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Portada del relato El Oráculo de la Bruma Mecánica
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Fragmento:


En el corazón de la vetusta ciudad de Brastin, entre tejados encabalgados y torres de hierro cubiertas de hollín, la niebla refulgía bajo el sol postrero, mientras locomotoras de cobre lanzaban sus rugidos al atardecer. Era un tiempo en que el vapor no sólo impulsaba carruajes: animaba corazones y crujía en las articulaciones de los hombres y mujeres que, habiendo dejado atrás la carne, se abrazaban al metal para buscar en la frialdad un nuevo sentido a la pasión.

Duración: 05:08

El Oráculo de la Bruma Mecánica
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En el corazón de la vetusta ciudad de Brastin, entre tejados encabalgados y torres de hierro cubiertas de hollín, la niebla refulgía bajo el sol postrero, mientras locomotoras de cobre lanzaban sus rugidos al atardecer. Era un tiempo en que el vapor no sólo impulsaba carruajes: animaba corazones y crujía en las articulaciones de los hombres y mujeres que, habiendo dejado atrás la carne, se abrazaban al metal para buscar en la frialdad un nuevo sentido a la pasión.

En una de esas torres, tan alta que cortaba la bruma y dejaba sus ventanas asomadas al precipicio de una noche perpetua, el Dr. Silas Travellion insertaba su llave maestra en la cerradura de la máquina oráculo, una prodigiosa invención de engranajes y cristales que, según decían, era capaz de leer los ansiados secretos que dormían bajo la conciencia de los hombres.

La habitación estaba iluminada por luces de gas que vacilaban en las estribaciones del aire denso de aceite quemado y ozono. Las paredes, cubiertas de espejos ahumados y relieves en bronce, parecían abrirse y cerrarse al ritmo de un pulso mecánico. Silas, hombre de maneras exquisitas y sonrisa torva, se sentó frente a la consola de válvulas, dispuesto a convocar a la medianoche a su invitada. Habían acordado la cita por medio de palomas telegráficas que surcaban los cielos teñidos de ceniza, pues la discreción era imprescindible.

Ella llegó envuelta en una capa crema que la hacía parecer una aparición entre engranajes y vapor. Se llamaba Adeline Kale, y si bien la ciudad la conocía como bibliotecaria, sus verdaderos intereses se hallaban ocultos en los márgenes prohibidos de los códices quiméricos, y en el rumor de que bajo su pálido escote latía un corazón mitad carne, mitad reloj.

Sin quitarse los guantes, tendió una carta laqueada que olía a tinta y a amenaza. Silas la deslizó bajo la lente principal del oráculo: la máquina se despertó con un jadeo, desplegó sus brazos de acero e iluminó las palabras hasta hacerlas arder. El texto desapareció. En su lugar, surgieron en la pantalla de cristal vísceras nuevas frases, entrelazadas con imágenes de relojes envenenados y miradas rotas. El oráculo había hecho su magia.

—¿Temes lo que dice? —preguntó Silas, sin apartar los ojos del rostro de Adeline.

Ella se quitó la capa; tras ella, el vestido azul reveló la plata oculta a lo largo de su columna y el pequeño reloj que, implantado en su nuca, marcaba siempre el mismo minuto: 11:57. El rostro de Adeline se mantuvo impávido:

—Lo temo —dijo—, tanto como temo dejar de temer. Pero aquí no he venido a leer mi futuro, sino a reescribirlo.

La confesión se precipitó en la atmósfera eléctrica de la estancia. Silas comprendió que aquello no era una consulta ni una tentativa de huida: era el inicio de una conspiración.

—No podrás hacerlo sola —advirtió Silas.

—Justamente por eso he venido —respondió ella—. Los autómatas del Senado preparan un Golpe del Tiempo. Quieren resetear la ciudad a la hora cero. Buscan eliminar toda huella de los corazones vivos, dejar sólo los relojes puros.

Silas reprimió una carcajada, porque conocía demasiado bien la melancolía de los reformadores.

—¿Y el oráculo?

—El oráculo tiene alma, doctor. Igual que yo. Debemos infectarlo: darle una orden que no comprenda. Romper el ciclo.

La máquina parecía escuchar. Los engranajes se aceleraron, el vapor tembló en los tubos. Adeline acarició el teclado grabado, digitó una secuencia imposible.

Un zumbido de respuesta llenó la sala.

En ese instante, un estruendo sacudió los cimientos de la torre. Las campanas del expreso nocturno retumbaron; señales de alarma destellaron en la red de tubos neumáticos que unía la ciudad como un sistema nervioso. Soldados de bronce, armados con rifles de termita, ascendían los escalones.

—Han venido por el oráculo —murmuró Silas—, y por nosotros.

Adeline sonrió por vez primera, una mueca casi impía.

—Entonces, hagamos lo que vinimos a hacer.

Juntos, mientras los pasos se acercaban, introdujeron nuevos códigos en la máquina. El aire se cargó de electricidad, las luces parpadearon; el oráculo rugió y, en un acto de imposible rebeldía, arrojó partículas de sí mismo a toda la ciudad conectada por los conductos secretos. Desde los burdeles de la avenida griega hasta los túneles de las fábricas sumergidas, los sueños —humanos, autómatas o mixtos— se vieron atravesados por la chispa viral, la orden de la contradicción.

Los soldados irrumpieron, pero el tiempo, dentro de la torre, ya se había torcido: los movimientos se ralentizaban, las órdenes contradictorias colapsaban en los relojes. El cielo, visto desde la cúpula panorámica, parecía girar en sentido inverso.

Silas tomó la mano metálica de Adeline:

—No sé si hemos rescatado el mundo o lo hemos condenado.

La sonrisa de ella era el filo de una cuchilla y una promesa.

—Eso, querido doctor, depende de cuál de nuestros corazones siga latiendo cuando todo esto haya pasado.

Lejos, en la bruma, una nueva sirena de vapor anunció la llegada de un día que, por primera vez, nadie había previsto.

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