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Portada del relato El último resplandor del ártico
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Fragmento:


El río estaba congelado, salvo donde la corriente rebelde lamía como una lengua negra bajo la costra de hielo. Allí, en esa franja insegura, cayó la suerte: su perro favorito, un mestizo de lobo y malamute, descendiente de fieras y sabiduría pretérita, apoyó una pezuña donde no debía. El hielo se quebró con un gemido. El animal logró saltar, tembloroso y asustado, mientras el hombre sentía que de alguna forma, un mensaje le era entregado. La nieve pudo limpiarle las patas al animal, pero el frío era insistente y el hombre, contemplando los cristales de agua rápidamente endurecidos sobre la piel del can, recordó todos los relatos escuchados junto a la estufa, cuando aún la esperanza era fácil.

Duración: 04:45

El último resplandor del ártico
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El viento rasgaba la vasta extensión blanca, silbando como si algún dios infeliz resollara sobre la llanura sin fin. El hombre caminaba solo, cada paso un diálogo con el dolor, cada respiración una victoria mínima contra el frío que le mordía hasta los huesos. Había preparado su viaje con el celo de quien sabe que de ello depende la permanencia entre los vivos y, sin embargo, la naturaleza, madre y verduga, era prodiga en encontrar fisuras insospechadas en su plan.

Venía del sur, de donde el sol apenas iba inclinandose, corriendo bajo los árboles oscuros, huyendo de la bancarrota y del vacío. Se lo cruzó la leyenda, el canto de los hombres duros, las historias de oro y hombres que se hacían a sí mismos en la lucha. Persiguió esa quimera hasta rodearse de la soledad de un territorio que solo reconocía la fuerza bruta, la determinación y, sobre todo, la obediencia a reglas no escritas.

El río estaba congelado, salvo donde la corriente rebelde lamía como una lengua negra bajo la costra de hielo. Allí, en esa franja insegura, cayó la suerte: su perro favorito, un mestizo de lobo y malamute, descendiente de fieras y sabiduría pretérita, apoyó una pezuña donde no debía. El hielo se quebró con un gemido. El animal logró saltar, tembloroso y asustado, mientras el hombre sentía que de alguna forma, un mensaje le era entregado. La nieve pudo limpiarle las patas al animal, pero el frío era insistente y el hombre, contemplando los cristales de agua rápidamente endurecidos sobre la piel del can, recordó todos los relatos escuchados junto a la estufa, cuando aún la esperanza era fácil.

Avanzó hasta un pinar al borde del horizonte, sabiendo que su vida dependía ahora de la lumbre. El día era claro y sin viento en aquel instante, augurio de la peligrosa caricia de la helada profunda. Las ramas secas respondieron obedientes y chisporroteó la yesca, mientras el hombre arrodillado sentía la presión de los dioses viejos, juzgando su destreza con la leña y el acero. El perro, desconfiado, circulaba cerca, cuerpo arqueado y mirada fija.

El hambre caminaba también con él. Dos días hacía que racionaba el salmón ahumado y la carne seca. El estómago era ya una fiera acurrucada, esperando el fallo. La memoria, traicionera, fue a buscar entonces a la mujer en la cabaña de Dawson, la promesa de agua tibia y pan, de conversación junto al fuego. Se obligó a regresar: la nostalgia era lujosa y mortal.

El hombre se recostó bajo un pino; la noche se prometía larga y hostil. Antes de dormitar, clavó los ojos en el cielo: estallaban auroras de un verde feroz, y el mensaje era claro, antiguo como la raza humana: “No te detengas”. Sintió un escalofrío real, y no solo del hielo.

Al amanecer se levantó: el frío lo hería como piedras diminutas, cada movimiento un recordatorio de los límites de su carne. Pero debía andar. Andar era vivir. El perro corría delante, descubría el terreno, sus orejas y hocico atentos a peligros invisibles. Dos veces esquivó alces y lobos, las huellas frescas en la nieve, la evidencia de que si había enemigos, también había vida. Y donde hay vida, hay posibilidad de avanzar.

Se sentó para comer. Fue entonces cuando escuchó el quejido sordo: el gruñido bajo, casi una vibración en los huesos, de algo grande al acecho. El perro erizó el lomo, un instante después ambos vieron al oso, enorme, sucio, hambriento y lento como un mal presagio. No había árboles bastante altos, ni refugio cercano. El hombre desenfundó la pistola; la tenía para disparos únicos y mortales. Contuvo el aliento. El oso, quizás despistado por el olor del fuego del hombre, dudó. Los segundos se estiraron; el frío mismo parecía esperar. No disparó. El animal, finalmente, se apartó, dejando atrás el vaho de su muerte aplazada.

Esa noche, con el pulso aún inquieto, el hombre repasó su vida: lo que lo había llevado a esos parajes, el fracaso de las ciudades, la violencia muda y anónima de los hombres civilizados. Allí, bajo la furia del viento, descubrió una verdad irrebatible: cada amanecer es una bendición y una condena. Los sonidos del bosque, los crujidos sobre el hielo, eran el idioma de los desafíos.

Pero la fatiga tejía su telaraña. Dudó si debía marchar al día siguiente. Las urdimbres de los dedos, moradas y entumidas, contaban su propia historia. El perro lamía la cara del hombre en la madrugada, tan cerca de la extenuación, y solo entonces, con la certeza de que la bestia eraconde el corazón de toda vida, se prometió no rendirse jamás, pues en la lucha contra el frío y la soledad nacen los hombres verdaderos.

Y cuando, por fin, al tercer día divisó la delgada columna de humo —un refugio de cazadores, la puerta de regreso a la humanidad— supo que la selva blanca lo había aceptado, pero no vencido. El hombre ya no era solo carne que respira: era memoria viva de todos los que no regresaron, y, al pasar el umbral del refugio, supo que lo contado esa noche junto al fuego, entre manutara y café, sería pasado pero nunca olvido. Así son las historias bajo los soles y las luces del Norte, y así continuará mientras los hombres busquen la frontera para saber quiénes son.

De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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