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Portada del relato El Eco de los Lobos
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Fragmento:


La visibilidad estaba al borde de la negación, la niebla adherida al bosque como un sudario tenue. Sentía sus pulmones expandirse con esfuerzo mientras el aire frío hendía sus fosas, quemando lo que antes parecía una respiración firme y confiada. Maldita necedad pensar que la naturaleza podía ser domada, pensó, mientras se ajustaba el nudo del sombrero de lana por enésima vez. Los árboles—enormes abetos con voces viejas—lo seguían con la mirada de los mil seres invisibles que acechan en la frontera del hombre y lo salvaje.

Duración: 03:31

El Eco de los Lobos
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La visibilidad estaba al borde de la negación, la niebla adherida al bosque como un sudario tenue. Sentía sus pulmones expandirse con esfuerzo mientras el aire frío hendía sus fosas, quemando lo que antes parecía una respiración firme y confiada. Maldita necedad pensar que la naturaleza podía ser domada, pensó, mientras se ajustaba el nudo del sombrero de lana por enésima vez. Los árboles—enormes abetos con voces viejas—lo seguían con la mirada de los mil seres invisibles que acechan en la frontera del hombre y lo salvaje.

Atrás quedaban los últimos vestigios de civilización; adelante, la nada. Su mochila, una promesa de lógica y esperanza, se sentía ahora como una broma de mal gusto: lo que había preparado, creyendo cubrir todas las eventualidades, resultó poco ante el primer embate del clima. El fuego, rebelde ante la humedad. Los víveres, menguando junto con el tiempo. El reloj no tenía sentido; aquí reinaba el sol, la noche o la fantasía de ambos en ese crepúsculo interminable que maldice a quienes se extravían.

El hambre primero arañó, después mordió. Era un depredador lento, sutil, más peligroso que los lobos cuyos gruñidos había aprendido a descifrar. El hombre se acostumbró a medir sus pasos, cuidando la energía, eligiendo qué batallas pelear: un río helado, una rama resquebrajada, un monte que tentaba con la promesa incierta de orientación. Cada noche el frío penetraba la carne, obligando el cuerpo al combate sigiloso y constante contra el entumecimiento. Hubo noches de insomnio, atento al crujir que a veces era un animal, a veces solo el eco de su propia psique hecha migajas.

Perdió la cuenta de los días. Aprendió a leer el lenguaje brusco del hielo. Heridas expuestas a la escarcha le enseñaron pronto la diferencia entre coraje y estupidez. Al séptimo día, halló una huella humana, translúcida casi bajo el polvo reciente de nieve. El alivio fue una bofetada: no estaba solo, al menos lo había dejado de estar. Pero la huella apuntaba en sentido opuesto al suyo. Y seguirla habría sido rendirse a la desesperación.

Continuó adelante, despacio. Descubrió que los animales eran casi tan listos como él, pero la necesidad aguzó su ingenio. Hizo una lanza, rudimentaria pero en sus manos un prodigio ancestral. Mató un conejo. Coció bajo la premura su carne sobre un fuego robado a la madera mojada. El aroma fue un bálsamo breve; después, la culpa—y un odio renovado hacia la debilidad.

La tormenta azotó al décimo día. No había dónde refugiarse más que una raíz hueca, abrazo improvisado del bosque. Luchó por dormir, cubriéndose con hojas, con su memoria, recitando mentalmente los nombres de todos sus seres queridos, manteniendo la mente atada a una realidad más cálida. Al alba, la nieve cubría todo, incluso su miedo, que ya comenzaba a parecer un sentimiento familiar.

Al final, no fue la astucia sino la terquedad la que selló su destino. El último día, con las fuerzas agotadas, siguiendo el arrullo de un arroyo escarchado, localizó una cabaña olvidada—no más que cuatro paredes y un techo, pero suficiente para llamar hogar durante unas horas robadas a la muerte.

Allí, tendido junto a un fuego verdadero, con el cuerpo al borde de la ruina pero la mente alerta al milagro de seguir vivo, entendió lo que el bosque le había enseñado. Que no hay lección más pura que la del silencio entre el corazón humano y la noche interminable; que solo cuando uno acepta la insignificancia ante lo inmenso, aprende a sobrevivir de verdad.

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