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Fragmento:


La noche en que esto empieza, Ivra se encuentra a sí misma sumida en pensamientos mientras recorre un corredor abovedado que conecta la fábrica principal de autómatas de Rástiga con las galerías subterráneas donde trabajan los falsificadores de memoria. Se detiene ante un ventanal parcialmente empañado. Al otro lado, a través de los destellos de vidrio manchado, el corazón de la fábrica pulsa. Cientos de autómatas se agrupan en hileras perfectamente alineadas esperando la chispa vital que los saque de la penumbra inerte y los arroje a un mundo de órdenes y repetición.

Duración: 05:37

El Ojo de Tungsteno
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Bajo un cielo siempre cubierto de vapores aceitosos y lejanas columnas de humo, la ciudad de Rástiga resplandecía con luces eléctricas opacas clavadas en la espesa bruma. Nadie podía decir exactamente dónde comenzaban los zócalos de hierro forjado y dónde terminaban las calles de piedra pulida cubiertas de limo ambarino. El sonido perenne de pistones, válvulas y engranajes competía con el aullido distante de locomotoras que partían hacia territorios olvidados, donde el aire todavía olía a carbón y a miedo. En esta ciudad los minutos tenían otro ritmo, uno marcado por los latidos de una maquinaria enorme y opresiva: el Gran Reloj Central, visible desde cualquier punto, excepción hecha de las esquinas más profundas de los barrios bajos.

Es en el margen borroso entre el inabarcable laberinto de manufacturas y los cafés de la alta compañía, donde la sombra de Ivra Serk se desliza cada noche. La conocemos por las monedas de níquel con las que paga, por el ademán elegante de su mano enguantada, y por la soledad en la que parece aprisionada a pesar del bullicio que la rodea. Ivra tiene la mirada de quien ha visto demasiado; y, realmente, lo ha hecho.

La noche en que esto empieza, Ivra se encuentra a sí misma sumida en pensamientos mientras recorre un corredor abovedado que conecta la fábrica principal de autómatas de Rástiga con las galerías subterráneas donde trabajan los falsificadores de memoria. Se detiene ante un ventanal parcialmente empañado. Al otro lado, a través de los destellos de vidrio manchado, el corazón de la fábrica pulsa. Cientos de autómatas se agrupan en hileras perfectamente alineadas esperando la chispa vital que los saque de la penumbra inerte y los arroje a un mundo de órdenes y repetición.

Pero a Ivra no la detiene la belleza grotesca de la maquinaria; es el reflejo de otro rostro tras el cristal lo que la obliga a mirar dos veces. Sombras antiguas, piensa. Intuye, más bien. De repente, una vibración imperceptible sacude el suelo y por un instante se apaga la tensa sinfonía de engranajes. En ese instante de silencio, las preguntas remontan vuelo como aves asustadas: ¿quién detendría el Gran Reloj? ¿Qué ocurriría si su tambor se quedara mudo?

La respuesta llega de la forma más inesperada: una figura menuda emerge de entre la bruma al final del pasillo. Es un niño harapiento, de ojos vivos y manos manchadas de grasa. Sus ropas parecen tejidas del humo mismo. Ivra reacciona acercándose con cautela. El niño le hace un gesto. “Usted no puede entrar a la Sala del Motor Ancestral, señora”, le dice en voz baja, “pero yo puedo enseñarle aquello que todos temen olvidar”.

Ivra siente el peso familiar y divertido de su revólver de válvulas, pero no lo toca. Simplemente asiente, sabiendo que las historias más importantes se tejen con los hilos de la confianza, por más delgados que sean. El muchacho avanza y ella lo sigue, internándose en cúmulos de escombros aromatizados por aceite derramado, vástagos rotos y cuerdas tensadas al límite.

Cuando llegan a una sala circular enterrada en la profundidad de las fábricas, el aire se vuelve más denso, casi sólido, como agua antes de hervir. Aquí, protegida por un enjambre de engranajes que nunca se detienen y válvulas que escupen vapor, se esconde una máquina imposible: un corazón de tungsteno, moldeado a partir de los pecados y sueños de la ciudad. El niño le señala el núcleo palpitante.

“Dicen que quien posea su secreto puede conocer el pulso de todos los habitantes de Rástiga”, confiesa, su voz temblando un poco. “Por eso hay hombres con monóculos de zafiro y mujeres vestidas con piel de autómata que matan por acercarse siquiera, pero nadie lo ha conseguido. Nadie salvo usted, quizás”.

Ivra observa la máquina y todo su cuerpo capta la vibración sorda que escapa del metal. Descubre en el resplandor azulado los rostros superpuestos de miles de obreros caídos, imprimiendo cada giro con una gota de sufrimiento. Quiere apartar la vista pero no puede: el sacrificio humano es el lubricante de toda maravilla, lo supo siempre.

El niño le ofrece una llave plateada. “Es el fragmento que falta. Debo dárselo a alguien capaz de recordar lo que otros tratan de olvidar.” Ivra toma la llave, que está extrañamente cálida, y siente que sus recuerdos y los recuerdos ajenos se arremolinan en su cabeza: sabe, con la certeza de un profeta condenado, que si acciona el corazón de tungsteno, heredará no sólo el control de la ciudad sino también todo su dolor, culpa y secretos.

El muchacho la observa de reojo, esperando —quizás deseando— que rehúya la responsabilidad. Pero Ivra, tan rota como íntegra, inserta la llave en la ranura central, gira, y Rástiga titubea: todos los relojes se detienen, los pistones fallan, los engranajes gritan una nueva melodía. Las gentes salen a la calle, confusas, libres del yugo de la rutina por una fracción de segundo.

En ese breve paréntesis, Ivra siente el pulso de cada habitante atravesándola, un maremágnum de emociones que la transforma para siempre. La ciudad, agradecida y rabiosa, la reconoce como su nueva médium y verdugo, y el niño, ya difuso, le sonríe entre lágrimas de humo antes de disiparse.

Al alba, los engranajes reanudan su canción eterna. Pero todos, en algún rincón de su carne o memoria, saben que Ivra Serk ha ligado el destino de la ciudad a su propia alma. Que ahora respiran al ritmo de una maquinaria humana, incluso cuando los relojeros y los falsificadores, los ricos y los miserables, creen volver a la habitual seguridad de lo mecánico.

Sólo Ivra —y, quizás, los viejos dioses del vapor enterrados bajo la fábrica— saben que Rástiga nunca volverá a ser la misma.

FIN

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