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Portada del relato El Silencio bajo la Duna
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Fragmento:


Dentro, una figura esperaba de espaldas. Estaba envuelta en lienzos desvaídos y llevaba sobre la cabeza una máscara que parecía de hueso, tallada con runas que hormigueaban en los ojos. No hablaba, pero Farrah sintió la invitación a sentarse. Aquel era el Oráculo.

Duración: 03:48

El Silencio bajo la Duna
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La arena chirriaba bajo las suelas destrozadas de las botas de Farrah cuando el Sol empezaba a caer. El desierto de Rub’ al Khali, vasto y ajeno a toda compasión, parecía extenderse hasta los bordes de la realidad. Farrah miró el horizonte ondulado y vio, justo donde los espejismos acostumbra a burlarse, la silueta de una choza de adobe medio oculta tras una duna. El agua en su cantimplora tintineaba como una perla única. La sed ya era un pensamiento constante, un rumor grave detrás de cada acto.

Farrah no sabía exactamente qué buscaba. En el último asentamiento, aquel beduino de voz áspera le había hablado del Oráculo del desierto: un ser o cosa que sobrevivía, según la leyenda, oculta en las arenas; quien lo hallara podría preguntar una sola vez y conocer un secreto fundamental, aunque había un riesgo. La respuesta, decían, solo podía comprenderla aquel que aceptara la Máscara que domina—una metáfora quizás, o tal vez no.

Sintiendo cómo el calor cedía a la brisa fría de la noche, Farrah alcanzó la choza. Era más ruina que vivienda, con paredes agrietadas y sólo un tapiz de lana endurecida cubriendo la entrada. El aire en el interior olía a especias, a ceniza antigua y a algo más profundo, que removía la memoria antigua de la especie: las historias junto al fuego mientras lo inimaginable acechaba en la oscuridad.

Dentro, una figura esperaba de espaldas. Estaba envuelta en lienzos desvaídos y llevaba sobre la cabeza una máscara que parecía de hueso, tallada con runas que hormigueaban en los ojos. No hablaba, pero Farrah sintió la invitación a sentarse. Aquel era el Oráculo.

“Sólo sobrevives si estás dispuesto a dejar de ser tú”, pronunció una voz—o quizás fue el silencio el que la fabricó.

Farrah sabía que la pregunta era valiosa. Pensó en las noches bajo el miedo, en su última visión de la llanura devastada más allá de casa, en el rostro de su hija. Respiró hondo. “¿Cómo sobrevivo a aquello oscuro que me persigue día y noche, sin detenerme jamás?”

El Oráculo se inclinó y levantó la Máscara hacia Farrah. Sin resistencia, Farrah permitió que le cubriera la cara. Hubo un segundo de mareo, un calor orgánico que se confundió con recuerdos perdidos—el aliento de su madre, el puño de su padre, la primera vez que mintió por compasión.

Y entonces, la voz, más antigua que el miedo: “Sobrevive el que domina. Domina el que se deja poseer. No escapas del desierto, Farrah: lo conviertes en parte de ti. Si rehúyes la Máscara, pereces; si la llevas, sobrevives, pero a un precio.”

Farrah sintió el peso extraño de la máscara, sin poder quitársela. La sed se fue, también el hambre, incluso el dolor de las ampollas. A cambio, sentía el susurro de cientos de voces, los pensamientos de todos los que, alguna vez, habían buscado sobrevivir aquí y se rindieron a la dominación de la Máscara. Donde antes había individuación, ahora había un eco colectivo, una conciencia extraña en la que Farrah se disolvía poco a poco.

La noche cubrió el mundo en azul. Farrah caminó de nuevo por el desierto, ahora sin miedo, sin dolor, sin destino—pues el Oráculo había sido el último humano en esa parte del mundo, y Farrah la nueva guardiana. La Máscara, silenciosa pero innegable, le susurraba secretos de supervivencia: el arte de reintegrarse a la arena, de beber de los huesos y del viento, de conocer el futuro de quienes llegarían. Viéndose reflejada en la Máscara, Farrah no supo si era el cazador o la presa.

El desierto no olvida a quienes lo dominan, ni a quienes son dominados. Y aún hay viajeros, dicen las leyendas, que se ven guiados por una figura sin rostro, marcando un precio terrible a cambio de supervivencia: renunciar para siempre a ser sólo uno mismo, por el derecho a seguir respirando entre dunas que nunca prometieron piedad.

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