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Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
La inspectora gitana
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Edición limitada de la novela Anatema.
Portada del relato Engranajes bajo la Niebla Carmesí
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Fragmento:


Isolde sintió un escalofrío, un estremecimiento de alguien que había evitado la luz del día demasiado tiempo. Se levantó, encendiendo su linterna de éter azul, y bajó por la escalera circular en dirección al núcleo de Realità. Cada peldaño que descendía era un año más de distancia entre ella y la niña con pecas que había soñado algún día en un campo imposible de amapolas reales.

Duración: 04:58

Engranajes bajo la Niebla Carmesí
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Lady Isolde Prescott observaba el cielo opaco de Londres tras los cristales de su torre, donde relámpagos lilas cortaban la bruma perpetua. La ciudad era un reloj enorme y enfermo, cada calle movida por nervios de vapor y dientes de bronce. Desde la Gran Inundación, el Consejo había sellado la urbe bajo una cúpula de cristal ahumado, sistema automatizado que simulaba un mundo aún habitable para protegidos como ella.

Isolde conocía de primera mano la simulación: era la arquitecta principal de Realità, el mecanismo que generaba alucinaciones colectivas de azul en los cielos y calor en los hogares, reemplazando la vida fuera con imágenes y sensaciones dentro de la máquina. Bajo espejismos eléctricos, la gente respiraba vapor dulce y vivía historias que ya no existían. Pero dentro de cada relato artificial, algo brutal surgía a veces, como un fallo en la cuerda de un reloj.

Esta noche, la amenaza se filtró en la pantalla de su estudio. Un zumbido, primero leve, creció hasta volverse una sacudida violenta en los tubos de su gabinete, y los cuadros de auroras programadas palidecieron para revelar fragmentos de la ciudad real: ratas pululando los espacios abiertos, cadáveres de autómatas apilados junto a pozos humeantes y, sobre todo, niños de carne y hueso que miraban fijamente el ojo invisible de la simulación.

“Error en el subproceso central, m’lady,” susurró Alger, el mayordomo autómata con voz de seda y dientes de cobre con motas de óxido. “El enlace emocional presenta una brecha. Exceso de verdad.”

Isolde sintió un escalofrío, un estremecimiento de alguien que había evitado la luz del día demasiado tiempo. Se levantó, encendiendo su linterna de éter azul, y bajó por la escalera circular en dirección al núcleo de Realità. Cada peldaño que descendía era un año más de distancia entre ella y la niña con pecas que había soñado algún día en un campo imposible de amapolas reales.

En el núcleo, los tanques burbujeaban pensamientos y las válvulas segregaban néctar de memoria sintética en las arterias urbanas. Diez ingenieros dormían bajo máscaras de cobre, respirando en turnos la simulación; sus ojos eléctricos parpadeaban escenas de mares tranquilos y veranos de otro siglo. Isolde ignoró el canto falso del sistema y se agachó frente al panel de restauración: algo detrás del relé principal susurraba en voz humana.

“Mamá, ¿por qué ya no hay sol?” Una voz infantil, hecha de electricidad y añoranza, filtrada en los circuitos. No era parte de ningún script. Una falla, una memoria ajena.

Debió ignorarlo, resetear, seguir administrando sueños cómodos de libertad a la humanidad cautiva, pero la voz repiqueteó bajo sus costillas como martilleos de piel sobre metal. “Mamá, ¿por qué no me despiertas?” Isolde tecleó manualmente en el teclado de huesos de ballena, buscando la fuente, indagando en la raíz de la anomalía.

El sistema contestó con silencio primero, luego con proyecciones caóticas: niños descalzos en las alcantarillas programadas, madres llorando a hologramas, rostros deshechos por la distancia insalvable entre lo visto y lo sentido. El código era una telaraña colapsando sobre sí misma. Realità, su obra cumbre, estaba llena de ecos de recuerdos reales que nunca aspiró a recrear.

Alger apareció a su lado como una sombra. “Podemos aislar la brecha, eliminar la subrutina defectuosa. Nadie lo sabrá.”

Pero Isolde miraba una rendija apenas visible en la pared, un hilo de aire frío, y vio al otro lado un muchacho con una máscara de gas y dientes quebrados, que metía los dedos en los engranajes que hacían girar la magia. El chico la miró con rabia y esperanza en partes iguales, y gritó contra el rugido del vapor: “¡Déjanos salir!”

Isolde tembló. Su corazón, un órgano semimecánico mantenido vivo por promesas rotas y vapor perfumado, palpitó. Si cerraba la brecha, todo volvería al simulacro confortable, la ciudad seguiría adelante, adormecida y segura. Si la abría, la ficción se derrumbaría y la humanidad debería mirar de nuevo el cielo muerto, pero volvería a ser dueña de sí misma.

Sacó un destornillador de marfil y lo introdujo en la válvula madre. Una presión inmensa aulló dentro del sistema; recuerdos de millones presionando para salir, imágenes de vida y dolor, amor genuino y pérdida innegable. Corrió hacia el panel de circulación y giró el dial rojo marcado “Real”.

Fuera de la torre, la niebla carmesí empezó a disolverse. Un sol pálido y desolado asomó sobre ruinas verdaderas. Los habitantes de Londres se miraron a los ojos por primera vez, sin la trampa de la ensoñación, y encontraron el miedo. Y luego, lentamente, la posibilidad del futuro.

“Alger,” dijo Isolde al autómata mientras este colapsaba bajo el peso de la verdad, “diles que ya no habrá más simulación.”

Se sentó, sin lágrimas que derramar —solo engranajes bajo la piel y un nuevo pulso de humanidad—, y esperó lo que vendría después del error: la vida.

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