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Portada del relato Los que vigilan el horizonte
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Fragmento:


Desperté tiritando en una costa oculta por la niebla, el sol una esfera lejana y cruda, mis ropas hechas jirones, mi garganta tan reseca como el costado de un estibador tras una jornada entera de carga. La primera lección: cada objeto a mano es un tesoro. Escudriñé entre algas y piedras, ignorando la sangre que manchaba mis palmas, hasta reunir restos que la mar había querido devolverme: una navaja oxidada, cordaje, una vela y una bolsa con galletas duras que, en aquel momento, serían banquete de reyes.

Duración: 04:20

Los que vigilan el horizonte
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Jamás olvidaré el látigo del viento que me recibió tras el naufragio, esa tarde tormentosa en la que el amanecer sólo era un concepto para hombres afortunados en tierras lejanas. Cuando la "Dama de Bristol" volcó, no tuve tiempo de despedirme más que del aire, y luché mucho por traerlo a mis pulmones en cada resquicio de espuma y sal. Recuerdo, como un tatuaje bajo mi piel, el cruel contacto de las rocas que rozaban los costados de mi bote improvisado, una balsa formada por cuatro maderas y un barril de harina. Durante horas—aunque el tiempo pronto deja de existir cuando sólo queda tu miedo y tu ingenio—floté a la deriva, hasta que el destino, burlón, decidió lanzarme a una playa que era más un sueño que una promesa.

Desperté tiritando en una costa oculta por la niebla, el sol una esfera lejana y cruda, mis ropas hechas jirones, mi garganta tan reseca como el costado de un estibador tras una jornada entera de carga. La primera lección: cada objeto a mano es un tesoro. Escudriñé entre algas y piedras, ignorando la sangre que manchaba mis palmas, hasta reunir restos que la mar había querido devolverme: una navaja oxidada, cordaje, una vela y una bolsa con galletas duras que, en aquel momento, serían banquete de reyes.

La playa se extendía hasta un bosque cerrado, murmullo constante de hojas y ramas. Arrastré mi maltrecho cuerpo hacia la sombra, guiado por la necesidad de agua. Cada paso, un latido de dolor; cada avance, la esperanza de encontrar algo más que muerte y abandono. Cuando di con un arroyo, la gratitud me hizo caer de bruces, y bebí sin pudor, sin reparar en la posible impureza: el peligro de la sed es más atroz que el de cualquier fiebre.

No había tiempo para meditar la belleza o el terror de la isla. Había que asegurar refugio antes que la noche, pues ya el viento empezaba a cortar en vez de acariciar. Hice acopio de ramas, hojas grandes y un par de troncos, y erigí, al costado de una roca, un refugio miserable, aunque capaz de mantener alejada la intemperie. Recé, no por salvación, sino para no olvidar la cordura.

Pasaron los días midiendo el hambre: la segunda lección es que la mente hostiliza al estómago antes que la naturaleza. Comí raíces, cazando diminutos cangrejos y recogiendo duro fruto de una palmera infeliz. El miedo original, ese pánico infantil al crepúsculo, dio paso a una ansiedad constante, insidiosa y racional; la certeza de que nadie, jamás, me hallaría sin mi esfuerzo. Pacté con la soledad, le hablé como si fuera un huésped molesto. Casi agradecí el día en que unos ojos naranjas y una silueta baja se movieron entre los arbustos—un felino pequeño, quizás un gato salvaje, quizá mi propia mente jugando con la luz del fuego.

El tiempo se distorsionaba, el hombre aislado aprende a medir las horas por el hambre y la marea. Mi único reloj los zumbidos de insectos y el paso de la luna llena sobre mi refugio precario. Poco a poco, la lucha dejó de ser angustia y devino método: fabricar trampa para aves, hacer señales de humo para barcos inexistentes, curtir cuerda con mi propia paciencia.

Abandonado el horror, llegó la resignación, y con ella el milagro de unos instantes de lucidez: la contemplación de un amanecer, el sabor salino en la lengua al recordar la primera pesca exitosa, la risa inesperada al descubrir mi reflejo, barbudo, sucio y feroz, en una charca estancada. Sabía que la muerte podía acechar tras cada roca, cada árbol cubierto de musgo, y, sin embargo, la vida misma, en su modesta tenacidad, era al final lo único que me pertenecía.

Meses, tal vez un año—la memoria es la primera moneda gastada—cuando por fin el horizonte dibujó un punto oscuro. El segundo milagro: un barco. Mis brazos eran ramas, mi voz un graznido, pero encendí mi último fuego, ondeé mi última bandera hecha con jirones, y creí ver que la esperanza se reía de mí, hasta que oí el redoble de los remos y el grito gutural de los marineros. Fui rescatado, sí, pero jamás volví a ser sólo un hombre de ciudad; fui, y seré hasta el fin de mis días, aquel que supo que aun en la mayor de las soledades, el hombre puede encontrarse más entero, o más monstruoso, de lo que jamás llegó a imaginar.

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