Fragmento:
Una loma le atrajo, distante y prometedora, una suerte de promontorio donde, con suerte, obtendría perspectiva sobre las rutas: debía hallar agua antes del segundo anochecer o su cuerpo quedaría tan hueco como los esqueletos que le miraban desde abajo. Ascendió, resollando, a cada paso un alud minúsculo caía bajo sus talones. Al culminar, vio a lo lejos una mancha oscura: un círculo de árboles achaparrados y, junto a ellos, el perfil cóncavo de un pozo. Nada tan peligroso como una promesa en medio del desierto.
Duración: 05:56
El viento aullaba como el grito desterrado de una bestia invisible, y todo cuanto antes fue tierra fértil y abundante, ahora era un yermo cruel y despojado de piedad. Arnold Deane, exfuncionario del gobierno colonial, despertó entre retazos de sacos podridos y la sombra de un acantilado tras la noche más larga de su vida. Un hombre de razón y método, privado de todo salvo de una cantimplora casi vacía, debía ahora entregarse al capricho y al azote de un paraje que se extendía hasta donde el sol confundía el horizonte con los lerdos vapores del calor. El día anterior, la caravana había sido devorada por un torbellino de arena y miedo; bestias y hombres, habitáculos, agua y víveres, tragados por la furia espontánea de la naturaleza oriental.
No quedaba rastro de compañeros, solo la solitaria certidumbre de un cuerpo magullado y una mente alerta. Arnold tanteó su abrigo: allí, a salvo, reposaba el pequeño revólver Webley, sin balas, trofeo de una seguridad perdida junto con la civilización. Tomó sus lentes, que crujieron al acomodarse sobre el tabique de su nariz. El sol aún no ascendía demasiado, la claridad era amarga y le devolvía el gris mortecino del polvo, donde cada roca parecía esculpida para botar el ánimo del que las rozara.
Empezó a caminar sin dirección segura, fiándose del instinto urdido entre las leyendas de viajeros y los viejos mapas memorizados. Recordó la voz de su padre, recomendándole leer las estrellas y buscar el musgo junto a los peñascos: aquí, nada verde sobrevivía, ningún norte emergía más que el susurro de la brisa caliente. A su alrededor, huellas borrosas se entrecruzaban con huesos blanqueados, vestigios de bestias aun menos afortunadas. Sangre seca conservaba pequeños fuegos oscuros sobre la arena; quizás chacales, quizás hombres, el juicio no servía de nada.
Una loma le atrajo, distante y prometedora, una suerte de promontorio donde, con suerte, obtendría perspectiva sobre las rutas: debía hallar agua antes del segundo anochecer o su cuerpo quedaría tan hueco como los esqueletos que le miraban desde abajo. Ascendió, resollando, a cada paso un alud minúsculo caía bajo sus talones. Al culminar, vio a lo lejos una mancha oscura: un círculo de árboles achaparrados y, junto a ellos, el perfil cóncavo de un pozo. Nada tan peligroso como una promesa en medio del desierto.
Miró el vacío que le separaba: una planicie de dunas quebradizas y, más allá, el estigma del peligro. Sintió cómo la debilidad buscaba su espacio entre sus costillas. Bajó, y mientras la sed se apoderaba de sus pensamientos, los recuerdos de banquetes y conversaciones triviales en clubes británicos, bajo lámparas de gas, se tornaron crueles, imágenes opacas, retorcidas por la necesidad. El pozo era real: la piedra parecía reciente, no carcomida ni rota, y el aire a su alrededor vibraba como con la promesa de agua. Se arrodilló, apartando lenguas de arena demasiado pronto hambrientas de mejores días.
Acechando junto al pozo, sin embargo, el peligro se hizo tangible: una figura humana, reducida a un marco afilado por el sol, surgió tras los peñascos. Arnold levantó las manos, recordando demasiado tarde cuán inútil era su revólver descargado. El hombre—o lo que quedaba de él—llevaba un turbante polvoriento y los ojos inyectados de rencor. Sin palabras, con gestos rápidos, le indicó que retrocediera. La sed era peor enemigo que la hostilidad de los nativos, pensó Arnold, sintiendo nacer en su garganta el ardor de una súplica.
"Compartamos", murmuró al fin en su árabe torpe.
El desconocido dudó. En su cintura relucía un cuchillo de hoja curva, más familiarizado con cortar tendones que con pelar frutas. Arnold, sintiendo vibrar su instinto de supervivencia, buscó una piedra, la sostuvo con afectación de defensa, y entre ambos se instauró un silencio precursor del desastre. Fue entonces cuando el viento cambió: el rumor sordo de nuevos pasos se precipitó por la loma. Otra figura, otra amenaza, el juego de la vida y la muerte quedaba en suspenso, pendientes todos de la identidad del recién llegado.
Contra todo pronóstico, era una mujer, joven, envuelta en harapos de vivos colores. No portaba armas, su único escudo, una vasija vacía bramando por líquido. Se detuvo entre ambos, mirándoles con un brillo antiguo, como si la fatalidad estuviese allí para presenciar el destino de los condenados. "Hay agua, pero poca", dijo con voz firme, "si peleamos, nadie beberá". Era la voz de la sensatez, la de quienes han aprendido que la muerte no negocia, solo observa.
Tres extraños, tres destinos pendiendo de un hilo entre la vida y el olvido. Arnold bebió —un sorbo apenas— y supo al instante que debía moverse. La mujer, cuyo nombre escapaba como un susurro incompleto, compartió migajas de pan endurecido. El árabe, tenso, habló de un sendero hacia el este: una aldea a dos días, si la voluntad no se quebraba antes.
Emprendieron juntos la marcha, la improbable alianza del desarraigo y la supervivencia. El sol subía, y cada hora erosionaba sus fuerzas; la mujer cayó primero, desfallecida, pero Arnold y el árabe se turnaron para arrastrarla, la esperanza como único látigo.
A la segunda noche, bajo un cielo púrpura, alcanzaron el refugio de una caverna. Dentro, la noche guardaba secretos: pinturas confiscadas al tiempo y el eco de historias antiguas. "Aquí los antepasados esperaban la lluvia", murmuró el árabe.
Y así, en la frontera de la vida y la extinción, Arnold comprendió: la supervivencia era un pacto de carne y espíritu, una lección grabada no en libros, sino en la piel endurecida y en la memoria de los que, habiendo visto morir la luz, sabían que cada amanecer era una tregua concedida por el yermo, nunca un derecho adquirido.
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