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Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Portada del relato Las Arenas de Latón
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Fragmento:


Los habitantes de ese distrito, forjados por el rumor constante de las calderas profundas, encajaban sus días uno a uno dentro de una rutina de cables, fardos y secretos. Y cada noche, Henry atrancaba la puerta tras de sí y bajaba, solo, a la trastienda donde las curiosidades prohibidas de la ciudad llegaban hasta su buró: ojos artificiales de obsidiana, bocinas circulares, manos de cobre con nudillos articulados y un corazón hecho de mercurio y oro, que latía con su propio compás bajo campanas de cristal.

Duración: 04:12

Las Arenas de Latón
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Había nacido bajo un cielo ahumado, donde los zepelines acababan siendo cuervos sobrevolando las torres trémulas de la ciudad, y donde las calles exhalaban el aroma aceitoso de lo posible y la fatiga de lo que nunca llegó a ser. Rue du Arsenal, decían los rotos letreros de hierro fundido, restos de una guerra de engranajes y vapor, ahora colonizados por la pátina verde de la resignación. Allí vive Henry Tress, un relojero sin tiempo para la esperanza y cuyo nombre era usado por su clientela como sinónimo de discreción.

Los habitantes de ese distrito, forjados por el rumor constante de las calderas profundas, encajaban sus días uno a uno dentro de una rutina de cables, fardos y secretos. Y cada noche, Henry atrancaba la puerta tras de sí y bajaba, solo, a la trastienda donde las curiosidades prohibidas de la ciudad llegaban hasta su buró: ojos artificiales de obsidiana, bocinas circulares, manos de cobre con nudillos articulados y un corazón hecho de mercurio y oro, que latía con su propio compás bajo campanas de cristal.

Pero esa noche, la campana de su tienda sonó de un modo diferente, como si el propio tiempo tropezase entrando. A través del vaho en la vidriera apareció una figura alargada, el frac húmedo por la niebla, la mirada asustada como alguien que hubiera visto la muerte y la hubiese rechazado por cortesía. Sin decir palabra, la mujer deslizó sobre el mostrador una hoja doblada, con un sello carmesí. Era el grabado del Ojo del Sabio, símbolo de la Logia Oscura de los Ingenieros.

Lo que pedían era imposible: "Un duplicado exacto del Autómata Arcano, que jamás sueñe, que carezca de memoria, que nunca desobedezca". El pago era suficiente para comprarse una nueva existencia en la periferia de cualquier imperio, pero la advertencia era clara: "Fracaso significa rendición de todo lo que uno ama".

Henry, sabiendo que hasta los relojeros necesitan soñar, fingió aceptar. Durante semanas, se sumergió en una vorágine de metal y vapores, consultando antiguos tratados alquímicos, arrancando engranajes de los cadáveres de marionetas que alguna vez sirvieron en los teatros del Barrio Rojo. Su ayudante, Reine —una mujer con su propio pasado cosido a hierro y cicatrices que parecían soldaduras—, preguntó, una noche entre las lluvias de ceniza:

—Sabes que no hay modo de crear un ser sin memoria. Hasta las piedras recuerdan el fuego que las forjó.

Henry le contestó poco, pero guardó esas palabras junto al primer resorte que talló siendo niño. A medida que la obra avanzaba, la ciudad fuera de su puerta empezó a susurrar con más insistencia. Aparecieron ojos dorados entre las multitudes, y soplaban en la bruma vientos que sabían de traiciones. El rumor en las tabernas era que la vieja Reina Autómata planeaba regresar. Los letrados decían que las máquinas soñaban de nuevo, que el acero aprendía el odio.

La noche final, Reine le alcanzó el último engranaje.

—Si tienes que elegir entre obediencia y conciencia, ¿a qué dios rezas, Henry?

Pero el relojero, agotado, solo logró torcer un gesto entre la ofensa y la ternura.

Al alba, la Logia Oscura envió un emisario: la misma mujer de la primera noche, su piel pálida como para brillar bajo el gas. Henry entregó el autómata —perfecto, servil, una obra maestra—, pero en el fondo de su maquinaria había legado un sueño oculto: un deseo imposible, tejido en cobre, tan sutil que ni un mago lo habría advertido.

En la ciudad, días después, la Logia Oscura cayó. Los autómatas de la antigua Reina despertaron, y con ellos, hileras de obreros hartos de obediencia sin conciencia cruzaron las barricadas llevando el rumor de un nuevo corazón mecánico. Henry y Reine huyeron la mañana siguiente, bajo la lluvia oxidada de la revolución, perdiendo todo pero conservando el secreto: que incluso en mundos de latón, siempre hay un resorte a punto de rebelarse.

Fuera de la ciudad, en las ruinas de una factoría cubierta de musgo, Henry talló un silbato de bronce para anunciar que seguía vivo a quien lo quisiera oír. Y así, entre la bruma y el temblor de las nuevas tempestades, pensó en lo que queda cuando el último engranaje cede: un soplo de voluntad, un margen de error, el susurro final de algo parecido a la libertad.

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