Fragmento:
Los dos restantes eran Fiora –una exiliada de la cultura del Ojo Cuádruple, su cara tapada, su lengua más afilada que cualquiera de las placas de corte de la nave– y Girm, el último ingeniero hidráulico de los remolcadores de hielo en la espada del siglo XXI, con sueños de agua subterránea y el lento afán de descontar años a su propia condena.
Duración: 06:36
El vacío entre las galaxias había dejado de ser un territorio indómito hacía siglos. Las rutas comarcales doblaban las ansias humanas, sus súbitas migraciones y delirantes impulsos de comercio, de conquista, de fuga. Pero incluso en medio de la danza ordenada de las naves y los insaciables motores de intercambio, quedaban zonas tan ajenas al flujo común como arrecifes olvidados por el mar.
Allí flotaba la Yelena, una goleta de luz fosilizada por la indiferencia de sus dueños. Nave de carga reformada, su piel mostraba las cicatrices de larguísimas estaciones sumergida en gas y astillas de polvo interestelar. La actual tripulación de la Yelena era tan provisional y vulnerable como su historia: cinco seres con motivos impuros y márgenes de error cada vez más estrechos.
La capitana era Maurén: joven aún, con las cejas ahumadas de alguien que sabe ver el corazón del diagrama de una máquina sin leer instrucciones. Caminaba sobre los suelos vibrantes del puente como se camina sobre un puente colgante, midiendo el peso de cada paso. A diferencia de muchos capitanes, no se recostaba en autoridad antigua; la suya era la autoridad de quien vence al pánico. A su lado, Kioh, tecnomante de un pueblo que nunca reconoció la existencia de la electricidad, sintonizaba los ecos de mensajes perdidos por la orla de la calma galáctica, buscando patrones donde otros veían solo ruina.
Abajo, en los depósitos de sal y recuerdos anómalos, Viviv, caótica androide de varios propietarios, cargaba y descargaba cajas llenas de semillas croantes: el último pedido de una ciudad subterránea que no quería morir de hambre ni de nostalgia. La ventaja de Viviv era imposibilidad de corromper: poseía memoria externa, pero capacidad interior para el caos.
Los dos restantes eran Fiora –una exiliada de la cultura del Ojo Cuádruple, su cara tapada, su lengua más afilada que cualquiera de las placas de corte de la nave– y Girm, el último ingeniero hidráulico de los remolcadores de hielo en la espada del siglo XXI, con sueños de agua subterránea y el lento afán de descontar años a su propia condena.
El cargamento, la tripulación, la ruta: todo clandestino, todo provisional. Nadie en la Yelena pensaba quedarse juntos después de este viaje. De hecho, la mayoría no pensaba mucho en el futuro, porque el futuro acude menos fielmente a quienes orbitan en los márgenes.
Cuando las alarmas de impacto resonaron, no fue en el corazón de nadie. El casco apenas vibró: una júbilo sordo de la nave enfrentándose al roce de un objeto pequeño, algo inesperado. Maurén llegó antes que los demás al ventanal de proa y, en la visión aumentada, vio –pegada al lateral del casco– una criatura bioluminiscente, translúcida y cálida, como una medusa que flotara en el abismo frío. El moderador ambiental indicó una súbita alza de temperatura y humedad.
—Hay que separarla— ordenó, sabiendo que sentía algo más que miedo. Era casi como si la criatura la mirara, una suplicante, o una amenaza.
Pero Girm se acercó y sacudió la cabeza. —En mi planeta llamaban a esto “la flor de sal”. Solo aparece cuando el agua se convierte en algo peligroso. Casi nunca es real.
Viviv ya estaba programando los manipuladores exteriores para desprender al ser del casco. Kioh, sin consultar, comenzó a grabar la secuencia de señales químicas desprendidas por el encuentro. Fiora cogió su viejo machete: por si acaso.
El desprendimiento no fue sutil: la criatura, herida, se soltó con esfuerzo y se alejó nadando despacio en la nada. Pero dejó tras de sí un surco brillante de sales y un leve desequilibrio en el sistema de reciclaje de agua de la Yelena.
Durante las próximas horas, el aire pareció llenarse de pequeños zumbidos, confusos, medianamente amenazantes, como cuando una colmena se da cuenta de que va a cambiar de reina. Fue entonces cuando comenzó la descomposición.
Las reservas de agua, lentamente, cambiaron de color. Un tono verdoso, apenas perceptible, luego un sabor ligeramente dulzón, después amargo, después casi embriagador. La capitana reunió a todos en el comedor, bajo la luz granulosa del mediodía artificial.
—Esto no es una plaga —dictaminó Kioh, con la autoridad del tecnomante—. Es una mutación. La nave intenta adaptarse. Pero ¿adaptarse a qué?
Fiora, volcando el agua de su vaso, no respondió. Girm, enjuto y convencido de que cada problema tiene solución manual, desmontó parcialmente el sistema hidráulico, solo para declarar la ineficacia de cualquier filtro. Viviv, por primera vez, pidió permiso para soñar, conectándose a la computadora mayor en busca de archivos oníricos sobre aguas fatales.
En la sala de máquinas, Maurén se encontró frente al gran depósito central de agua. Allí nadaba, tenue, una sombra. Comprendió, horrorizada, que la flor de sal no era un ser, sino un llamado: el agua misma había creado esa imagen para ser expulsada, para transformarse. Las naves viejas, demasiado tiempo a la deriva, generan autodefensas, autotrascendencias, y al llevarlas a los bordes del mapa, una tripulación se expone al legado de sus propios medios.
Cada uno de ellos vio en el agua lo que más temía: la soledad, la exclusión, la repetición de siglos iguales. Pero en vez de enfrentarlo, optaron por abrir las esclusas y dejar que el cargamento –las semillas– absorbiera la mutación del depósito central. Fue Fiora quien propuso, con voz helada, sembrar las semillas croantes sobre el lodo húmedo de la bodega y regarlas con esa nueva agua. Yelena se llenó de vapor verdoso, de un aroma insólito: a bosque tropical y a óxido, a fermento y a bruma.
Semanas después, cuando la nave emergió de las rutas no mapeadas y entró en la órbita de la ciudad subterránea, lo que desembarcaron no fue solo mercancía biológica, sino un jardín, una enfermedad, un legado extraterrestre. Los habitantes de la ciudad, sin preguntar, aceptaron; lo nuevo siempre entra por las puertas de atrás.
Del grupo, sólo Viviv se quedó con los colonos. Girm partió, buscando aún agua limpia. Fiora encontró otro barco, otro peligro. Kioh anotó todo en un registro que nacería sólo en sueños. Maurén accedió a pilotar la Yelena hasta otro margen, donde quizás el agua aún supiera a lo que fue.
En el silencio posterior, la nave siguió navegando, ligera, inclinada, apenas más viva que antes, o algo menos auténtica. Así es como las historias de frontera continúan: nunca para quienes las vivieron, sino para quienes recibirán los frutos, los venenos, las canciones.
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