Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
La chica del lago
Novela romántica Antes del amor
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Portada del relato El eco de Yuggoth
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Fragmento:


La luz de los faroles parecía curvarse en torno al humo de la lluvia, jugando a perderse en las brumas renacidas, y William apretó el paso hasta llegar a su desvencijada casa llena de libros y recuerdos de una infancia que prefería no tocar. Cerró la puerta detrás de sí con más prisa de la que le habría gustado admitir, y se dirigió directo a su escritorio, donde le esperaban las cartas de Allerton, aún impregnadas de ese olor acre de humedad reprimida y tinta descompuesta.

Duración: 06:21

El eco de Yuggoth
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La noche había caído sobre el pequeño pueblo de Elmhaven como una mortaja de terciopelo húmedo. La lluvia, inusualmente tibia para abril, caía en láminas que repiqueteaban en los techos gastados y llenaban las fosas abiertas de los campos con charcos sin fondo. William Harker, bibliotecario durante veinte años y lector metódico de lo inexplicable, regresaba tarde a casa tras una jornada larga, perseguido aún por el murmullo susurrante de unas páginas recientemente inventariadas: correspondencia incoherente de un tal Edgar Allerton, hombre desaparecido hacía más de un siglo, quien parecía haber visto cosas para las que ninguna palabra del inglés era suficiente.

William cruzó la plaza, sintiendo una vaga inquietud, un silbido que parecía treparle por los tobillos al filtrarse entre las baldosas sueltas y rotas. Se detuvo apenas un momento bajo la marquesina de la vieja armería—cerrada y clausurada tantas décadas atrás que ya nadie recordaba el apellido del propietario—y allí escuchó lo que primero creyó un trueno, después un gruñido subterráneo, y por último, el arrullo sordo de un mar que no podía pertenecer a este mundo.

La luz de los faroles parecía curvarse en torno al humo de la lluvia, jugando a perderse en las brumas renacidas, y William apretó el paso hasta llegar a su desvencijada casa llena de libros y recuerdos de una infancia que prefería no tocar. Cerró la puerta detrás de sí con más prisa de la que le habría gustado admitir, y se dirigió directo a su escritorio, donde le esperaban las cartas de Allerton, aún impregnadas de ese olor acre de humedad reprimida y tinta descompuesta.

La primera carta comenzaba sin preámbulos, como si Allerton escribiese bajo la urgencia de algo vibrante y cercano, sus palabras torcidas y ralladas entre exclamaciones, como si la realidad se estuviese deshilachando ante sus ojos: “He visto la hendidura en el firmamento, William, y he sentido la mirada que cruje más allá del tiempo. Si alguna vez mis palabras te llegan, será porque he fracasado en sellar el Paso. Recuerda esto: la lluvia no es tuya. ¡Nada, desde la noche del 3, ha sido tuyo!”

William tragó saliva. Notó una punzada de reconocimiento: en sus sueños recientes, la lluvia caía de arriba y de abajo, formando remolinos que se vaciaban en su boca hasta ahogarlo de terror y tinieblas líquidas. Se levantó titubeante e intentó distraerse mirando por la ventana. Afuera, la calle le devolvió otra extrañeza: un perro negro de ojos desproporcionados se alzaba inmóvil junto a la farola rota, mirándolo con una fijeza sobrenatural. Cuando William parpadeó, no quedaba rastro del animal, sólo un charco más denso, como si la sombra aguardara en los bordes de la realidad, esperando un permiso, una grieta.

Volvió al escritorio y devoró las siguientes cartas con creciente desasosiego. Allerton hablaba de sonidos inaudibles, vibraciones que sólo percibía entre sueños y al borde de la vigilia, procedentes de las profundidades del subsuelo del pueblo. Hablaba de escaleras de piedra que no llevaban a ningún lugar concebible, de moradores quietos tras las paredes, de una lluvia que caía sin nubes y traía consigo ecos de pensamientos ajenos, palabras deformadas más allá de lo humano.

En la última carta, claramente escrita durante un frenesí enloquecedor, Allerton recitaba nombres con mayúsculas y símbolos desvaídos, y aseguraba haber visto, por una grieta arrancada detrás de la estantería de la iglesia vieja, la “ciudad inversa”, donde la geometría se repliega sobre sí misma y el tiempo es una marisma negra. Ahí, dijo, multitud de criaturas sin rostro le mostraron el único secreto del universo, y fue entonces cuando la lluvia empezó a poblarse de voces que solo él entendía: “No somos los primeros. Seremos los últimos por la nefasta gracia de haber mirado.”

Las palabras temblaron en la mente de Harker mucho después de apagar la luz, y en la oscuridad sintió pasos blandos y húmedos por encima de su dormitorio, como si la lluvia hubiera aprendido a entrar en las casas. Esa noche, William soñó primero con la biblioteca inundada, los libros hinchados y flotando en un océano de tinta negra y llovizna, después con el perro negro lamiendo la grieta en la roca que Allerton había descrito. Y por fin, sintió a la lluvia hablarle, palabras con garras, ideas portadoras de una infinita fatiga, un aburrimiento tan antiguo que su peso amenazó con romperle el cráneo. Una canción insistente, repetida en dialectos imposibles, rechazando su existencia misma, como si nada de lo que hubiese conocido hubiese tenido nunca significado alguno.

Al amanecer, Harker se despertó crispado, rodeado de charcos que no recordaba haber hecho, y con la certeza de que algo despiadadamente vasto se encontraba atento del otro lado de la cortina de agua, rozando los bordes del pueblo, al acecho por la grieta adecuada en una mente demasiado curiosa o demasiado solitaria. El susurro de la lluvia se filtró todo el día, y cada gota trajo preguntas sin respuesta; la textura del aire, la inclinación anómala de los árboles, el modo en que los otros lugareños evitaban mirarlo al cruzarse. Supo, entonces, que ya era uno de los testigos, marcado por lo que había leído y soñado, entrevisto la ciudad inversa en el último parpadeo de la conciencia.

Al caer la noche, William ya no pudo distinguir entre los sonidos de la lluvia y la voz que murmuraba dentro de su hueso temporal. Salió a la plaza armado con las cartas de Allerton y la vaga esperanza de hallar explicación en la iglesia vieja. Allí, en la sacristía, bajo un mosaico resquebrajado, encontró una rendija tan angosta que parecían haberse formado de puro miedo solidificado. Hizo un esfuerzo indecible por mirar a través, y vislumbró la imprecisa reverberación de la ciudad inversa, extendiéndose hacia un firmamento sin estrellas, donde entidades plegadas sobre sí mismas intentaban mirar, soñar, comunicarse… y ahogar.

Bajo el diluvio, Harker comprendió lo que Allerton ya sabía: había presenciado el máximo secreto, el que destroza al curioso y despoja de todo significado a los actos y esperanzas de los hombres. En un instante, la lluvia lo borró; en otro, William supo que nunca estaría verdaderamente solo, pues la lluvia ya era suya, y su voz sería otra gota en el abismo de ese océano insaciable, eterno, que susurra mensajes olvidados entre los surcos de la piedra y las concavidades del sueño humano. Dondequiera que caiga la lluvia, ahí comienza la grieta, y cada testigo, tarde o temprano, cruza el umbral y aprende a escuchar.

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