Fragmento:
François sabía, como sabe el hombre que reposa en su lecho de muerte, que aquellos árboles eran todo cuanto tenía: una promesa vaga de refugio y una amenaza latente de perderse para siempre. No había camino; sólo maleza, ramas arrancadas y ojos invisibles. Durante dos días enteros, avanzó siguiendo el sol, buscando el agua dulce que un arroyo lejano prometía según la memoria difusa de su travesía previa.
Duración: 04:01
El viento aullaba desde el norte, arrastrando los jirones de la última niebla del invierno, cuando François Deval apareció solo sobre el promontorio, mirando cómo los acantilados se precipitaban hacia la marea rugiente. Arrastraba los pies hundidos en el lodo, mientras miraba los restos dispersos de lo que había sido el bote. Madera astillada, jirones de lona, y la certeza abrumadora de que el mar, indiferente, ya cerraba tras de sí cualquier puente de regreso.
Su abrigo apenas daba más consuelo del que ofrecería una venda sobre una herida abierta y tiritaba, con el cuerpo y el alma, mientras pensaba en la noche inminente. A sus espaldas, el bosque era apenas un muro silencioso, donde se mecían árboles ancianos entre raíces enredadas—luces y sombras fundidas trazando figuras enloquecedoras con cada golpe del viento.
François sabía, como sabe el hombre que reposa en su lecho de muerte, que aquellos árboles eran todo cuanto tenía: una promesa vaga de refugio y una amenaza latente de perderse para siempre. No había camino; sólo maleza, ramas arrancadas y ojos invisibles. Durante dos días enteros, avanzó siguiendo el sol, buscando el agua dulce que un arroyo lejano prometía según la memoria difusa de su travesía previa.
El hambre, al principio, fue antojo. Al segundo amanecer se volvió decisión. Sus movimientos se hicieron lentos, y encontró en las raíces un amargor terroso que, aún así, mitigó el punzante dolor en el estómago. Al tercer día extrajo savia de una corteza blanca y se bebió la lluvia acunada en la hendidura de una roca.
Las noches traían consigo el desfile interminable de recuerdos y alucinaciones. Veía el rostro pálido de Geneviève, la reina de sus pensamientos; oía las risas lejanas de sus hijos, y el susurro de su padre muerto aconsejándole al oído: “Nunca apagues el fuego, François.”
Hizo caso. En un claro abrigado por un círculo de piedras agrietadas, encendió la primera hoguera. Los leños crujían como viejos amigos, y la danza de las llamas era su único rincón de esperanza. Un lobo cruzó la linde del claro, esbelto y acechante. El lobo nunca apartó la mirada; François tampoco. Cada cual estudiaba la soledad del otro, hasta que el animal se esfumó en la niebla.
Días más tarde, tras un aguacero feroz, François sintió el frío penetrar hasta el hueso. Su última lumbre dudó, chisporroteó hasta extinguirse apenas asomaba el primer brillo dorado del alba. Sintió el miedo hincarle los dientes—el miedo auténtico, razonador, el que empuja o destruye.
Las fuerzas lo abandonaron. A media tarde, supo que no llegaría muy lejos. Se tumbó, temblando, sobre la tierra húmeda. La muerte, sospechaba, tiene muchas puertas y puede llegar como un susurro o un grito. Pero él, apretando contra el pecho un trozo carbonizado de leña, se negó a entregarse a la resignación.
En medio del desfallecimiento, recordó las palabras de su padre con la claridad de quien ve, en la agonía, la vida entera: “El verdadero valor no es resistir los golpes, sino tener voluntad de volver a levantarse cuando todo parece perdido.”
Aún somnoliento, François se arrastró, buscó entre el fango y halló, milagrosamente, ramas secas ocultas bajo piedras. Al atardecer, titubeante, logró encender de nuevo las ascuas. El pequeño fuego ganó fuerza y, con él, su espíritu. Sabía que cada noche conquistada era una victoria sobre la nada y el olvido.
Una semana después fue el humo de su hoguera el que atrajo a un grupo de pescadores. Ellos vieron al hombre, sucio y flaco, pero con las pupilas vivas, defendiendo una fogata mínima contra toda la vastedad del mundo.
François sobrevivió. Pero llevaba, sellado en cada mirada, el conocimiento inclemente de que en la soledad profunda, el mayor enemigo y el mayor aliado, son uno solo. Y aún muchos años después, ante cada llama crepitante en cada noche fría, volvería a encender, junto al fuego, el aliento que siempre se resiste a morir.
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