Fragmento:
La *Peregrina* se sacudió, como si hubiese detectado el pensamiento, y una ráfaga de luz azulada danzó en las pantallas de mando. Mara caminó hacia el puente de vuelo, sintiendo el familiar temblor bajo sus pies. La nave era vieja y su IA, una herencia de mentes ya extinguidas, mantenía rituales antiguos para calmar su propio anhelo de eternidad.
Duración: 05:09
En la inmensidad sin nombre, allá donde el vacío remolinea en espirales lentas, la nave *Peregrina* danzaba entre las luces arrastradas por estrellas moribundas. No era grande, ni flamante, sólo a duras penas viva y aún preñada de antiguos recuerdos. En sus corredores curvos, tapizados por ondas de polvo electrostático, caminaba Mara Veld, despacio, como un animal largamente domesticado que percibe una tempestad inminente y busca refugio en el útero tibio de la máquina.
Mara ya no temía la extensión implacable. Le había arrancado el miedo muchísimos años antes, en la vieja Tierra, justo tras el colapso de los puentes de comunicación interestelar. Ahora le quedaba sólo ese asombro triste, esa nostalgia por los jardines y plazas, por la cercanía de otros, de miradas humanas; aquí, entre la cacofonía de los motores y el rumor constante del reciclaje atmosférico, los sueños tenían otra textura, áspera y filosa.
Con un suspiro, repasó en su mente las instrucciones que había grabado su hermana en las primeras horas del éxodo: “Si alguna vez llegas al Límite de los Espejos, no mires atrás. Nadie es la misma persona después.” El Límite había sido un mito, un rumor entre científicos y navegantes, pero ahora era la única esperanza para los pocos que quedaban, dispersos como semillas en la tierra yerma de la galaxia.
La *Peregrina* se sacudió, como si hubiese detectado el pensamiento, y una ráfaga de luz azulada danzó en las pantallas de mando. Mara caminó hacia el puente de vuelo, sintiendo el familiar temblor bajo sus pies. La nave era vieja y su IA, una herencia de mentes ya extinguidas, mantenía rituales antiguos para calmar su propio anhelo de eternidad.
El espacio a través de la cúpula de obsidiana parecía derramarse como vino oscuro. La nave no viajaba sola: a su izquierda, apenas un eco en el radar, deslizaba la sombra de otro viajero. Era imposible saber si estaba tripulada, pero los sensores captaban, una y otra vez, señales irregulares, como fragmentos de un antiguo concierto. Aguzó el oído, los decodificadores trabajando no en datos, sino en emociones: nostalgia, miedo, deseo.
En ese momento, las luces de la *Peregrina* cambiaron de tono: alerta roja, vibrando con un matiz de pánico apenas contenido. Un enjambre de cápsulas emergió de la nave forastera, semillas aceleradas hacia ella. “No abras”, advirtió la IA, pero Mara ya había decidido. Un impulso ancestral, un impulso que sabía a angustia y hambre, le ordenó desafiar el encierro.
Activó la compuerta exterior. El primer visitante era un ser envuelto en una membrana de luz, tallado en crines de destello azul. Tenía ojos enormes, sin iris, y cuando Mara lo miró sintió el rumor de miles de palabras guardadas. No hablaba, pero compartía en destellos: “Huimos. Seguimos. Nos persiguen los que olvidan. Nos cobijas, te recordaremos.”
La *Peregrina* estaría condenada, lo supo. Pero, ¿qué otra cosa hacer, si no abrir las manos al abismo, si no, en último caso, compartir el naufragio?
El ser, y los otros que siguieron, llenaron la nave de imágenes imposibles: árboles que crecían del agua fría, ciudades revestidas en burbujas de mercurio, juegos de niños en gravedad variable. Mara aceptó los recuerdos, los bebió, los devolvió con los suyos, y por primera vez en años, la nave entera resonó como un cuerpo enamorado.
El Límite de los Espejos era visible ahora al frente, un espejo sin azogue, un filo en el espaciotiempo. Hallarse ante él era ver el pasado, el futuro, y todos los errores y victorias habitando a la vez el mismo instante. La sombra enemiga, la que olvidaba, rozó la estela de la nave. Era un ser sin cara, hecho de polvo que antes fue carne viva, que sólo existía para hacer desaparecer todo lo que era irrepetible.
Para cruzar, la *Peregrina* no luchó, tampoco lo hicieron sus huéspedes. En cambio, ofrecieron sus miedos, sus secretos y glorias, los entreteijieron como niños hilando una cuerda de juegos. El Límite respondió multiplicando sus figuras: Mara se vio a sí misma, sus hermanas, los amigos perdidos, las ciudades de la vieja Tierra, los amores callados. Cada uno saludó en el lenguaje secreto del tiempo.
El polvo enemigo retrocedió, sin memoria, tragado por la vibración galáctica. En el puente, Mara cerró los ojos y, por primera vez en años, lloró.
Al abrirlos, la nave y sus nuevos habitantes flotaban en una galaxia distinta, vibrante y funda, donde toda distancia era leve y la nostalgia, simplemente, un rumor perdido.
Allí, con la *Peregrina* al fin en paz, Mara prometió no volver a mirar atrás. Y aunque ninguna historia puede contenerlo todo, las almas reunidas en la vieja nave aprendieron: a veces, el único puente posible entre las estrellas es el del recuerdo compartido. Y al cruzarlo juntos, por fin, nadie era ya completamente extranjero.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.