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Portada del relato El Invierno del Dios Espectral
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Fragmento:


Al tercer día, el médico del pueblo, Conrad Reeves, convoca a los seis más ancianos en la casa parroquial. Los invita a sentarse junto al fuego y sus ojos temblorosos se clavan en cada uno. Habla de señales en la nieve, de palabras que encuentra talladas en la carne de Nicholas, palabras que no logra pronunciar en voz alta. Dice: “Esto ya sucedió antes”.

Duración: 04:50

El Invierno del Dios Espectral
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El invierno de 1986, Harlow Wood huele a hierro y marea, aunque está a cuarenta millas del océano. La pequeña población —quinientas almas, tal vez— se aprieta contra sí misma, abrazando supersticiones viejas como los árboles que crujen bajo la escarcha. Nadie cree en monstruos. No hace falta: ya hay suficientes monstruos en el pueblo, y todos tienen nombres propios y tres generaciones de parentesco.

La primera muerte ocurre el 20 de enero. Nicholas Dunne, el borracho del pueblo, es hallado boca abajo en la nieve cerca del lago March. Su sangre, convertida en escarcha, deja un camino inquietante, como si la hubieran vertido con lento deleite. Las autoridades lo consideran accidente. Nicholas siempre tropieza, siempre se duerme en los lugares y horas equivocadas. Nadie menciona la ausencia de pisadas alrededor del cadáver, ni las extrañas marcas a cuchillo en su pecho.

Al tercer día, el médico del pueblo, Conrad Reeves, convoca a los seis más ancianos en la casa parroquial. Los invita a sentarse junto al fuego y sus ojos temblorosos se clavan en cada uno. Habla de señales en la nieve, de palabras que encuentra talladas en la carne de Nicholas, palabras que no logra pronunciar en voz alta. Dice: “Esto ya sucedió antes”.

En la penumbra, Bella Croft —ojos de uva pasa, manos torturadas por la artrosis— murmura: “Es tiempo de dar lo que se debe”. Y así comienza a tejerse el mutismo, una niebla de miedo que se arrastra por el pueblo, pegajosa y sudorosa.

El treinta de enero, la pastora Evans desaparece. Su casa muestra una puerta forzada, y entre la escarcha de su pasillo hay tres gotas de sangre, alineadas demasiado perfectas, como si las hubiese puesto un ritualista detallista. En el centro del salón queda la biblia con el lomo abierto, las páginas arrancadas forman símbolos en el suelo, grotescos, imposibles.

El rumor viaja por los pasillos del colegio, por los bancos del bar y la panadería: el pueblo está siendo probado. Los niños no lo saben pero también escuchan. En la madrugada, Sue Tomlin —quince años, alma rebelde— escucha el traqueteo de las lápidas en el cementerio desde su ventana. Una noche, la ve: una sombra altísima cerca del monumento a Mary Harlow, la fundadora. No camina. Se desliza, como humo denso.

La noche del dos de febrero, los más viejos se reúnen otra vez en la parroquia, ahora sin fe y sin esperanza. Bella Croft dice el nombre: “Ker-Atun”. Los demás rezan entre dientes. Hablan de “la promesa rota”, de aquel invierno de 1932 cuando no cumplieron: cuando la sangre no fue suficiente y el dios ancestral abrió un resquicio, sólo por un instante, por donde la locura se filtró. Desde entonces, cada 54 años el hambre vuelve, la deuda se reclama.

Conrad Reeves propone el sacrificio. Promete hacerlo rápido, humano. Son hombres y mujeres duros, acostumbrados a los rituales pequeños: dejar galletas a los muertos, colgar ramas de acebo en puertas ajenas para confundir a los espíritus. Pero esto es distinto. Esto es sangre y miedo, promesa y traición.

Tres días después, roban a Sue Tomlin a la luz del atardecer. La arrastran entre seis adultos silenciosos. Le atan las muñecas con un lazo de lino negro, le vendan los ojos con la mascada de Bella, aún manchada de lágrimas viejas. Cruzando el lago, la llevan hasta la cabaña de March, alrededor de la cual la escarcha crece en espirales antinaturales.

La luna llena tiñe de azul maligno la nieve. En la cabaña han dibujado un mural de símbolos con sangre de conejo. Nadie dice palabra. Bella le ofrece a Sue una copa de metal antiguo; “Bebe”, ordena. Sue, paralizada, obedece —el líquido arde, hierro y noche y dolor.

El dios aparece en el cruce de las sombras, primero como rumor de insectos, luego como tentáculos de neblina vivos. Un ojo sin pupila cuelga flotando frente a Sue. Susurran las sombras, y aunque la joven no entiende, siente cómo su corazón se atenaza. Los mayores ladean la cabeza: no rezan a su dios, sólo se entregan. Un cuchillo surge, y el sacrificio está hecho: un corte limpio en la garganta de Sue. La sangre brota caliente, más negra que roja en la luz de la luna, y la sombra la bebe, la devora.

Pero con el último suspiro de Sue, algo se tuerce. El dios, insaciable, se expande: consume a Bella primero, disuelve su cuerpo de dentro hacia fuera. Uno a uno, los ancianos caen, gritan sin voz mientras sus venas hierven, se fusionan con la criatura que han alimentado con generaciones de miedo. La sombra riendo, un sonido que llena de hielo las arterias de todos.

Amanece. Harlow Wood, el pueblo, siente el zumbido en la tierra. Quienes lo notan, nunca lo olvidan: una sacudida en lo profundo del pecho, cerca del lugar donde vive el alma. Saben que la deuda no está saldada. Saben que, desde ahora, Harlow Wood es distinto. bajo la tierra, entre las raíces y la roca, el dios mastica despacio, disfruta su pago, espera el siguiente invierno, el último suspiro.

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