Fragmento:
La brújula era una reliquia rota. El mapa, un recuerdo destruido por la lluvia dos noches atrás, cuando los relámpagos abrieron grietas en el cielo. Desde entonces, solo intuición y estrellas, aunque esa tarde no quedaba ni el consuelo helado de un lucero. Todo lo que tenía era un mango de cuchillo desdentado, la pistola vacía y una voluntad ciega que ya no consideraba siquiera dignidad, sino una terquedad nacida del miedo.
Duración: 04:39
El sabor del sudor mezclado con sangre le quemaba los labios a Helena cuando, jadeando, sintió la arena pegarse a los restos de su piel rasgada. El sol del desierto, inclemente como el ojo de un dios, apretaba más fuerte que la bota del hombre que había intentado matarla horas atrás. El silencio instalado sobre los médanos parecía un cadáver frío bajo un sudario azul, roto apenas por los latidos irregulares de su propio corazón y la voz de la sed, esa bestia llamada desde adentro que no la dejaría descansar hasta, inexorablemente, devorarla.
Arrancó la manga de su camisa y la apretó contra el corte recién hecho en el antebrazo. El trozo de tela se empapó rápido, como si el desierto mismo reclamara su cuota. Sus hermanos, los que partieron con ella desde la estación de Feronia, no eran más que criaturas difuminadas en la memoria. ¿A cuántos había dejado en el camino? ¿Cuántos seguían respirando bajo ese manto ardiente? Helena se obligó a erguirse. Cada movimiento era un alud de cristales en sus articulaciones, pero más cruel sería dejarse caer y esperar la misericordia de la arena.
La brújula era una reliquia rota. El mapa, un recuerdo destruido por la lluvia dos noches atrás, cuando los relámpagos abrieron grietas en el cielo. Desde entonces, solo intuición y estrellas, aunque esa tarde no quedaba ni el consuelo helado de un lucero. Todo lo que tenía era un mango de cuchillo desdentado, la pistola vacía y una voluntad ciega que ya no consideraba siquiera dignidad, sino una terquedad nacida del miedo.
A lo lejos, el costillar de una casa abandonada recortaba el horizonte. Helena sonrió para sí, mostrando colmillos al universo. Si algo había aprendido, era que cualquier refugio podía convertirse en trampa. Pero el instinto, sordo a la razón, arrastra al animal cansado hacia cualquier promesa de sombra. Con cautela, diseñó su avance. Contaba los pasos, recordando los giros mortales de las serpientes en la arena, la velocidad del veneno. Antes de entrar, rodeó la vieja construcción. Nada más se movía sino el reflejo de su propia ansiedad en cada escombro.
Dentro, el aire era más denso. Restos de muebles mutilados, un calendario antiguo, viejas huellas en el polvo que se habían convertido en vacíos, heridas secas abiertas por otros sobrevivientes. Rebuscó con desesperación, casi sin esperanza. Pero encontró una botella rota, aún sudada por la humedad de tiempos mejores, y en su fondo, apenas media palma de agua. La bebió a sorbos lentos, el líquido caliente pero milagroso, mientras el temor y la gratitud se entrelazaban en su garganta.
El silencio se rompió al escuchar pasos. Helena supo, en ese instante, que la soledad se había terminado. Agarró el cuchillo, dobló el cuerpo sobre sí como la rama ante el viento y esperó. Entró primero el olor: sudor viejo, pólvora y orina, un cóctel humano desesperado. El hombre que surgió era alto, delgado hasta la trasparencia. Tenía las manos desnudas y una sonrisa torcida. En sus ojos, una amenaza, un ruego, una confesión.
No habló; solo la midió de arriba abajo, calculando si valía más como aliada o como botín fácil. Helena se mantuvo inmóvil. Cualquier palabra sería una herida. Él se agachó junto a ella, mostrando un trozo de pan petrificado. Compartir comida, el pacto de extraños. Helena asintió, atenta a sus movimientos, y partió la miga con su cuchillo, ofrendando la mitad.
La noche descendió como el vuelo de un halcón. Los dos, guinea y sombra, compartieron apenas las brasas de unos diarios quemados, vigilando los murmullos del viento. Del exterior, los ecos traían historias de otros peleando con la misma desesperación. Un disparo lejano, gritos más allá, luego solo la música de la supervivencia, ese ritmo sordo que acompaña al que ha aprendido a ignorar dioses, memoria y futuro.
Cuando amaneció, Helena comprendió que la jornada no había terminado y que la moneda de la vida, en ese lugar, era incertidumbre constante. Pero también intuyó que la humanidad —un susurro fugaz, una alianza sin promesas— seguía cabalgando juntos entre la ceniza y el polvo, buscando no solo el siguiente sorbo de agua, sino un motivo para persistir más allá del puro instinto.
En pie, dobló la espalda y miró a su nuevo compañero. Él le devolvió la mirada con ese brillo de los que han visto morir las esperanzas, pero siguen respirando. Juntos, abandonaron la casa, caminando uno junto al otro hacia la siguiente línea de sombra, el siguiente engaño de la supervivencia, aferrados, acaso, a la posibilidad remota de ser aún humanos allí donde el mundo parecía decidido a devorarlos.
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