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Portada del relato Nocturno en la Selva
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Fragmento:


A su alrededor, el choque había cortado la quietud nocturna de la selva ecuatoriana en dos. Habían venido a recolectar datos sobre nuevas especies, cámaras ocultas, GPS, drones minúsculos. Tech y exploración, una combinación peligrosa. Jess gritaba a unos metros, no de dolor, sino de rabia, arrodillada junto a la figura inmóvil de Parker, el líder. Ethan lo supo antes de verlo: Parker estaba muerto, el cuello doblado en un ángulo grotesco entre lianas y hojas.

Duración: 04:58

Nocturno en la Selva
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El metal crujió con el sonido de una carcajada amarga, retumbando bajo el domo de selva que los contenía. Ethan, todavía encogido en el asiento lateral, no podía respirar. Miró su pierna, aprisionada por la chapa distorsionada del todoterreno. El hedor del aceite mezclado con tierra húmeda era real, como una memoria primaria, prehumana. Tardó unos segundos eternos en notar que el goteo sobre su frente no era solo sudor, sino sangre, lentamente resbalando por una ceja.

A su alrededor, el choque había cortado la quietud nocturna de la selva ecuatoriana en dos. Habían venido a recolectar datos sobre nuevas especies, cámaras ocultas, GPS, drones minúsculos. Tech y exploración, una combinación peligrosa. Jess gritaba a unos metros, no de dolor, sino de rabia, arrodillada junto a la figura inmóvil de Parker, el líder. Ethan lo supo antes de verlo: Parker estaba muerto, el cuello doblado en un ángulo grotesco entre lianas y hojas.

“¡No salgas!” gritó Jess cuando Ethan forcejeó para desengancharse, pero la adrenalina lo obligó. Tiró de la palanca, el portón se abrió con un chasquido y una nube de vapor caliente, y la atmósfera antinatural de la selva, ese tapiz húmedo, lo envolvió. Sabía que debía moverse: el instinto era avanzar, el terror un motor poderoso.

Un rugido lejano partió en dos la noche. No eran jaguares, ni monos; nada de lo que conocía encajaba con ese sonido. Ethan sintió cómo la supervivencia, una palabra anodina en los libros, cobraba un nuevo significado bajo la oscuridad. El SUV bloqueado, Jess recargando el walkie, el cuerpo de Parker como advertencia: quedarse era morir.

Jess se le acercó, su mano temblorosa, las pupilas dilatadas. “Tenemos que largarnos, ya. Esto no es solo una caída. Hay algo afuera. Algo que nos sigue desde que dejamos el río.” Un destello blanquecino atravesó la espesura. ¿Una linterna de los locales?, pensó Ethan. Pero el patrón era errático, ondulante, apenas humano.

Avanzaron, con lo poco que pudieron reunir: una navaja multifunción, tres barritas energéticas, el GPS de muñeca que Ethan arrancó del parabrisas. El satélite había perdido la señal, la coordenada fija parpadeando entre ceros. Nada de esto estaba planeado. El camino, barro convertido en trampa, pies resbalando, ramas crujientes. Todo era enemigo menos el cuerpo al lado.

“¿Cuánto falta para el amanecer?” preguntó Ethan, la voz en un susurro. Jess no contestó. El silencio era una respuesta suficiente. Abandonaron el vehículo, la memoria del accidente cada vez más lejana y, a la vez, cada vez más cercana, porque el peligro no había disminuido, solo mutado. La selva, lo sabían, era un depredador activo, testigo impasible.

Siguieron caminando, ojos abiertos al límite, sentidos sobrecargados. Cada figura entre los árboles podía ser un depredador, un testaferro de esa fuerza extraña. A ratos el crujir de ramas, a ratos solo el retumbar del corazón propio. Ethan sentía, superpuesto al miedo, una reverencia oscura por el lugar, un asombro atávico por la hostilidad tan pura.

Horas que pasaron como días. El hambre hacía que cada pensamiento se volviera viscoso. Jess tiraba del brazo de Ethan al subir una pendiente recubierta de musgo. “Allí”, señaló, “un claro”. Y lo encontraron: una abertura circular, donde los rayos de luna apenas tocaban el suelo. Algo se movía en el centro del claro, contorno imposible, como una sombra hecha de humo denso y frío.

Retrocedieron, pero la criatura — Ethan no supo darle otro nombre — giró su “rostro” hacia ellos, o lo que parecía ser una faz, despojada de rasgos; solo un vacío negro, brillando de manera imposible en la noche. Jess hundió las uñas en la muñeca de Ethan. “No la mires.” Pero ya era tarde. Ethan sintió que le robaban los recuerdos, mordiéndole los pensamientos con la ferocidad de siglos de hambre.

Corrieron. El cuerpo como un animal, ya no un ser racional. Atravesaron ramas, raíces, gritos que no eran de ellos resonando por la selva. Un relámpago iluminó la figura una fracción de segundo, pero en esa ráfaga vieron que la cosa era y no era real; la naturaleza la absorbía, pero allí quedaba, inmutable, sabiendo de su miedo, alimentándose de él.

Jess se desplomó al pie de un cedro gigantesco, jadeando, los ojos vueltos hacia dentro. “Tiene que haber una salida”, murmuró. Ethan, tambaleante, pensó en las probabilidades mínimas, en lo pequeño que era el ser humano en el mapa inmenso de lo salvaje. Y, arropados por el abrazo mortal de la selva, comprendieron lo esencial: en ese rincón del mundo, la supervivencia no era un derecho, sino un privilegio otorgado solo a quienes aprendieran a redefinir sus propios límites, noche tras noche, sombra tras sombra.

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