Fragmento:
Will había partido el día anterior en busca de leña seca, cada vez más escasa en aquel remoto rincón de Canadá. Era un viaje rutinario, pero hubo un descuido: el hacha resbaló, cayó de golpe sobre el pulgar, y la sangre oscura brotó, manchando la nieve. El dolor era una advertencia. Debía regresar al refugio antes de que la temperatura descendiera aún más, pero el tiempo se encaprichó. El sol cayó y Will enfiló hacia la cabaña cuando ya solo quedaba la lividez azul de un cielo despidiéndose.
Duración: 04:14
Era enero, y la noche se derramaba densa, pesada, sobre la planicie helada del Yukón. Will Ransome no era un novato en estas soledades. Tenía el instinto aprendido a fuerza de error y peligro; la mirada atenta a cualquier movimiento entre las ramas y las huellas recién marcadas en la nieve. Pero ahora, el invierno parecía haberse ensañado con él, con la vida entera.
Will había partido el día anterior en busca de leña seca, cada vez más escasa en aquel remoto rincón de Canadá. Era un viaje rutinario, pero hubo un descuido: el hacha resbaló, cayó de golpe sobre el pulgar, y la sangre oscura brotó, manchando la nieve. El dolor era una advertencia. Debía regresar al refugio antes de que la temperatura descendiera aún más, pero el tiempo se encaprichó. El sol cayó y Will enfiló hacia la cabaña cuando ya solo quedaba la lividez azul de un cielo despidiéndose.
El viento empezó a arremolinar copos como si buscara atravesar carne y voluntad. Los árboles ardían en crujidos, el hielo crepitaba. El pulgar herido latía bajo el vendaje improvisado y, pronto, Will comprendió que se había extraviado. La línea de abetos que solía guiarlo parecía haberse esfumado. El miedo, agudo, se instaló. No podía ceder terreno, sabía que el titubeo era la diferencia entre el regreso y la desaparición.
Tropezó. Cayó de bruces. El abrigo se empapó en la capa helada. Al incorporarse, la respiración pendía en el aire como un suspiro condenado. Buscó las estrellas, esas viejas compañeras, pero el cielo se había cerrado, sin luna, sin promesa.
El frío se colaba ya por la ropa, y Will supo que debía decidir: caminar al azar buscado el refugio o esperar la luz, intentarlo al alba. Escogió lo segundo. Apiló ramas bajo una roca saliente, buscó encender el fuego con manos torpes, casi inútiles. Las llamas le costaron lágrimas, pero al fin danzaron. Sacó un trozo de pan duro, casi negro, y lo mordió sin sabor. Estaba solo, brutalmente solo, y eso ya era otra forma de hambre.
La noche se hundió aún más en el vacío. En algún lugar cercano, un lobo aulló, reclamando su dominio. Will sintió que la herida le latía no solo en la carne, también en los recuerdos. Pensó en la cabaña, en el calor del pequeño hornillo y la promesa de amanecer seguro. Pensó también en lo lejos que quedaba todo eso, ahora.
El sueño lo acechaba con promesas de falso descanso, pero Will no cedió. Sabía lo que ocurría cuando uno se rendía al letargo blanco: el cuerpo traicionaba al espíritu y se deslizaba suave, sin dolor, hacia la nada. Empezó a recordar relatos de otros, gente como él, desaparecidos, encontrados meses después bajo metros de nieve, abrazados al último suspiro. No sería uno de ellos.
Se obligó a caminar, pequeñas vueltas junto al fuego, golpes secos para que la sangre no se quedara quieta. El cigarro, guardado para emergencias, ardió en su boca, asfixiante pero cálido, y le hizo recordar una canción infantil, y a su madre. Hubo un momento en que la desesperanza casi lo venció, pero se aferró a ese hilo débil de pasado, creyendo que tal vez, sólo tal vez, todo esto tenía sentido porque significaba que, en algún rincón de sí mismo, aún estaba vivo.
Cuando la primera luz perforó la espesura, Will estaba temblando, pero no roto. El fuego era apenas una brasa y el viento había cesado. Se orientó por la claridad que asomaba entre los árboles y, paso a paso, fue bajando el dolor a una determinación sorda, casi feroz. No pensó en nada más que en mantener ese ritmo, el pulso del corazón contra el hielo, el aire que quemaba entrada y salida de los pulmones.
Horas después, cuando la silueta de la cabaña surgió, irreal y lejana, Will sintió que el tiempo se revolucionaba en su interior; gritó, aunque nadie pudiera oírle, porque lo que emergía de entre la nieve no era solo él, sino algo más: una fibra endurecida por la certeza de que si uno no se rinde, el mundo tampoco lo hace. Siguió avanzando, tanteando cada metro como quien recupera la vida paso a paso, y cuando al fin cruzó el umbral y cerró la puerta tras de sí, supo que el mundo podía volver a ser, al menos por ahora, un lugar soportable.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.