. Mientras el campus era devorado, y la voz de Ruth se quebraba en un chillido demasiado agudo para pertenecer a este mundo, Halvorsen encontró la única misericordia: la de olvidar. Como todos los humanos olvidan lo intolerable, como la mente se apaga ante la luz más pura.

A veces, cuando ronda la frontera del sueño, recuerda fragmentos. Oye el clamor en el lago como si el agua del fondo vibrara todavía con los ecos de algo que no tuvo que despertar jamás. Sabe que, en Turingham, nadie habla. El pueblo queda vacío al anochecer y, sobre el campus, la niebla se sostiene, como un telón esperando caer para siempre sobre lo que ocurrió y, quizás, está por ocurrir de nuevo.

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