El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
La chica del lago
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Edición limitada de la novela Anatema.
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Portada del relato Las costas indomeñables
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Fragmento:


Durante los primeros minutos, revisé mis pertenencias: un cuchillo herrumbroso, fósforos húmedos, una camisa de repuesto y un puñado de monedas inútiles. No tenía esperanza de rescate inmediato; en la ruta que seguíamos raras veces pasan otros barcos, menos aún tras tormentas que, como aquella, trastocan hasta el mapa mismo del océano. Decidí entonces no gastar energías buscando improbables señales, y me dediqué a la tarea inmemorial de asegurarme el sustento: agua y refugio. Seguí el curso de un riachuelo hasta su origen, un manantial oculto bajo raíces densas, y allí al fin calmé mi sed, sintiendo por primera vez una débil esperanza. En tanto, busqué refugio entre unas piedras lisas y agujereadas por el viento, suficiente al menos para guarecerme del rocío y del frío nocturno.

Duración: 04:49

Las costas indomeñables
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Mi nombre es Timothy Black, y para cuando la última armazón de la tormenta se rindió devolviéndome al mundo, agradecí estar vivo solo por poder sorprenderme aún del encarnizamiento de la naturaleza. El barco naufragó a menos de una milla, creo yo, de algún paraje ignoto, pues cuando la espuma salada me escupió a tierra apenas hube conservado chaleco y un pequeño baúl a mi espalda. Recuerdo el olor a algas, el sabor a sangre en mi boca y la certeza silenciosa de que sólo había un par de horas más de luz. No había árboles frutales a la vista, ni cabañas olvidadas, ni señales de que alguna vez un hombre hubiese puesto pie en aquellas arenas. La isla, o lo que fuese, surgía como una excrecencia petrea en el ventoso pecho del mar: una extensión de rocas negras, algunas playas de conchas y, coronando todo, una línea de colinas terminadas en una selva poco densa.

Durante los primeros minutos, revisé mis pertenencias: un cuchillo herrumbroso, fósforos húmedos, una camisa de repuesto y un puñado de monedas inútiles. No tenía esperanza de rescate inmediato; en la ruta que seguíamos raras veces pasan otros barcos, menos aún tras tormentas que, como aquella, trastocan hasta el mapa mismo del océano. Decidí entonces no gastar energías buscando improbables señales, y me dediqué a la tarea inmemorial de asegurarme el sustento: agua y refugio. Seguí el curso de un riachuelo hasta su origen, un manantial oculto bajo raíces densas, y allí al fin calmé mi sed, sintiendo por primera vez una débil esperanza. En tanto, busqué refugio entre unas piedras lisas y agujereadas por el viento, suficiente al menos para guarecerme del rocío y del frío nocturno.

Aquella primera noche fue larga: el rugido de las olas competía con chillidos de aves y rumores de criaturas desconocidas. Imaginé animales agazapados, ojos que brillaban entre los matorrales. No dormí; encendí un fuego pequeño –sí, uno solo de los fósforos quiso responder– y permanecí junto a él, recitando salmos y recuerdos, transformando el miedo en una rutina de vigilancia. Al alba, comencé la exploración. Descubrí en la playa restos de maderas y un tambor de aceite, huellas de naufragios anteriores quizás, pero ningún objeto de valor ni señal de humanos vivos o muertos.

Me alimenté de moluscos que encontraba entre las piedras y de bayas encarnadas, cuidadosamente probadas al principio, por temor a los venenosos sortilegios de la naturaleza. En los días siguientes, conservé el fuego trasladándolo de lugar, llevado en una tea, pues encenderlo de nuevo sería arduo o imposible. Construí una suerte de choza a la orilla del arroyo, donde yacía protegido de las lluvias cortas y furiosas. La soledad comenzaba a fastidiar mis sentidos; extrañé la compañía, el burdo consuelo de una voz. Hablé en voz alta para mantenerme cuerdo, narrando a la selva historias de mi vida: mi esposa perdida, mi casa en Plymouth, incluso mentiras, si me ayudaban a no olvidarme de la lengua.

Pasó el tiempo, y la isla me fue revelando sus secretos. Existía una colonia de cangrejos gigantes tierra adentro; aprendí a utilizar palos para atraparlos al salir de sus cuevas tras el rocío. De vez en cuando avistaba aves marinas que anidaban en las escarpas: arriesgando mi cuello, robé algunos huevos y carne sucia, y agradecí a Dios cada bocado. Sólo ocasionalmente caía en el abismo de desesperaciones, preguntándome si aquello era castigo o prueba. Me dediqué a construir señales en la costa, grandes letras con piedras y ramas, pero la marea, tan terca como el olvido, borraba mis esfuerzos en cuestión de días.

La gravedad de mis necesidades convirtió mi mente en un catálogo de posibilidades: improvisé anzuelos con espinas duras y trenzas de corteza, exploré la selva buscando nuevas fuentes de alimento, y un día, tras varias tentativas, di con una cueva profunda donde encontré murciélagos y guano, evidencia suficiente para fabricar antorchas con los restos de mi tambor, grasa animal y fibras secas. El interior de la cueva parecía haberse formado como una especie de santuario natural; allí, refugiado de los ciclones, mantuve buena parte de mis pocos tesoros, y en sus paredes comencé a rayar marcas de los días, un calendario mío para no perderme en el tiempo quieto de la isla.

Los meses transcurrieron, alternando estiaje y tormenta; entendí después que la supervivencia no consiste solo en proveerse de alimentos, agua y refugio, sino en mantener viva la esperanza de regresar, el recuerdo de que la vida tiene un sentido más allá del mero respirar. Sentí una suerte de comunión animal con la isla; aprendí a leer sus signos: cuando las ranas croaban antes del alba, venían lluvias; cuando los vientos del sur traían espuma, se avecinaban días de escasez en la playa.

Finalmente, cuando el cabello y la barba me llegaban al pecho, y creía domados todos los miedos, divisó mi ojo una vela lejana en el horizonte. No sé si fue la casualidad o la persistencia en mantener señales lo que salvó mi vida, pero un barco pesquero recogió a un ser al borde de lo bestial, y cuando regresé al mundo civilizado, encontré que nada era como antes, que la isla, con sus cicatrices y aprendizajes, jamás me abandonaría. Los hombres escuchan estas historias con incredulidad, olvidando que al fin y al cabo, la verdadera prueba de un naufragio no reside en las noches solitarias o el hambre contenida, sino en la voluntad inquebrantable de dotar sentido a cada brizna de dolor y asombro en la balanza inestable de la existencia.

El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
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