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Portada del relato Espectros en la Neblina
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Fragmento:


Edwina se detuvo bajo una farola parpadeante, preguntándose a cuántos los habían ejecutado sólo porque creyeron que podrían reescribir las leyes del vapor. Frente a la Lunaria, la fábrica que rugía veinticuatro horas mezclando sangre con metal, aguardaba el hombre que le había proporcionado el cilindro: un tal Solomon, ojos amarillos como el ámbar, barba encerada. Su voz era un susurro que parecía escaparse por las grietas de los ladrillos:

Duración: 04:40

Espectros en la Neblina
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El reloj de la estación principal marcaba faltando cinco minutos para la medianoche, pero la niebla era tan densa que incluso los pájaros mecánicos habían dejado de trinar sus melodías de engranajes. Edwina Griffith, con los guantes de trabajo aún manchados de grasa, se deslizaba entre las sombras aferrando el misterioso cilindro de bronce. En los últimos cinco días, no había respirado sin sentir el peso de todo lo extraño e irremediable que se avecinaba, como si el aire, cubierto de hollín y vapor, pudiese corroer incluso al más decidido de los corazones.

La ciudad, Aurelia, nunca dormía del todo, no en la era del vapor y las promesas incumplidas. Por las venas de sus calles corrían jóvenes dispuestos a todo por una diminuta chispa de novedad, damas encorsetadas con miradas de acero tras abanicos de marfil, obreros de rodillas cansadas, y ocultos tras máscaras de bilis y humo, los ingenieros, susurrando secretos entre miriñaques de cobre. Nada de eso importaba más esta noche que el objeto que ella portaba: podría liberar a Aurelia de su tiranía, o condenarla a otro medio siglo de artimañas impuestas por los Arquitectos.

Edwina se detuvo bajo una farola parpadeante, preguntándose a cuántos los habían ejecutado sólo porque creyeron que podrían reescribir las leyes del vapor. Frente a la Lunaria, la fábrica que rugía veinticuatro horas mezclando sangre con metal, aguardaba el hombre que le había proporcionado el cilindro: un tal Solomon, ojos amarillos como el ámbar, barba encerada. Su voz era un susurro que parecía escaparse por las grietas de los ladrillos:

—¿Lo traes?

Ella extendió la mano, sin llegar a soltar el cilindro.

—¿Qué hay dentro, Solomon? Dijiste que sólo debía llevarlo. Jamás me hablaste de abrirlo…

Él asintió con gravedad, como si la lógica y la culpa fueran circuitos intercambiables.

—Dentro hay una historia. La historia de por qué aún existimos.

Hubo un tiempo, explicó Solomon, en que los ingenieros de Aurelia sólo aspiraban a duplicar la vida humana: reemplazar huesos por eslabones, músculo por cable, voz por trompeta de latón. Pero surgió un grupo—los Custodios, decían—tan obsesionados con la memoria que injertaron recuerdos compartidos en las máquinas mismas. Si destruían un solo engranaje de la ciudad, decenas de vidas se apagarían como lámparas de gas desatendidas. El cilindro era una de las cápsulas donde almacenaron la primera memoria sintética de la ciudad: pruebas, crímenes, redenciones, y errores cuyo olvido podría ser una bendición, o una catástrofe.

Solomon posó su mano sobre la de Edwina, cediendo por fin a la crudeza de la confesión:

—Hoy, una facción busca retomar el control. Si desechas el cilindro al agua, serán sólo hombres de carne los que reinen, y la ciudad será libre de sí misma. Si lo abres, los Custodios de la Máquina regresarán, y la ciudad recordará… todo.

Y aquel “todo” llevaba el brillo turbio del delirio y del poder absoluto.

Detrás de ambos, la fábrica expiró una bocanada de vapor. Desde las bocacalles surgieron dos figuras ataviadas con capas de alambre, cañones de éter colgando de sus caderas.

—Alto en nombre del Consejo—vociferó una mujer cuya voz sonaba a pistón a punto de estallar—. La Ley de las Memorias Prohibidas exige su entrega inmediata.

Edwina reconoció en ella a la hija del mismísimo director del Consejo, una muchacha que había compartido pupitre con ella años atrás, cuando todavía intercambiaban sellos de cera y promesas de inocencia.

El tiempo pareció estirarse a lo largo del muelle, el grito del reloj rebotando en los huesos gastados de Aurelia.

—Solomon, ¿por qué yo?

—Porque tú tienes algo que nunca se puede fabricar: miedo y amor a la vez—respondió él.

Entonces Edwina corrió. Pisó charcos de aceite, embistió cajas repletas de repuestos rotos. Los guardias desataron una lluvia de dardos que silbaban con el veneno de la historia contenida. Edwina cruzó el puente mientras la Luna cabalgaba sobre ruedas de humo, y alzando el cilindro, lo lanzó a las aguas negras del canal.

El silencio se apoderó de la ciudad solo por un instante. Luego, las sirenas aullaron como animales heridos, y las máquinas se detuvieron—pero los hombres y mujeres de Aurelia siguieron caminando, hablando, amando, olvidando y temiendo. Nada cambió en apariencia, y sin embargo todo fue distinto. Nadie lo supo jamás, salvo una muchacha de guantes manchados y un hombre con voz de granito, que se desvaneció en la neblina como un espectro de vapor.

En las noches siguientes, algunos aseguraban que la ciudad se sentía más ligera, como si un peso invisible les hubiese abandonado, aunque nadie pudo ya recordar qué era ese peso.

Bajo la neblina, el reloj siguió avanzando, y la historia de Aurelia se arrancó una página, para que pudiera comenzar otra, otra vez, en algún mañana de cobre, vapor y dulcísima libertad.

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